Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 15: El Oído

Bajar una escalera de caracol con quince personas, un perro y una anciana con cucharón es una operación que ningún arquitecto, ni siquiera Rafael Barrón, había previsto.

—¡Despacio! —protestó la señora Pilar, agarrada a la barandilla con las dos manos—. ¡Que me mareo!

—Vamos en fila, señora —dijo Bruno, que cerraba la marcha con Napoleón bajo el brazo.

—¡Pues que la fila no gire tanto!

—Es una espiral.

—¡Pues que sea una recta!

—Pilar —suspiró Remedios, desde el escalón de arriba—, la escalera no tiene la culpa de tus nervios.

—La escalera tiene la culpa de todo. Es el único objeto de este edificio que nunca me ha pedido perdón.

Aurora bajaba la tercera, justo detrás de Mike, con una mano en la barandilla y la otra en el chal verde que su madre le había tejido. Los conejos de hierro se sucedían bajo sus dedos, cada uno distinto: uno con casco, otro con cohete, otro mirando una luna de remaches. Alguien los había forjado con un cuidado enorme. Alguien que sabía lo que ella dibujaba antes de que ella lo dibujara.

—Mamá —dijo sin volverse—. Tienes que contármelo todo.

—Lo haré.

—Ahora.

—Cuando lleguemos abajo.

—Mamá.

—Cuando lleguemos abajo, hija. Si te lo cuento aquí, se me va a caer una lágrima en el escalón y alguien resbalará.

Aurora cerró la boca. Delante, Mike le apretó la mano un segundo, sin decir nada.

La música seguía sonando. Se hacía más clara a cada peldaño: dos guitarras, una grave, cálida, de arpegios redondos, y otra más ligera, que subía y bajaba a su alrededor como un pájaro rodeando un árbol. Tocaban la misma canción, pero no la tocaban igual. Una conducía. La otra respondía.

—Esa segunda guitarra —murmuró Mike— nunca estuvo en el casete.

—Tu padre la tocaba solo —dijo Violeta, desde atrás.

—Pero aquí hay dos.

—Esta es otra grabación.

—¿De cuándo?

—De un verano del ochenta y nueve.

Mike se detuvo tan de golpe que Aurora chocó contra su espalda.

—¿Cuántas más no conozco?

—Todas las que quieras —respondió Violeta, con una sonrisa dulce—. El edificio las guarda.

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La escalera terminaba en una puerta circular, de madera clara, sin cerradura ni picaporte. Solo tenía, en el centro, un relieve con forma de oreja.

—Qué cosa más rara —comentó Valeria.

—Es una oreja —dijo Tomás.

—Ya lo veo.

—Una oreja de madera.

—Gracias, Tomás.

—De nada.

Mike posó la palma sobre el relieve. Notó la madera tibia, casi viva, y el pulso grave de la música traspasándola. Empujó con suavidad. La puerta giró sobre sí misma sin un solo chirrido, y la luz de dentro les cayó encima como una manta recién sacada de la secadora.

Se quedaron mudos.

Era una sala circular, de techo alto y abovedado, forrada de madera pálida desde el suelo hasta la cúpula. Doce nichos se abrían en la pared a distancias iguales, y en cada uno descansaba un objeto sencillo, cuidadosamente iluminado: una taza de café con el asa rota, una pelota de trapo, un abanico plegado, un sombrero de ala ancha, un cuaderno de colegio, un par de zapatillas de ballet, una llave de coche oxidada, una cuchara de madera, un pañuelo bordado, una armónica, un ovillo de lana verde y un hueso de goma que olía, de forma inexplicable, a perro.

—Mi cuchara —susurró la señora Pilar, llevándose la mano a la boca—. Esa es mi cuchara de la boda.

—Mi pelota —dijo uno de los niños Ortega.

—Mi abanico de la comunión —murmuró Remedios.

—Mis zapatillas —dijo Marta, a quien nadie había visto subir y que había bajado detrás con el megáfono todavía colgado del brazo—. Las que perdí en el ochenta y nueve.

—Pero ¿cómo…? —empezó Aurora.

—Rafael las guardó —dijo Violeta—. Una por cada vecino que alguna vez dijo algo importante en este edificio.

—¿Y el hueso de goma?

—Es de Napoleón.

—¡Pero si lo tengo desde hace tres semanas! —protestó Bruno.

—Lo sé. El edificio es rápido.

Napoleón, desde los brazos de Bruno, soltó un ladrido de aprobación y se retorció hasta que lo dejaron en el suelo. Trotó hasta el último nicho, olfateó el hueso con aire de propietario y se sentó delante, con un suspiro de absoluta satisfacción.

En el centro de la sala, sobre una peana de piedra, giraba lentamente una especie de esfera de bronce con doce aberturas. De cada abertura salía un hilo finísimo, casi invisible, que subía hasta la cúpula y desaparecía entre las vigas.

—El Oído —murmuró Whitlock, con la voz temblorosa—. Dios mío. Existe.

—¿Lo conocía? —preguntó Mike.

—Su padre lo dibujó una noche, en el piso de Madrid. Decía que cada edificio debía tener un lugar donde guardara lo que oía. Yo me burlé.

—Ya lo sé.

—Qué insolente fui.

—Un poco.

—Mucho.

—Sí, mucho —admitió Mike—. Pero hoy ha traído un avión.

Whitlock sonrió, con los ojos húmedos, y por primera vez desde que lo conocían, pareció una persona de verdad.

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Elena Richel se sentó en un banco de madera junto a la pared, se quitó el sombrero de ala ancha y lo dejó sobre las rodillas. Parecía haber envejecido y rejuvenecido al mismo tiempo. Tenía los ojos fijos en el nicho de las zapatillas, y los dedos retorcían la cadena con la llave de latón.

—Fue en el ochenta y nueve —empezó—. Yo tenía veintiséis años y acababa de casarme con Joaquín.

—¿Papá? —preguntó Bruno.

—Vuestro padre. Aquel verano alquilamos el 3B. Un departamento pequeño, con un balcón que se oía todo. —Sonrió—. Joaquín trabajaba de noche. Yo, de día. Nos veíamos poco y nos echábamos de menos mucho.

—¿Y Rafael? —preguntó Mike.

—Vivía en el 4B. Con una guitarra, un estudio lleno de planos y una costumbre horrible de tocar a las tres de la madrugada.

—Qué sorpresa —murmuró Aurora.

—Una noche no aguanté más —prosiguió Elena—. Subí en camisón, con una escoba, dispuesta a decirle cuatro cosas. Y cuando abrió la puerta, me miró, miró la escoba y dijo: «Tienes buena mano para la guitarra, ¿verdad? Se te nota en la postura».




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