Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 22: El cuarto de los que llegan

Teodoro bajaba las escaleras como quien las ha bajado diez mil veces.

Iba delante, con la cola enhiesta y el paso elegante de un anciano de buena familia. Detrás trotaba Napoleón, muy serio, con la lengua fuera. Y después, de la mano, Aurora y Mike, seguidos por Jonás y por una comitiva que había crecido sin que nadie la convocara. Bruno bajaba con el bate, por si el sótano mordía. La señora Pilar traía la bandeja de bollos «por si el fantasma tenía hambre». Camila llevaba el teléfono en alto y Remedios iba abanicándose con tanto brío que despeinaba a quien tuviera delante.

—Esto es una locura —susurró Aurora.

—Esto es un martes —respondió Mike.

—Es sábado.

—Entonces es peor.

El sótano de Los Almendros olía a humedad, a cera y a carbón viejo. Las cajas seguían apiladas en los rincones, las telarañas cubrían los techos y la caldera, enorme y negra, roncaba en una esquina como un animal dormido. Detrás de ella, donde dos semanas antes había una pared de ladrillo desnudo, se abría ahora un arco bajo, de piedra vieja, con una luz cálida escapándose por los bordes.

Teodoro se detuvo en el umbral. Se volvió y los miró con aire de maître que espera a que los comensales se sienten.

—Después de usted —dijo Mike.

El gato maulló, dignísimo, y entró.

Desde dentro llegaba la música. La guitarra de Rafael, la de Elena, y por encima, una vocecita de niña, aguda y desafinada, que cantaba con una seriedad conmovedora:

*«El conejo se perdió en la luna, y nadie le quiso hablar. Hasta que una luz pequeña le dijo: ven a jugar.»*

Aurora se detuvo en seco.

—Esa canción —susurró— no la sabe nadie.

—Tú la sabes.

—Yo y mi madre.

—Pues alguien más.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco —admitió Mike—. Pero me gusta menos no saberlo.

Cruzaron el arco.

---

La sala era pequeña, redonda como la de arriba, pero mucho más cálida.

Las paredes estaban pintadas de azul claro, con estrellas doradas dibujadas a mano, desiguales, como las pintaría alguien con más cariño que técnica. Del techo colgaba un móvil de madera con doce conejos astronautas, que giraban despacio con un tintineo de campanillas. Había una alfombra gruesa, un sillón con una manta de lana y una cuna de roble, antigua, con las barandillas talladas en forma de nubes.

Y en el centro, sobre una mesita baja, una grabadora vieja con una cinta girando, de donde salía la canción.

Nadie dijo nada durante un minuto largo.

—Es una habitación de bebé —dijo Camila, con un hilo de voz.

—Es un cuarto de niños —corrigió Mike.

—¿Para quién?

—No lo sé.

—Hay polvo —observó la señora Pilar, pasando un dedo por el borde de la cuna—, pero poco. Alguien la limpia.

—Teodoro —dijo Jonás.

—¿El gato?

—Es el único que baja aquí.

Teodoro, que se había subido al sillón y ya se había instalado sobre la manta, levantó una ceja de gato, con la dignidad de quien no tiene nada que reprocharse.

Aurora se acercó a la grabadora. La cinta se detuvo con un chasquido. Hubo un silencio. Después, con la misma voz infantil, pero más cercana, más clara, sin música de fondo, sonó una conversación.

—*¡Señor Rafa! ¿Esto ya está grabando?*

—*Ya está, Auri.*

—*¿Y se oye todo?*

—*Todo.*

—*¿Hasta lo que pienso?*

—*Eso no. Pero casi.*

Aurora se tapó la boca con las dos manos. Mike, a su lado, había dejado de respirar.

—*Pues entonces voy a decir una cosa* —prosiguió la voz de la niña—. *¿Puedes apagar la luz?*

—*No hace falta apagarla.*

—*Es que me da vergüenza.*

—*Anda, que aquí no hay nadie.*

—*Bueno. —*Una pausa solemne*—. Cuando sea grande, me voy a casar con el niño de la guitarra.*

El silencio de la sala fue tan perfecto que se oyó el tictac de la campanilla más pequeña.

—*¿Con cuál niño?* —preguntó Rafael, con una risa contenida.

—*Con el que se escondía detrás de la caldera.*

—*¿El que se escondía detrás de la caldera?*

—*El de los ojos grandes. Me devolvió mi bufanda.*

—*Ah, ya sé quién es.*

—*¿Y cómo se llama?*

—*Eso no puedo decírtelo. Es un secreto.*

—*¡Jo! Pues yo le pondré un nombre. Se llamará… Vecino.*

—*¿Vecino?*

—*Sí. Porque vive al lado. Y cuando me case con él, le diré: «Vecino, devuélveme mi ropa».*

La cinta se cortó en seco.

Aurora se quedó mirando la grabadora sin parpadear. Mike se había llevado una mano a la frente. Detrás de ellos, Camila soltó un chillido ahogado y la señora Pilar dejó caer un bollo.

—Dios mío —dijo Aurora, al fin—. Fui yo.

—¿Cómo?

—Yo. La niña. —Se volvió hacia él, pálida—. Tenía seis años. Mi madre me llevaba en verano a visitar a un amigo suyo. Un señor con barba que tocaba la guitarra y tenía un gato negro. Siempre pensé que era un sueño.

—Era mi padre.

—Y había un niño. Más mayor que yo. Que se escondía detrás de una caldera porque no quería saludar a nadie.

—Era yo —dijo Mike, con una voz que parecía venir de muy lejos—. Tenía diez años. Odiaba las visitas. Mi padre me obligaba a bajar a saludar y yo me escondía en el sótano. Una vez vi a una niña con trenzas, que cantaba al gato.

—Se me cayó la bufanda.

—Era roja. Con un conejo bordado.

—Tú me la devolviste.

—Sí. Y no dije nada. Se la dejé en la escalera y me fui corriendo.

—No me di cuenta de que eras tú.

—Yo sí me di cuenta de que eras tú —murmuró Mike, y se echó a reír, aunque tenía los ojos húmedos—. Mi padre me lo dijo hace tres años, cuando enfermó. «Acuérdate de la niña de las trenzas, hijo. Algún día volverá a por su ropa». Yo pensé que eran delirios.

—No eran delirios.

—No.

—Eran profecías.

—Eran una trampa.

—Muy bien tendida —admitió Aurora, riendo y llorando a la vez.

Remedios se llevó el abanico a la cara con un sollozo que hizo vibrar el móvil de conejos.




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