Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 19: El gallo que faltaba

Nadie se atrevió a dar el primer paso.

Ramiro Salcedo seguía sentado en el centro del pabellón, con el sombrero de ala ancha sobre las rodillas y el salero azul entre las manos, como quien sostiene un pajarillo herido. La luna le dibujaba en el rostro unas ojeras profundas. Parecía mucho más viejo de lo que Violeta había descrito. Y mucho menos peligroso.

—No traigo armas —dijo, levantando las palmas—. Ni sierras. Ni abogados de pico de buitre.

—Eso no nos tranquiliza —respondió Bruno, sin soltar el bate.

—Lo comprendo.

—Entró sin permiso.

—Tenía llave.

—Robada.

—Rescatada. —Esbozó una sonrisa cansada—. Llevo treinta y tres años rescatando cosas. Es un vicio.

Napoleón, que había subido detrás de los demás sin que nadie lo viera, se plantó en la entrada con el pelo erizado y soltó un gruñido bajo, sostenido, de esos que en el idioma canino significan «tengo tu zapato en el historial».

—Qué perro más memorioso —dijo Ramiro.

—Es de apoyo emocional —respondió Aurora, con la voz tomada.

—Lo sé. Me lo contó mi hijo.

—No es su hijo —corrigió Violeta, desde la puerta.

—Es lo más parecido que tuve.

—Eso también me lo dijo a mí.

—Es que somos de la misma familia.

Mike dio un paso adelante. Se había puesto una chaqueta sobre el pijama y tenía el pelo revuelto de tanto pasarse la mano. Aurora, en albornoz y zapatillas, le sostenía el brazo con una firmeza que no admitía discusión.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—Hablar.

—Lo está haciendo.

—Hablar de verdad. —Ramiro miró a su alrededor, con los ojos húmedos, las doce columnas, las vigas, el techo de luz—. Dicen que este sitio no deja mentir.

—Eso dicen.

—Es la única razón por la que he subido.

—¿Para qué?

—Para decir lo que llevo callando desde hace treinta y tres años.

—¿Y si no puede?

—Entonces me quedaré mudo. —Se encogió de hombros—. Y será una buena respuesta.

Hubo un silencio. El viento movió los farolillos. Allá abajo, en el patio, alguien tosió. Y sin hacer ruido, uno a uno, como si el edificio los hubiera citado, empezaron a asomar cabezas por la puerta de la azotea: don Eusebio con la gorra a medio poner, Marta con un rulo en el pelo, la señora Pilar con el cucharón y una redecilla, Remedios con el abanico, los Ortega con las almohadas bajo el brazo.

—Perdón —susurró la señora Pilar—. Nos despertó el eco.

—Siéntense —dijo Mike, sin apartar los ojos de Ramiro—. Esto es público.

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Ramiro Salcedo tardó tres minutos en empezar.

Hizo girar el salero entre los dedos. Miró a Violeta, que le devolvió una mirada serena. Miró a Federico, que acababa de aparecer en lo alto de la escalera con la cabeza rapada y los ojos muy abiertos, y que se quedó inmóvil, como si hubiera visto a su propio padre salir de una tumba.

—Hola, hijo —dijo el anciano.

—Papá.

—Estás flaco.

—Tú estás muerto.

—Casi. Pero tengo permiso para un último viaje.

Federico bajó los últimos peldaños, despacio, con las manos temblándole. Se detuvo a dos metros. No se abrazaron. Solo se miraron, con la torpeza de dos hombres que nunca aprendieron a hacerlo.

—¿Por qué volviste? —preguntó Federico.

—Para decirte la verdad.

—¿Qué verdad?

—Todas.

Ramiro respiró hondo. Y con una voz que se fue aclarando poco a poco, a medida que las palabras salían, empezó a hablar.

—Nací en Valencia, en 1946, en una casa de dos habitaciones con una madre costurera y una hermana pequeña. Se llamaba Marina.

Mike se quedó helado.

—Mi madre —susurró.

—Tu madre.

—Dijo que era hija única.

—Ella pensaba que lo era.

—No entiendo.

—Yo tampoco, durante años. —Ramiro apretó el salero—. Mi madre trabajaba doce horas. Yo cuidaba a Marina. Le daba de comer, le cantaba, le inventaba cuentos. Fui más su padre que su hermano. Y un día, cuando ella tenía ocho años y yo catorce, nos separaron.

—¿Quién?

—Los Servicios Sociales. Mi madre cayó enferma y no pudo mantenernos. A mí me mandaron con un tío rico, un industrial de Barcelona. A ella, a un convento. —Tragó saliva—. Me prometí que la encontraría. Y tardé veinte años.

—¿Y la encontró?

—En 1979. En Madrid. Era una joven preciosa, estudiante de arquitectura, con un novio llamado Rafael Barrón.

El silencio fue absoluto. Aurora sintió que Mike se tensaba contra su costado.

—Mi padre —murmuró.

—Tu padre. —Ramiro sonrió, con una amargura infinita—. Y yo, que llevaba veinte años buscándola, descubrí que ya no era mi niña. Era una mujer que tenía vida propia. Que se reía con otro. Que escogía a otro.

—Y usted lo odió.

—Lo odié con toda el alma.

—¿Por qué?

—Porque me la quitó.

—No se la quitó. Se la encontró.

—Eso me dijo ella. —Ramiro rio, con los ojos brillantes—. Y tenía razón.

Violeta se acercó y le puso una mano en el hombro. Él la tomó sin mirarla.

—Cuando Marina murió —prosiguió—, yo estaba en Chile, haciendo negocios. Me enteré dos semanas más tarde. Una carta. Un telegrama. Ni siquiera pude ir al entierro.

—Mi madre murió de una neumonía —dijo Mike—. Tenía treinta y cuatro años.

—Lo sé.

—No fue culpa de mi padre.

—Lo sé. —Los ojos de Ramiro se llenaron de lágrimas—. Pero yo necesitaba culparle. Porque si no era culpa suya, era culpa mía. Por no estar. Por no volver. Por llegar siempre tarde.

—¿Y por eso intentó quitarle el edificio?

—Por eso intenté quitarle todo lo que tenía. Para que sintiera lo que yo sentía.

Se hizo un silencio. Algo se movió en las vigas, una nota pequeña, un tintineo suave. Aurora miró hacia arriba y vio que los farolillos habían empezado a temblar, como si el pabellón entero estuviera escuchando con el corazón en un puño.

—Mentira —dijo una voz.

Todos se volvieron.

Federico, de pie junto a la columna más cercana, con los ojos enrojecidos y los puños apretados, miraba a su padre con una expresión de furia dolorida.




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