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Capítulo 10: La audiencia de los cucharones

Valeria Montalvo bajó los últimos peldaños con la lentitud de quien sabe que tiene público.

Llevaba un traje sastre color crema, el pelo rubio recogido en una coleta impecable y unas gafas de sol que se quitó en el umbral del 4B con un gesto estudiado. Tenía los ojos hinchados. No de las lágrimas de villana de telenovela, sino de las de alguien que ha dormido tan poco como todos los demás.

—Buenos días —dijo—. Siento llegar tarde a mi propia confesión.

—Valeria —murmuró Lucía, con la voz helada—. ¿Qué has hecho?

—Algo que debí hacer hace semanas.

—¿Comprar el edificio?

—Comprar la parte de Ferrer, para ser exactos. —Se apoyó en el marco de la puerta—. Con dinero que tardé tres años en reunir y que, si me equivoco, no volveré a ver nunca.

Aurora la miró sin entender nada.

—¿Para qué?

—Para que Salcedo no pudiera hacerlo.

Silencio. Napoleón, bajo la mesa, ladeó la cabeza con aire de juez de instrucción.

—Pensabas dárselo a Salcedo —dijo Mike, despacio.

—Pensaba. Hasta la noche de la azotea.

—¿Qué pasó en la azotea?

Valeria soltó una risa corta, sin alegría.

—Me dejasteis quedarme a cenar. Después de lo que habíamos intentado hacer. Después de escuchar cómo planeaba humillaros. —Se mordió el labio—. Nadie me había tratado así en mi vida. Con pastel de tres leches, además.

—Con canela —precisó la señora Pilar, que se había despertado y la miraba desde su silla con los brazos cruzados.

—Con canela —repitió Valeria, con los ojos húmedos—. Y esa noche, de vuelta a casa, empecé a investigar por qué Tomás tenía tanto interés en este edificio. Y encontré a Salcedo. Y a Prisma Capital, que no es mía, aunque lleve mi apellido en el registro. Es un fondo que mi padre creó hace años y que me dejó administrar sin saber que estaba financiando el proyecto Horizonte.

—¿Tu padre? —preguntó Lucía, boquiabierta.

—Nuestro padre.

—Él no…

—Sí. Él firmó. Pero no sabía lo que firmaba. Ferrer le presentó el negocio como una reforma de barrio. —Valeria miró al editor, que seguía de pie junto a la mesa con la cabeza gacha—. Fue una trampa muy elegante.

—Fui yo —dijo Ferrer, con voz rota—. No lo niego.

—No lo niegas, pero tampoco te disculpas del todo.

—Estoy en ello.

—Tómate tu tiempo. —Valeria volvió a mirar a Mike—. El caso es que, cuando comprendí lo que estaba pasando, supe que tenía una sola jugada. Si compraba yo el cuarenta por ciento de Ferrer, Salcedo se quedaba sin socio. Y sin socio, no hay demanda.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó Aurora.

—Porque necesitaba que Ferrer confiara en mí. Y porque, sinceramente, no sabía si iba a funcionar. —Respiró hondo—. He pasado dos días fingiendo ser la villana que todos esperabais. Se me da sorprendentemente bien.

—Se te da fatal —dijo Bruno, desde el sofá, con el pelo en punta—. En la cena te echaste a llorar.

—Eso fue de verdad.

—Ya lo sé.

Lucía, que había permanecido inmóvil con el rostro desencajado, dio un paso al frente y abrazó a su hermana con tanta fuerza que a Valeria se le cayeron las gafas de sol.

—Eres idiota —dijo, sollozando—. Eres la persona más idiota que conozco.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomé como uno.

Aurora y Mike se miraron, divertidos. El mundo entero parecía haber adoptado su frase.

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A las nueve y diez, Los Almendros salió en formación hacia el ayuntamiento.

Fue una procesión memorable. Delante, la señora Pilar, con su mejor vestido de domingo, un broche de perlas y el cucharón de madera clavado en el bolso como un estandarte. Detrás, don Eusebio con la gorra de gala, la familia Ortega al completo (el abuelo en silla de ruedas, empujada por los niños con una solemnidad de monaguillos), Marta del 1C con una carpeta de fotografías antiguas, Remedios con la mantilla y el abanico, Elena con un traje azul que imponía respeto, Bruno cargando una caja de pancartas y, cerrando el cortejo, Mike y Aurora, de la mano, con Napoleón trotando entre ellos con un lazo nuevo al cuello.

—¿Estás nervioso? —preguntó ella.

—Mucho.

—Yo también.

—¿Y si perdemos?

—Entonces perderemos con estilo.

—¿Qué estilo?

—Con cucharones.

Mike se echó a reír, y a Aurora el corazón le dio un vuelco de pura ternura. Le apretó la mano.

—Oye —dijo en voz baja.

—¿Sí?

—Pase lo que pase hoy, quería decirte que…

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra despedirte. Estamos de camino a ganar.

—No me despedía.

—¿Entonces?

—Te iba a decir que el brasier rojo me da buena suerte.

Mike se detuvo en seco.

—¿Cómo?

—Lo llevo puesto.

—Aurora…

—Bajo la blusa blanca. Con una chaqueta encima, por decoro. —Sonrió, con las mejillas encendidas—. Me pareció que, si íbamos a enfrentarnos a un villano de traje, necesitaba mi declaración de independencia.

Mike abrió la boca y no le salió ni una palabra.

—Cierra la boca —añadió ella—. Vas a atraer moscas.

—Es que… no me avisaste.

—Era una sorpresa.

—Voy a tener que concentrarme muchísimo en la audiencia.

—Ese es el plan.

Siguieron caminando. Detrás, a diez pasos, la señora Pilar le susurró a Remedios:

—¿Qué le ha dicho?

—No sé. Pero ha puesto cara de haberse tragado el sol.

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El salón de plenos del ayuntamiento estaba lleno de gente con cara de aburrimiento profesional.

Había funcionarios, periodistas locales, representantes de asociaciones, un señor que dormía con la barbilla sobre el pecho y una señora que tejía un jersey de rayas. En el estrado, tras una mesa larga de madera oscura, se alineaban siete concejales con micrófonos y botellas de agua. En el centro, con una placa que decía *Presidente del Consejo*, un hombre calvo y de ojos cansados que ojeaba un dosier con evidente desgana.

Y en primera fila, sentado con las piernas cruzadas y una sonrisa de tiburón recién afeitado, Federico Salcedo.




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