Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 16: La boda que no estaba en el contrato

Los anillos de latón no brillaban.

Eso fue lo primero que notó Aurora cuando Mike le deslizó el suyo en el dedo, en medio de la sala circular, bajo la mirada húmeda de cuarenta personas. Eran sencillos, un poco torcidos, con un trébol diminuto grabado por dentro, y tenían el color apagado de las cosas que han esperado mucho tiempo en un cajón.

—Son feos —susurró ella.

—Son preciosos.

—Son un poco feos.

—Son preciosamente feos.

—Eso suena a algo que diría tu padre.

—Lo sé. —Mike sonrió con los ojos brillantes—. Me estoy volviendo insoportable.

—Ya lo eras.

—Pero ahora con una excusa.

Detrás de ellos, la señora Pilar sollozaba contra el hombro de Remedios con tanta fuerza que Napoleón, solidario, había empezado a aullar bajito. Inés los miraba con las manos juntas bajo la barbilla, y Bruno, con la barba perlada de sudor, repetía una y otra vez que él «no lloraba, que era una alergia al polvo de la madera».

—Un momento —dijo Lucía, levantando la mano—. Antes de que alguien compre flores.

—¡Ya las he comprado! —gritó la señora Pilar.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. En el aeropuerto. Había una floristería.

—¿Y por qué?

—Por intuición.

—Señora Pilar, es la una de la tarde.

—Mi intuición madruga.

Lucía suspiró y abrió la carpeta que no soltaba ni en sueños.

—Lo que quiero decir es que hay un orden. El texto de Rafael habla de una unión «en el pabellón terminado». Eso significa que primero hay que construir las dos columnas que faltan.

—Eso son semanas de trabajo —dijo Mike.

—No necesariamente.

—¿Cómo?

—Tienes mano de obra. —Señaló alrededor con un gesto amplio—. Cuarenta vecinos, un arquitecto, un ilustrador técnico, tres abogados, una archivista y un hombre que dirigió el estudio de arquitectura más grande de Londres.

—Antiguo director —corrigió Whitlock, desde el banco, con Napoleón dormido sobre las rodillas.

—Pero sabe de estructuras.

—Mucho.

—¿Cuánto tardarían?

Whitlock se quedó pensativo, acariciando las orejas del perro.

—Con el equipo adecuado… cinco días.

—¿Cinco?

—Si nadie se pelea.

Se hizo un silencio sospechoso. Todos miraron a la señora Pilar y a Remedios, que se miraban entre sí con la ceja levantada, como dos boxeadoras antes del primer asalto.

—Nadie se va a pelear —dijo Elena, con una sonrisa de acero.

—Claro que no —respondieron ambas.

—Eso espero.

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La obra comenzó al día siguiente, a las seis de la mañana, con una disciplina que habría hecho llorar a un sargento.

Mike ocupaba el centro de la azotea con el casco de obra torcido sobre la frente, exactamente como su padre en la fotografía, y una libreta llena de cotas. Whitlock, a su lado, con un chaleco de lana y un metro de carpintero que manejaba con una elegancia casi musical, corregía ángulos, afinaba medidas y murmuraba cosas como «no, no, esa viga necesita una cuña de nogal». Inés, arremangada hasta los codos, trazaba con una escuadra las posiciones de las nuevas columnas. Federico, rapado por completo, según confesó, «para empezar de cero», cargaba tablones junto a Tomás, que llevaba un casco rosa que alguien le había prestado y una expresión de penitente feliz.

—¿Dónde pongo esto? —preguntó, con un travesaño en cada hombro.

—Ahí, junto a la barandilla.

—¿Aquí?

—No, más a la izquierda.

—¿Aquí?

—Tomás —dijo Federico, con una paciencia nueva—. Eso es la derecha.

—Ah. Perdón.

—No pasa nada.

—Es que de pequeño me caí de un columpio.

—Eso explica muchas cosas —murmuró Bruno.

Mientras tanto, abajo, la cocina del 2A se había convertido en cuartel general de la logística. Allí, entre bandejas de bizcocho, termos de café y una pizarra donde alguien había escrito en rojo «PLAN BODA — NO TOCAR», la señora Pilar y Remedios dirigían el desayuno de la obra con una precisión de comandantes.

—Tres tortillas por vecino —dictaba Pilar.

—Dos.

—Tres.

—Dos, que luego no trabajan.

—Es que trabajan mejor con la barriga llena.

—Es que se duermen sobre las vigas.

—Pues que se duerman felices.

—Hermana —intervino Elena, desde la mesa, con una taza de té—. Hagan tres y que cada uno coma las que pueda.

Ambas se miraron.

—Se ve que no tienes experiencia con albañiles —dijo Remedios.

—Tengo experiencia con maridos.

—Es lo mismo.

—Mi marido era electricista —dijo Pilar, con un suspiro.

—Y el mío cantante de tangos.

—¿Y el tuyo, Elena?

—Contable.

—Pobre —dijeron las dos a la vez.

La puerta de la cocina se abrió de golpe y Marta del 1C irrumpió con un bote de pintura en cada mano y el megáfono colgado del cuello.

—¡Emergencia! —gritó—. ¡Los niños han pintado el andamio de rosa!

—¿De qué color?

—¡De rosa chicle!

—¿Quién les dio la pintura?

—¡Nadie! ¡La encontraron en el trastero!

—¿Y el andamio?

—¡Está precioso! —Marta puso cara de disculpa—. Pero parece una tienda de pasteles.

—Pues que se quede así —sentenció la señora Pilar—. Una boda necesita color.

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La víspera del cuarto día, Aurora subió al pabellón con una manta y una taza de chocolate y encontró a Mike dormido sobre un montón de serrín, con la cabeza apoyada en una viga y un lápiz detrás de la oreja.

Se sentó a su lado sin hacer ruido. La luna estaba alta, y entre las vigas, nuevas y viejas mezcladas, se filtraba una luz plateada que dibujaba sobre el suelo una trama de rayas y sombras. Las dos columnas nuevas ya estaban en pie. Eran un poco más claras que las demás, con la madera todavía cruda, y las habían unido con tantos clavos, tornillos y tacos de goma que sonaban, cuando alguien las tocaba, como un violonchelo tímido.

—Parece una catedral —murmuró.

Mike abrió un ojo.

—Es un pabellón.

—Para mí, es una catedral.




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