Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 20: La madrina que no tenía cuerpo

El silencio duró tres segundos.

Luego la señora Pilar, sentada en primera fila con su pamela gigantesca, soltó un gemido, se llevó la mano al pecho y se desplomó con muchísima elegancia sobre el hombro de Remedios, que ya había aprendido a recibirla.

—¡Ay, Dios! —chilló la anciana, con un ojo abierto y el otro cerrado—. ¡Esa voz! ¡Yo conozco esa voz!

—¿Quién es? —preguntó Bruno, que se había puesto delante de los novios con el bate de béisbol y la corbata torcida.

—¡Genoveva!

—¿Qué Genoveva?

—¡Genoveva Lasa! ¡La del 3B!

Un murmullo recorrió la azotea. Los vecinos más antiguos, los que habían subido con sobres crema y recuerdos en los ojos, se miraron entre sí. Consuelo, la del abrigo verde, se llevó la bufanda a la boca. Un anciano dejó caer el sombrero.

—Hola, Pilar —dijo la voz, desde la esfera de bronce, con un deje de sonrisa—. Qué sombrero tan ridículo.

—¡Es una pamela!

—Es un sombrero.

—¡Es una pamela con historia!

—Es ridículo, pero te queda bien.

La señora Pilar rompió a llorar, y esta vez nadie dudó de que fuera de verdad.

—Genoveva —sollozó—. Perdóname.

—¿Por qué?

—Por lo del noventa y uno.

—¿Qué pasó en el noventa y uno?

—Que tú te moriste y yo estaba en la azotea bailando.

La azotea quedó en silencio. Aurora sintió que Mike le apretaba la mano. Ramiro, en su silla de honor, con la manta sobre las rodillas, bajó la cabeza.

—No me morí por tu baile, Pilar.

—Pero nadie te oyó.

—Nadie podía oírme. Estabais todos arriba, cantando. Yo me caí en la cocina, y el edificio me escuchó. Fue el único que lo hizo.

—Si hubiera bajado a buscarte…

—Habrías llegado tarde igual.—La voz se suavizó—. Tenía setenta y un años y un corazón que ya no daba más. Me fui contenta. Con la música de la fiesta entrando por la ventana. Qué mejor manera.

—Pero…

—Pilar. —Hubo una pausa—. No es de eso de lo que vengo a hablar.

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Genoveva Lasa había sido la primera inquilina del 3B.

Lo explicaron entre todos, a trompicones, mientras la voz de la esfera esperaba con la paciencia de quien lleva treinta y cinco años aguardando su turno. Había llegado en 1987, viuda, con una máquina de coser, tres baúles y un gato negro llamado Teodoro. Había sido modista de un taller de Valencia y, al jubilarse, se mudó a Los Almendros porque, según contaba, «quería un sitio donde me molestaran los vecinos».

—Y se lo dimos —murmuró la señora Pilar, entre lágrimas—. Cada tarde. Con empanadas.

Cosía para todo el edificio. Dobladillos, botones, vestidos de comunión, trajes para entierros. Cuando alguien necesitaba una prenda para una ocasión importante y no tenía dinero, Genoveva abría uno de sus baúles y le prestaba algo. «Un préstamo», decía, «no un regalo. Hay que devolverla». Y casi todos la devolvían. Casi.

—Hay una que no volvió—dijo la voz.

—¿Cuál? —preguntó Aurora, con un hilo de voz.

—Una prenda de lana. Verde. Sin terminar.

Aurora se miró, bajó la vista, y de pronto sintió un frío tibio recorrerle los brazos. Se llevó la mano al hombro. Sobre el vestido de marfil, anudado con descuido, llevaba el chal de lana verde que su madre le había tejido en tres semanas, con el conejito astronauta bordado en la esquina.

—No —susurró.

—Sí, pequeña.

—Este chal lo tejió mi madre.

—Con mi lana. —La voz de Genoveva se hizo muy suave—. Se la di yo. En el ochenta y nueve. Un ovillo grande, que me sobró de una chaqueta. Le enseñé a tejer en esta misma escalera.

Aurora se volvió hacia Elena, que se había quedado inmóvil junto a su marido con la guitarra todavía en las rodillas.

—Mamá.

—Es verdad —dijo Elena, con los ojos llenos de lágrimas—. Genoveva era mi vecina de pasillo. Fue la primera persona que me trató como si yo valiera algo. —Sonrió, con una tristeza antigua—. Me dijo: «Elena, tienes buenas manos. Úsalas para algo más que para limpiar». Y me regaló el ovillo.

—¿Y por qué no lo usaste?

—Porque me mudé. Y me quedé con el ovillo en una caja. Treinta años. Hasta hace tres semanas.

—¿Y por qué justo entonces?

—Porque cuando te vi decidida a quedarte en este edificio, supe para qué era.

—Para esto —dijo Genoveva.

Los hilos de bronce vibraron. Una música muy suave, de cuerda frotada, recorrió la azotea como el aliento de una abuela que entra en una habitación.

—Yo no terminé esa prenda. Tenía que ser un chal para mi hija.

—¿Su hija? —preguntó Mike.

—La que nunca tuve. —La voz se quebró un poco—. Pasé la vida entera bordando ropa para niños que no llegaron. Ese fue mi duelo. Cuando conocí a Elena pensé: ella me dejará coserle algo a alguien que todavía pueda nacer.

Elena se tapó la boca con la mano.

—Y cuando me dijo que se marchaba —continuó la voz—, le di el ovillo con una condición.

—Que lo terminara para la primera boda del edificio —dijo Elena, con un sollozo—. Lo prometí. Y lo olvidé.

—No lo olvidaste. Lo guardaste. Que es distinto.

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Hubo un tiempo en que Aurora creyó que el llanto se le había acabado.

Se equivocaba. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin ningún esfuerzo, mojándole el borde del vestido, mientras en su cabeza se ordenaban piezas que durante semanas habían parecido sueltas: el conejo bordado en una esquina, las manos de su madre, la voz de una mujer que la había esperado treinta y cinco años.

—Entonces el impedimento —dijo despacio— no es que no pueda casarme.

—No.

—Es que quiere que la lleve puesta.

—Quiero verla. —La voz tembló—. No tengo ojos. Pero la lana sí tiene memoria. Cuando la llevas puesta, siento el peso. El calor. El pulso de quien la lleva. Eso es lo más parecido a abrazar que me queda.

Aurora se quitó el chal de los hombros. Lo sostuvo un momento entre las manos, mirando el bordado, el cordón, el color de hoja nueva. Después, con mucho cuidado, lo extendió sobre la peana, junto a la esfera de bronce.




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