Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 18: La noche antes de la boda

La tradición dice que los novios no deben verse la noche anterior a la boda.

La tradición, sin embargo, nunca se había enfrentado a un edificio diseñado para que nadie pudiera esconderse de nadie.

—Es una norma muy sencilla —explicó Camila, a las nueve de la noche, de pie sobre una silla del salón del 3B, con una copa de sidra en una mano y una lista de reglas en la otra—. Mike duerme en el 4B con los hombres. Tú duermes aquí con las mujeres. Nadie se ve. Nadie se llama. Nadie se asoma al balcón.

—¿Y si el balcón se asoma a nosotros? —preguntó Aurora.

—Los balcones no tienen ojos.

—Tienen oídos.

—Pues os tapáis los oídos.

—¿Con qué?

—Con algodón. Con almohadas. Con el cucharón de la señora Pilar.

—No pienso prestar mi cucharón —declaró la señora Pilar, desde el sofá, con una bandeja de empanadillas sobre las rodillas—. Está en misión sagrada.

—¿Qué misión?

—Vigilar que nadie se escape.

Aurora se hundió en el cojín con las mejillas encendidas. La sala estaba llena: su madre y su tía, Camila, Lucía, Valeria, Marta, Inés, Ofelia (que seguía sin entender en qué clase de manicomio se había metido pero ya había pedido la receta del bizcocho) y la pequeña Lía, que había obtenido permiso especial para asistir a condición de no repetir nada de lo que oyera.

Sobre la mesa había globos, serpentinas, un pastel con forma de conejo astronauta y un paquete envuelto en papel rojo que Camila empujó hacia Aurora con una sonrisa sospechosa.

—Tu regalo.

—No me atrevo a abrirlo.

—Es lo único que no me atrevería yo a abrir delante de tu madre.

—¡Camila!

—Ábrelo.

Aurora deshizo el lazo. Dentro, entre papel de seda, había un brasier de encaje rojo, idéntico al que había iniciado toda aquella historia, con una tarjeta pegada.

«Para que nunca más vuele sin tu permiso. Cláusula 4. C.»

Aurora soltó una carcajada tan violenta que se le cayó la sidra.

—¿Lo has hecho a propósito?

—Obviamente.

—¡Es el mismo!

—Lo busqué durante tres días. Me lo vendió una señora de Valencia que me miró muy raro.

—Voy a morirme.

—Pues muérete con estilo.

Elena, desde el otro lado, se llevó la copa a los labios con una sonrisa serena.

—Yo, en mis tiempos, no recibí un brasier.

—¿Qué recibiste, mamá?

—Una olla a presión.

—¡Mamá!

—Y era una olla excelente.

La sala estalló en carcajadas. Pero en medio del jolgorio, cuando Aurora se levantó para servir más sidra, escuchó, muy suave, tan fino que casi pareció un suspiro del aire, un sonido que le erizó la piel.

Una guitarra.

Venía de arriba. De un balcón. De una ventana abierta.

—Mike —susurró.

—No —dijo Camila, sin mirarla—. Prohibido.

—No he dicho nada.

—Pero lo has pensado.

—Es la canción.

—Ya lo sé. Lo oigo todos.

Y era verdad. Los doce habitantes de la sala habían guardado silencio de golpe, con las copas a medio camino y las cabezas inclinadas hacia el techo. Desde el cuarto piso, filtrada por las vigas, por las barandillas, por la acústica perversa y amorosa de un edificio sin secretos, bajaba la melodía de Rafael, tocada con una lentitud tímida, como quien llama a una puerta sin atreverse a golpear.

Aurora cerró los ojos.

—Dile que se calle —suplicó Camila.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque me está pidiendo permiso.

—¿Para qué?

—Para quedarse despierto.

Corrió al balcón. Camila, resignada, la dejó ir. Aurora se asomó al aire fresco de la noche, miró hacia arriba, hacia el cuarto piso, y vio un resplandor amarillo en la ventana del 4B y una silueta apoyada en la barandilla.

—Mike —dijo, muy bajito.

La guitarra se detuvo.

—No estoy aquí —respondió la voz de él, desde arriba.

—Ya lo veo.

—Estoy con los hombres. Haciendo cosas de hombres.

—¿Qué cosas?

—Jugando al dominó.

—¿Y quién gana?

—Napoleón.

Aurora soltó una risita ahogada.

—No debemos hablar.

—Lo sé.

—Da mala suerte.

—Tú no creías en esas cosas.

—Hoy sí.

—Entonces cállate.

—Tú primero.

Se quedaron en silencio. Un silencio largo, cálido, lleno de todo lo que no se decían. Desde la ventana de abajo, Camila murmuró algo sobre «parejas insoportables». Desde la de arriba, Bruno gruñó que «alguien debería cerrar esa ventana».

Pero ninguno de los dos se movió.

—Aurora —dijo al fin Mike, con un hilo de voz.

—¿Sí?

—Tengo un miedo horrible.

—Yo también.

—¿De qué?

—De que sea demasiado bonito.

—¿Eso da miedo?

—Mucho.

—¿Por qué?

—Porque las cosas bonitas, cuando llegan, suelen traer una sorpresa.

—¿Como qué?

Aurora no contestó. Se llevó la mano al bolsillo del albornoz y sacó el sobre de Ramiro Salcedo, que llevaba toda la noche pegado al cuerpo.

—Como esto —dijo, levantándolo hacia la luz.

Arriba, el silencio se volvió distinto.

—No lo pienses —murmuró Mike.

—No puedo evitarlo.

—Mañana lo afrontaremos.

—¿Y si es una trampa?

—Probablemente lo es.

—¿Y si es verdad?

—Entonces lo afrontaremos igual.

—¿Juntos?

—Juntos.

—Cláusula uno.

—Cláusula uno.

Aurora sonrió, con los ojos húmedos, y se llevó los dedos a los labios para lanzar un beso silencioso hacia el cuarto piso. Arriba, la silueta de Mike hizo un gesto parecido. Después cerró la ventana.

Y la guitarra, muy lejos, empezó otra vez.

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A las dos de la madrugada, el 4B se había convertido en un tribunal.

Mike, descalzo, en pijama, con la camisa del traje colgada en una percha de la puerta, estaba sentado en el borde del sofá. A su lado, Bruno, con el bate y una cara de pocos amigos; Inés, que había pedido permiso para asistir «por razones de espionaje familiar»; Ferrer, silencioso, con el sobre de Ramiro entre las manos; Whitlock, con una taza de té y el bastón entre las rodillas; Lucía, que se había colado sin invitación con una carpeta y un termo de café; y, en el sillón de cuero que habían subido desde el quinto piso del edificio de enfrente, con el batín gris y las manos cruzadas sobre el vientre, el juez Amadeo Quiroga.




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