Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 20 /2 : El miedo que no cabía en un salero

Tomás avanzó por el pasillo central con el sobre blanco en la mano y la torpeza de quien lleva un mes aprendiendo a hacer las cosas bien y todavía no se fía de sí mismo.

Trescientas personas lo miraban. Nadie respiraba. Bruno había levantado el bate un palmo por puro instinto, y Napoleón, a los pies de Whitlock, soltó un gruñido bajito, más de aviso que de amenaza.

—Tranquilos —dijo Tomás, alzando la mano libre—. Vengo desarmado.

—Eso mismo dijo Ramiro —murmuró Remedios.

—Y mira cómo acabó —respondió la señora Pilar, secándose los ojos con la pamela.

Tomás se detuvo a dos metros de los novios. Tenía las ojeras de quien lleva noches sin dormir, el traje de alquiler tan grande que las mangas le tapaban media mano y una expresión de culpa tan honesta que a Aurora, a pesar del vuelco que le había dado el estómago, le entraron ganas de abrazarlo.

—No quería hacerlo así —dijo él, en voz baja—. Te lo juro. Llevo tres días intentando buscar el momento.

—¿Qué momento? —preguntó Mike, sin soltar la mano de Aurora.

—El de dárselo a ella a solas.

—¿Dártelo?

—Me lo confió Aurora hace una semana. —Tomás tragó saliva—. En Londres. La noche antes de la Sala Siete. Me dijo: «Guárdamelo. Si me pasa algo, que lo lea Mike. Si no, lo rompo yo misma el día después de la boda».

—Tomás… —susurró Aurora.

—Y yo lo guardé. Y no lo abrí. Y no se lo he enseñado a nadie. —Levantó el sobre—. Pero esta mañana, cuando te oí decir que no tenías miedo, y el edificio dijo lo que dijo…

—Lo dijo bien —intervino la voz de Genoveva, suave, desde la esfera—. No lo culpes, pequeña. Solo repite lo que callas.

Aurora cerró los ojos. Sintió el peso del chal verde sobre los hombros, el calor de la mano de Mike, la mirada de todo un edificio apoyada en su espalda como una manta.

—Dámelo —dijo.

Tomás se lo tendió. Ella lo tomó con dedos temblorosos. No lo abrió. Lo sostuvo contra el pecho, con los ojos fijos en el suelo, y durante unos segundos largos el pabellón entero pareció contener la respiración.

—Aurora —dijo Mike, muy despacio—. No tienes que hacerlo aquí.

—Sí tengo.

—No es una obligación.

—El edificio no me deja mentir. —Soltó una risita rota—. Y yo ya mentí hace un minuto.

—Fue un error de nervios.

—Fue una mentira.

—Aurora.

—Déjame, Mike. —Levantó la vista y lo miró con los ojos anegados—. Si no lo digo ahora, lo digo mañana. O la semana que viene. Y cada día que pase, será más difícil.

Mike guardó silencio. Después, con un gesto casi imperceptible, asintió.

Aurora rasgó el sobre.

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Dentro había una carta de dos páginas, con membrete de Editorial Luna Nueva y una firma que todos reconocieron al instante, porque la dueña estaba sentada en la tercera fila, con una pluma en la mano y una expresión de profundo asombro.

—Yo la firmé —dijo Ofelia Sandoval, poniéndose en pie—. Perdonad. Me da pena interrumpir, pero me parece que ahí me toca hablar.

—Adelante —dijo el juez Quiroga, con la toga arrugada y los ojos muy abiertos—. Esta ceremonia ya ha dejado de tener protocolo.

Ofelia se aclaró la garganta. Se alisó el vestido de lunares con las dos manos.

—Hace ocho días, antes de que Aurora saliera de Londres, le entregué una propuesta. Un contrato nuevo. —Miró a Mike—. No es el de tres meses. Es otro. Cinco libros. Cinco años. Una serie con el conejo astronauta. Con equipo propio, estudio propio y una condición: residir en Londres.

El murmullo recorrió la azotea como una ola.

—Cinco años —repitió Bruno, con la voz tomada.

—Cinco años con opción a diez —precisó Ofelia—. Y un anticipo que haría llorar a cualquier ilustradora del mundo.

—¿Y ella aceptó? —preguntó Elena, pálida.

—Dijo que lo pensaría.

—¿Y lo pensó?

—No me contestó.

Todas las miradas se volvieron hacia Aurora, que sostenía el papel con las manos temblorosas.

—No lo he firmado —dijo—. Ni lo he roto. Lo escondí. Debajo de la almohada. En una maleta. Al fondo de un cuaderno. —Sonrió con tristeza—. Lo llevo guardando una semana como quien guarda una cerilla encendida.

—¿Por qué? —preguntó Mike.

No lo preguntó con reproche. Lo preguntó con la voz más suave que le habían oído nunca.

—Porque tengo miedo.

—¿De qué?

—De que me lo quites.

—¿De que te quite qué?

—El sueño. —Se le quebró la voz—. O de que lo quite yo. O de que, si lo firmo, todo esto se acabe. Que me vaya a Londres y que cuando vuelva, el pabellón esté cerrado, el edificio vacío y tú, mirando una guitarra sin que nadie te escuche.

—Aurora…

—Y que si no lo firmo, el día que cumpla cuarenta años me despierte con la sensación de haber renunciado a todo por un hombre bueno.

—Eso es injusto.

—Lo sé.

—Para los dos.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué no me lo dijiste?

—Porque no quería arruinar la boda.

El silencio fue absoluto. Aurora había soltado la frase como quien suelta un pájaro, con los ojos cerrados, esperando el golpe. Y el golpe no llegó. Lo que llegó fue una risa. Una risa baja, cálida, entrecortada, que le recorrió la espalda como una brisa.

Mike se estaba riendo.

—¿De qué te ríes? —susurró ella, indignada y aliviada a la vez.

—De que somos idiotas.

—¿Qué?

—Los dos. —Se pasó la mano por la cara—. Tengo un sobre en el bolsillo.

Todos los vecinos soltaron un «¡Ay!» a la vez.

—¿Un sobre?

—Desde anteayer.

—¿De quién?

Mike miró de reojo a Whitlock, que se había levantado de golpe con el bastón temblándole.

—Edmund, creo que le toca a usted.

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Whitlock cruzó la azotea con pasos lentos, apoyado en el bastón, el pañuelo de seda ladeado y las gafas empañadas. Cuando llegó junto a los novios, se plantó ante ellos con una dignidad un poco torpe.

—Es cierto —dijo—. Se lo entregué yo.

—¿Qué es? —preguntó Aurora.




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