Solo tenía que tocar la puerta y pedirlo.
Como una adulta. Con dignidad.
Aurora Richel, en ropa interior, envuelta en la chaqueta del traje de novio que Mike le había echado sobre los hombros, repetía la frase en su cabeza mientras cruzaba la calle de los Almendros descalza, con el pelo revuelto y una determinación que no sentía.
—Voy contigo —dijo Mike, a su lado.
—No.
—Es un desconocido.
—Es un vecino.
—Eso es peor.
—Mike. —Se detuvo en mitad de la acera y lo miró a los ojos—. Hace un mes no me atrevía a pedirte un brasier. Hoy me casaba mañana con el hombre que lo tenía. Si no puedo pedir un vestido, no merezco el vestido.
—Es una lógica muy rara.
—Es la mía.
Mike abrió la boca para protestar. La cerró. Después, con una sonrisa que le llegó hasta las orejas, se quitó el reloj, se lo puso en la muñeca a ella y dijo:
—Tienes diez minutos. Si no has vuelto, subo con un bate.
—Bruno tiene el bate.
—Subo con Bruno.
—Con eso me basta.
Atravesó el último tramo de calle con la barbilla alta. Detrás de ella, en la azotea, ya se asomaba medio edificio: la señora Pilar con los prismáticos de Remedios, Marta con el megáfono apagado, los niños Ortega encaramados a la barandilla y Napoleón ladrando con un entusiasmo que habría despertado a un muerto.
El edificio de enfrente era una mole de ladrillo oscuro, con las persianas bajadas y la fachada cubierta de una hiedra que nadie se había atrevido a podar. Sobre la puerta de hierro colgaba una placa de latón ennegrecida: «Número 8. Prohibido el paso a vendedores, predicadores y vecinos».
—Qué simpático —murmuró.
Entró. El portal olía a polvo y a madera vieja. No había portero, ni buzones, ni siquiera un felpudo. Solo una escalera angosta, de peldaños gastados, que subía hasta perderse en la penumbra. Aurora la subió con el chal verde de su madre anudado a la cintura, sobre la chaqueta del traje, y el corazón le golpeaba el pecho al ritmo de los escalones.
Llegó al quinto piso, jadeando. Había una sola puerta, de roble macizo, sin timbre ni mirilla. Pegado al marco, con cinta amarillenta, un papel decía en letras mecanografiadas:
«No molestar. Hablo solo cuando quiero.»
Aurora lo leyó dos veces.
—Es un clásico —susurró.
Levantó el puño. Lo bajó. Lo levantó otra vez.
—Eres una mujer adulta —se dijo—. Vas a casarte mañana. Has sobrevivido a un editor corrupto, a un inmobiliario con zapatos mordidos y a tu madre conduciendo un coche manual. Puedes tocar una puerta.
Respiró hondo.
Toc, toc, toc.
Silencio.
Pasos lentos, arrastrados. El clic de varias cerraduras abriéndose en orden. Una cadena que se deslizaba. La puerta se entreabrió un palmo.
Por la rendija asomó un ojo azul, pequeño, rodeado de arrugas, bajo una ceja blanca y espesa.
—¿Sí? —gruñó una voz de ultratumba.
Aurora abrió la boca. Y por un segundo terrible, el mismo segundo que ya había vivido una vez en el cuarto piso de otro edificio, olvidó cómo se hablaba.
—Buenas tardes —logró decir—. Soy Aurora. Del otro lado de la calle. Su vecina. De enfrente.
—Lo sé.
—Ah. Qué bien. Eso es… bueno.
—¿Qué quiere?
Que se abra el suelo y me trague.
—Yo… —Se enderezó—. Creo que tiene algo mío.
La puerta no se movió.
—Algo textil —añadió, antes de poder frenarse.
El ojo azul parpadeó.
—¿Textil?
—Que ha volado. Con el viento. Desde mi azotea. —Tragó saliva—. Es blanco. De seda. Con unos conejos bordados. Y un cinturón rojo.
—Ah.
—Es mi vestido de novia.
Hubo un silencio largo.
—Ya veo —dijo la voz, y la puerta se abrió del todo.
---
El hombre que apareció en el umbral tenía ochenta años y un aspecto de roble talado a hachazos.
Era alto, aunque la espalda le había empezado a vencer, y llevaba un batín de franela gris con las mangas remangadas, unos pantalones de pana y unas zapatillas de fieltro que tenían más historia que un museo. Una barba blanca, recortada con severidad, le cubría la mandíbula. Y en las manos, sosteniéndolo con una delicadeza que contrastaba con su gesto, traía el vestido de marfil, doblado sobre sus antebrazos como si fuera un recién nacido.
—Esto —dijo— cayó en mi balcón hace cuarenta minutos.
—Lo sé.
—Casi me da un infarto.
—Lo siento muchísimo.
—Estaba haciendo la siesta.
—Perdone.
—Y de repente, un fantasma de seda. —Frunció el ceño—. ¿Sabe usted cuánto tiempo hace que nada vuela hacia mi balcón?
—No.
—Cuarenta y un años.
Aurora parpadeó.
—¿Cuarenta y uno?
—Desde 1985. —El hombre bajó la vista al vestido—. Entonces fue un sombrero. Rojo. De mujer. Aterrizó en mi barandilla un día de viento. Se lo devolví a su dueña con una sonrisa.
—¿Cuál era su dueña?
—Una vecina de enfrente. —Hizo una pausa—. Se llamaba Marina.
Aurora se quedó inmóvil.
—¿Marina… Barrón?
—La esposa de Rafael.
—La madre de Mike.
—La dueña de ese vestido. —El hombre levantó la vista, y por primera vez Aurora notó que los ojos azules estaban húmedos—. Lo reconocí enseguida. Lo cosió una noche de abril de 1983. Yo la vi desde mi ventana, con la aguja entre los dientes, pinchándose los dedos.
—¿Usted la conocía?
—Fui su testigo de boda.
El silencio que siguió fue tan denso que Aurora oyó, abajo, en la calle, el ladrido lejano de Napoleón.
—Perdone —susurró—. No sé cómo se llama.
—Amadeo Quiroga.
—¿Quiroga?
—Juez. Retirado. —Se enderezó con un crujido de huesos—. Y hasta hace diez minutos, el único vecino de este edificio que no había recibido jamás una visita.
—¿Nunca?
—Nunca. En cuarenta años. —Tosió, incómodo—. La gente piensa que soy un gruñón.
Aurora no pudo evitar una sonrisa.
—Es un prejuicio injusto.
—Lo es. —El anciano entrecerró los ojos—. ¿Se está riendo de mí?
#1759 en Novela romántica
#472 en Otros
#223 en Humor
vecinos que se odian, amor romance dudas odio misterio, vecino gruñón
Editado: 21.10.2026