Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 9: La noche de los vecinos insomnes

Lucía Montalvo fue la primera en proponer lo obvio.

—Hay que sacar copias —dijo a las ocho de la mañana, en la cocina del 4B, con una taza de café y la mirada de quien no ha dormido—. Notariadas, a ser posible. Y el original, a una caja fuerte.

—¿Qué caja fuerte? —preguntó Mike.

—La del banco.

—El banco abre a las nueve.

—Pues a las nueve en punto.

—¿Y mientras tanto?

Lucía miró el pliego amarillento, que reposaba sobre la mesa entre las migas de un bizcocho.

—Mientras tanto, que no se mueva de aquí.

—Estará seguro —dijo Aurora, con una convicción absoluta—. Hay un perro.

Napoleón, tumbado a los pies de Mike, alzó una ceja peluda.

—No parece un perro de seguridad —murmuró Lucía.

—Es un perro de apoyo emocional con tendencias punitivas.

—Con eso no se ganan juicios.

—Con eso se ganan zapatos.

Hicieron cuatro fotocopias en la papelería de la esquina, con una dependienta que se emocionó al enterarse de que aquello era «la prueba de un tesoro». Escanearon el documento. Lo fotografiaron desde todos los ángulos. Marta del 1C lo guardó en la nube, don Eusebio lo mandó por correo a su sobrino y la señora Pilar, por si acaso, lo copió a mano en tres hojas de cuaderno, con una caligrafía de colegio de monjas.

A las diez y media, Lucía regresó del banco con una sonrisa cansada.

—Hecho. Está en la caja de seguridad.

—¿Seguro?

—Con llave, huella y un empleado antipático.

—Perfecto.

—El problema —añadió, bajando la voz— es que el banco no entrega el contenido hasta la vista.

—¿Y cuándo es?

—No lo sé. Salcedo aún no ha presentado la demanda.

—Mejor —dijo Mike.

—No tan mejor —replicó ella—. Si la presenta el viernes, cuando tú ya estés en el aeropuerto, voy a necesitar un poder notarial para actuar en tu nombre.

—Te lo firmo.

—Hoy mismo.

—Hecho.

Y así, entre trámites, llamadas y tazas de café, transcurrió la mañana de un edificio que, de pronto, se había convertido en un cuartel general.

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Esa noche, nadie durmió.

Empezó con una sospecha. A las once, Aurora, que se había puesto el pijama de patitos y se disponía a acostarse con el cuaderno azul bajo la almohada, escuchó un ruido extraño en el hueco de la escalera: un roce, un crujido, un susurro. Pegó la oreja a la puerta. Nada. Se asomó al balcón. Nada. Volvió a la cama.

A las once y veinte, el ruido se repitió.

—Los balcones —murmuró, con un escalofrío.

Se levantó, se puso la chaqueta, abrió la puerta de la sala y se encontró con Bruno, de pie en el centro del salón, en calzoncillos, con un bate de béisbol que nadie sabía de dónde había sacado.

—¿Tú también lo oyes? —susurró.

—Hay alguien en el edificio.

—Lo sé.

—¿Llamamos a la policía?

—Primero comprobamos.

—¿Con un bate?

—Con dignidad.

Salieron al descansillo, uno detrás del otro, con los pies descalzos. La escalera estaba a oscuras. Solo una línea de luz amarillenta se filtraba por debajo de la puerta de la azotea.

—Arriba —susurró Bruno.

—Voy a avisar a Mike.

—No hace falta.

—¿Cómo que no?

—Está aquí.

Aurora dio un respingo. En la sombra del rellano superior, apoyado en la pared, con una linterna en una mano y un martillo en la otra, esperaba Mike, con el pelo revuelto y los ojos muy abiertos.

—Ellos ya han entrado —dijo, en un hilo de voz.

—¿Quiénes?

—No lo sé. Pero tienen una llave.

—¿De dónde?

—Del cuarto de contadores. Alguien la perdió hace años, y Salcedo la consiguió.

—¿Cuántos son?

—Dos.

—¿Qué buscan?

—El documento.

—Está en el banco.

—Ellos no lo saben.

—¿Y qué hacemos?

—Esperar.

—¿Esperar?

—Hasta que se confíen.

Se quedaron los tres en silencio, con el corazón desbocado. Por el hueco de la escalera llegaban ruidos amortiguados: cajones que se abrían, papeles que se desparramaban, un golpe seco, un susurro. Parecía que alguien estuviera registrando el departamento del 4B.

—Es mi casa —murmuró Mike, con una furia contenida—. Están en mi casa.

—Déjalos.

—Es mi cocina.

—Déjalos un poco.

—Es mi guitarra.

—Mike.

—¿Qué?

—Respira.

Mike cerró los ojos. Aspiró por la nariz, contó hasta cuatro, soltó el aire por la boca.

—Vale.

—Bien.

—Pero si tocan la guitarra, los mato.

—Ya lo sé.

Bruno se inclinó hacia ellos, con una sonrisa de lobo.

—Tengo un plan —dijo.

—Ay, Dios —musitó Aurora.

—¿Qué tiene de malo?

—Todo.

—Escuchadme. —Bajó la voz—. Este edificio no puede guardar secretos. Todos los sonidos se oyen en todas partes. Ellos creen que están solos, pero en realidad están hablando con cuarenta personas.

—¿Y?

—Y nosotros somos cuarenta.

—¿Estás sugiriendo…?

—Una asamblea nocturna.

Aurora y Mike intercambiaron una mirada.

—Eso es muy descabellado.

—Eso es muy bueno —dijo Mike, con una sonrisa lenta.

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La operación empezó con un mensaje al grupo de vecinos.

Mike: Alerta. Intrusos en el 4B. Nadie salga. Todos escuchen.

La respuesta fue inmediata.

Pilar (2A): ¡¡¡POR FIN!!!
Marta (1C): Ya estoy despierta.
Familia Ortega (1A): Los niños han bajado a la sala. Con almohadas.
Don Eusebio: Llevo cuatro horas vigilando desde el portal.
Remedios (invitada en 3B): Mi abanico y yo estamos listos.
Elena: Yo traigo bizcocho.

—¿Bizcocho? —murmuró Aurora.

—Es una cuestión de moral —respondió Mike.

Uno a uno, los vecinos fueron saliendo de sus departamentos, en pijama, bata, camisón o ropa de deporte, con linternas, ollas, cucharones y todo tipo de utensilios domésticos. El primer piso se llenó de siluetas. El segundo, de susurros. Para cuando Aurora, Mike y Bruno llegaron al cuarto, ya había una veintena de personas apiñadas en el rellano, con las caras pegadas a las paredes y un silencio tan sólido que se oía el tictac de un reloj lejano.




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