Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 23: La decimotercera campana

La campana sonó una vez.

Fue un tañido grave, profundo, que subió desde las entrañas del edificio y se extendió por el cuarto de los que llegan como una ola de agua tibia. Las estrellas doradas de las paredes parecieron temblar. El móvil de conejos astronautas dejó de girar. Y Teodoro, sentado frente al muro con una pata apoyada en el ladrillo suelto, volvió la cabeza hacia los presentes con una expresión que decía, sin lugar a dudas: ya les avisé.

—Eso no es una campana de iglesia —susurró Camila.

—Es una campana de bronce —dijo Whitlock, que había aparecido en el arco sin que nadie lo oyera, con el bastón en una mano y una linterna en la otra—. Tiene un sonido muy particular. Cálido, pero con un fondo metálico.

—¿Usted la conocía?

—La dibujé yo. En el piso de Madrid. Rafael me dijo que quería una campana que no sonara hasta que hiciera falta.

—¿Y hace falta?

—Parece que sí.

El segundo tañido llegó más fuerte. Después un tercero. Los ladrillos de la pared del fondo empezaron a moverse solos, uno detrás de otro, con un rumor de arena que se desliza, hasta dejar al descubierto un hueco oscuro, rectangular, del tamaño de una puerta pequeña.

—No me gusta —dijo Bruno, levantando el bate.

—A mí tampoco —respondió Mike—. Pero Ramiro dijo que había algo debajo de la caldera y que era urgente.

—Ramiro se ha desmayado.

—Por eso mismo.

Aurora le tomó la mano. La tenía helada.

—Vamos juntos —dijo.

—Siempre.

—Cláusula uno.

—Cláusula uno.

Teodoro entró primero. Después Napoleón, con la lengua fuera y el paso solemne de un perro que sabe que está viviendo un momento histórico. Detrás fueron Mike y Aurora, y detrás de ellos, uno a uno, el resto de la comitiva, con la señora Pilar cerrando la fila, agarrada al brazo de Remedios y murmurando que ella no tenía miedo, que lo único que le daba un poco de impresión era la humedad.

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El pasadizo era estrecho y descendía en pendiente suave, con las paredes de piedra pulida y un suelo de baldosas gastadas por el roce de muchos pies. A cada lado, a la altura de los hombros, había pequeñas hornacinas con velas apagadas, y entre vela y vela, grabadas en la piedra, frases cortas escritas con la letra inclinada de Rafael.

Aurora las leyó a la luz de la linterna de Whitlock.

—Escucha primero.

—Habla después.

—Perdona siempre.

—Devuelve lo que no es tuyo.

—Pide lo que necesitas.

—Esa última es la mía —dijo, con una risita nerviosa.

—Es la de todos —respondió Mike—. Menos la de los que piden sal.

—Tampoco hace falta ser tan gráfico.

Cuarenta pasos más adelante, el túnel se abría en una sala circular, la más pequeña de todas. No tenía estrellas, ni cuna, ni móviles. Solo un suelo de madera clara, una bóveda baja pintada de azul oscuro y, en el centro, colgada de una viga con una cadena de latón, una campana del tamaño de una calabaza.

Era hermosa. Tenía la superficie cubierta de relieves diminutos: conejos, llaves, balcones, gatos, saleros con forma de gallo. Y en el borde, grabadas en una caligrafía tan fina que costaba leerla, doce palabras que giraban alrededor del metal como una cinta.

Mike se acercó. Las leyó en voz alta, despacio.

—Doce voces que escuchan. Una que llega. Todas que se quedan.

—¿Una que llega? —repitió Aurora.

—La decimotercera.

—¿Quién es?

—No lo sé.

La campana sonó por cuarta vez, sin que nadie la tocara. Y debajo de ella, en el suelo de madera, se abrió con un suave chasquido una trampilla cuadrada, de la que subió un olor intenso a lana limpia y a canela.

Dentro había una caja de madera tallada, con una tapa de cristal. Y bajo el cristal, sobre un lecho de terciopelo blanco, descansaban tres objetos.

Un par de patucos de lana verde, diminutos, con un conejo bordado en cada uno.

Una cinta de casete con una etiqueta que decía: Para quien llegue.

Y un pequeño brasier de encaje rojo, de talla minúscula, de los que se hacen para una muñeca.

—Qué cosa más rara —murmuró Camila.

—Es una broma —dijo Bruno.

—Es una referencia —corrigió Lucía.

—Es una declaración de principios —dijo la señora Pilar, con los ojos como platos—. El edificio tiene sentido del humor.

Aurora se arrodilló junto a la caja. Con dedos temblorosos, levantó la tapa de cristal y tomó los patucos. Eran suaves, tibios, tejidos con una delicadeza que no podía ser de mano profesional sino de alguien que había puesto en cada punto algo más que lana.

—Los hizo mi madre —dijo.

Elena, de pie junto al arco, se llevó las manos a la boca.

—No es posible. Yo no sabía.

—Mira el bordado. Es el mismo conejo que el del chal.

—Pero yo no los tejí.

—Los tejió Genoveva —dijo la voz de la esfera, que había subido hasta el último rincón del edificio y llegaba amortiguada por la piedra—. Hace treinta y cinco años. Se los guardé a una hija que nunca tuve.

—Pero el conejo astronauta es de mi libro.

—No es tuyo, pequeña. Es del edificio. —La voz sonó divertida—. Yo se lo bordé a tu madre cuando éramos vecinas. Ella te lo contó de niña. Tú lo dibujaste. Y el ciclo se cerró.

Aurora apretó los patucos contra el pecho. Mike se arrodilló a su lado y le pasó un brazo por los hombros.

—Entonces —dijo despacio— ¿para quién son?

La campana sonó por quinta vez.

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Cuando salieron del túnel, la ambulancia ya se había ido.

Don Eusebio los esperaba en la puerta del portal, con la gorra en las manos y el rostro bañado en sudor. Los niños Ortega, sentados en la escalera, miraban el suelo con las caras largas. Violeta caminaba de un lado a otro con el abrigo desabrochado, y Federico no estaba.

—Se lo llevaron al hospital —dijo el portero—. Federico fue con él. Y la doctora ha dicho que si lo ve a tiempo, no pasa nada.

—¿A tiempo de qué?

—Del último ataque. Dice que tiene el corazón como un reloj viejo. Que puede parar en cualquier momento.




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