Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 12: Cuarenta mil pies de teatro

Un avión es un edificio sin balcones, y eso, según Mike Barrón, era el único consuelo del viaje.

—Aquí no se oye nada —murmuró, apoyando la cabeza contra la ventanilla.

—Se oye todo —replicó Aurora, a su lado—. Los motores. Los niños. Y a la señora Pilar contándole su vida a la azafata.

—Ah, ¿sí?

—Va por el capítulo del segundo marido.

Tres filas por delante, la señora Pilar gesticulaba con las manos mientras una azafata de sonrisa heroica asentía, sosteniendo una bandeja de bebidas que nadie había pedido.

—…y entonces le dije a Anselmo, que en paz descanse… no, a Ramón… no, a Anselmo, que era el otro…

—Señora Pilar, ¿le puedo ofrecer algo de beber?

—Una tila. Y un trozo de pastel.

—No tenemos pastel.

—Yo sí. Tengo en la maleta.

—No se puede abrir la maleta en pleno vuelo.

—Pues que paren el avión.

Bruno, en el pasillo, con el transportín de Napoleón sobre las rodillas y la expresión de un mártir, se tapó la cara con una revista de ofertas de perfumes.

—Voy a morir —dijo.

—No digas eso —susurró Elena, a su lado, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas—. Estás con tu madre.

—Por eso mismo.

Aurora se inclinó hacia Mike y, con un gesto de conspiradora, le mostró el cuaderno azul sobre su regazo. Lo habían cerrado con una goma elástica, y entre las tapas, escondido como un escarabajo, el pequeño micrófono de Whitlock seguía parpadeando.

Mike sacó un bolígrafo. Sobre una servilleta de papel, escribió con letra pulcra:

«Hablamos solo de tonterías. Que oiga lo que queramos.»

Aurora asintió. Tomó la servilleta, la dobló y la guardó en el bolsillo. Después, con una voz clara, teatral, de actriz de culebrón, anunció:

—¡Qué ilusión me hace ver a Edmund Whitlock, querido Mike!

—Sí, cariño —respondió él, con el mismo registro—. Es un hombre extraordinario.

—Y tan generoso.

—Y tan inteligente.

—Seguro que le encantan nuestros planos.

—Los planos verdaderos.

—Los de la maleta azul.

—Los que no tienen ningún defecto.

—Ni uno solo.

Detrás de ellos, Lucía, que viajaba junto a Valeria, sofocó un gemido y se hundió en el asiento.

—Es el peor teatro del mundo —susurró.

—No sé —respondió su hermana, divertida—. Yo lo encuentro conmovedor.

—Es una burla.

—Es una burla con corazón.

Un asiento más allá, Tomás se había quedado dormido con la boca abierta y un cojín de viaje en forma de dinosaurio que no sabía de dónde había salido. Ferrer, sentado junto a él, leía una novela con la concentración de quien huye de sus propios pensamientos.

A las cuatro horas de vuelo, la señora Pilar se levantó con una determinación sospechosa.

—¿Adónde va? —preguntó Remedios, abriendo un ojo.

—Al baño.

—¿Tan lejos?

—Es una peregrinación.

Regresó diez minutos después, con una sonrisa radiante y un delantal que no llevaba al partir. Detrás de ella, la azafata, pálida como el papel, empujaba un carrito cubierto con un mantel de encaje.

—Damas y caballeros —anunció la anciana—. Tengo el honor de informarles de que, gracias a la generosidad de nuestra tripulación, esta noche tendremos un banquete.

—Señora, no puede…

—Sí puedo. Me han dado permiso.

—Le di permiso para usar la cocina —corrigió la azafata, con un hilo de voz—. No para convertir el avión en un restaurante.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—Es una cuestión de matices.

El carrito se detuvo en el pasillo. Bajo el mantel aparecieron, uno tras otro, platos de cartón con rodajas de tarta de tres leches, cada una coronada con una guinda del bar de a bordo. Los pasajeros de la fila tres, que habían viajado hasta entonces con la tensión de quien espera un naufragio, recibieron su ración con asombro. Un señor de traje oscuro, que llevaba toda la noche sin sonreír, probó un bocado y dejó escapar un gemido de placer.

—Esto —dijo— es una obra de arte.

—Gracias, hijo —respondió la señora Pilar—. Me la enseñó mi abuela.

—¿Es de venta?

—Es de regalo.

—No puedo aceptar…

—Es una orden.

Para cuando el avión inició el descenso, el pasaje entero había adoptado de forma oficiosa a los vecinos de Los Almendros. Los niños jugaban con Napoleón, que había sido liberado del transportín bajo la supervisión de Bruno y de un jefe de cabina que decidió mirar hacia otro lado. Un grupo de turistas alemanes cantaba una canción popular junto a Remedios, que desconocía la letra pero ponía mucho sentimiento. Y la azafata, agotada, se limpió una lágrima mientras murmuraba al capitán, por el interfono:

—Capitán, no sé qué hacer. Han logrado que la gente se quiera.

—¿Es grave?

—Es contagioso.

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Londres los recibió con lluvia, como era de esperar.

Una lluvia fina, constante, que empapó la pista sin hacer ruido y que obligó a la señora Pilar a desplegar un paraguas gigantesco, de rayas rojas y blancas, que había comprado en un bazar de barrio por tres euros.

—Esto es Inglaterra —dijo con reverencia, mirando el cielo gris—. Lo había visto en las películas.

—Es más pequeña de lo que parece —comentó Remedios.

—Es húmeda.

—Es muy húmeda.

—Es la humedad de los grandes imperios.

Atravesaron el control de pasaportes, recogieron las maletas (cuatro de cartón, una de ruedas rotas, dos de tamaño normal y un baúl misterioso que la señora Pilar se negó a explicar) y salieron a la sala de llegadas con la sensación de ser una caravana de feria.

Al otro lado de las puertas, de pie, con las manos cruzadas a la espalda y un cartel de cartulina blanca que decía «BARRÓN & RICHEL», los esperaba un hombre alto, delgado, de unos setenta años, con un abrigo gris perla y un bastón de empuñadura de plata.

Tenía el cabello blanco peinado hacia atrás, unos ojos de un azul hielo y una sonrisa tan perfecta, tan medida, que a Aurora se le erizó la piel.




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