Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 24: Dos latidos

El resultado del laboratorio llegó a las doce y cuarenta, en un sobre blanco que la doctora Ibáñez sostuvo entre dos dedos como quien sostiene una mariposa.

La sala de consulta era pequeña, con una camilla, un ordenador viejo y una ventana que daba a un patio de ladrillo. Dentro cabían, con buena voluntad, cuatro personas. Pero la comunidad de Los Almendros había decidido por unanimidad que aquello era un asunto de interés general, de modo que Aurora y Mike estaban sentados en dos sillas junto a la mesa, rodeados por cuarenta y tantos familiares, vecinos, un juez retirado, un editor arrepentido, un gato y un perro que se habían colado sin que nadie supiera cómo.

—Les agradecería que se retiraran al pasillo —dijo la doctora, por tercera vez.

—No podemos —respondió la señora Pilar.

—Es una consulta médica.

—Es una consulta familiar.

—Hay una ley de privacidad.

—Hay una ley de bollos.

La doctora cerró los ojos, contó hasta cuatro y abrió el sobre.

—Muy bien —dijo—. Felicidades.

El silencio duró un segundo. Después Camila soltó un chillido, Remedios se abanicó con tal fuerza que se le cayó la mantilla, Bruno se tapó la cara con el bate y Elena rompió a llorar sin hacer ruido, abrazada a su marido. Aurora se quedó quieta, con los ojos muy abiertos y las manos apretadas contra el regazo.

—¿De verdad? —susurró.

—De verdad. Está embarazada. De unas ocho semanas, según el análisis.

—Ocho semanas —repitió Mike, con una voz que parecía venir del fondo de un pozo—. Eso es… eso es…

—Más o menos desde la llegada del viaje a Londres.

—Antes —dijo Aurora, con las mejillas ardiendo—. Un poco antes.

—Muy bien, no necesitamos detalles —dijo la doctora, levantando una mano—. Lo que sí necesito es hacer una ecografía. Ahora, si les parece.

—¿Ahora? —preguntó Mike.

—Tengo el aparato libre y veinte minutos de paciencia. Pero solo para los padres.

—Y para el perro —dijo Bruno.

—Y para el perro no.

—Es un perro de apoyo emocional.

—Entonces, que apoye emocionalmente desde el pasillo.

Napoleón soltó un bufido ofendido, pero obedeció. Teodoro, en cambio, se subió de un salto a la camilla, se enroscó sobre la sábana y miró a la doctora con una expresión de absoluta e inamovible autoridad.

—¿Y este caballero? —preguntó ella.

—Es un gato fantasma —dijo Mike.

—Treinta y seis años —añadió Aurora.

—Tiene mal carácter —completó Camila.

La doctora cerró los ojos otra vez.

—Que se quede el gato.

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La ecografía duró once minutos.

Aurora tumbada en la camilla, con la blusa levantada y una mano apretada a la de Mike. Mike sentado a su lado, pálido, mirando la pantalla con la boca entreabierta, como quien contempla por primera vez el mar. La doctora Ibáñez deslizaba el aparato sobre el vientre con movimientos pausados, murmurando cosas como «aquí está» y «a ver, a ver» y «no te muevas, bonito».

En la pantalla había una mancha gris, granulada, que a Aurora le pareció un paisaje lunar. Entre las sombras, de pronto, apareció un punto pequeño, brillante, que latía.

—Ahí —dijo la doctora—. ¿Lo ven?

—Lo veo —susurró Mike.

—Ese es el corazón. Late a ciento sesenta por minuto. Muy bien.

—Es… —Mike se llevó una mano al pecho—. Es pequeñísimo.

—Mide unos quince milímetros.

—¿Como una judía?

—Más o menos.

—Hola, judía —murmuró Aurora, con las lágrimas rodándole por las sienes.

La doctora siguió moviendo el aparato. De pronto frunció el ceño. Retrocedió un centímetro. Volvió a avanzar. Golpeó una tecla del ordenador, amplió la imagen y se quedó mirando la pantalla con una expresión indescifrable.

—Doctora —dijo Mike, con voz ronca—. ¿Pasa algo?

—No. No pasa nada. Es que…

—¿Qué?

—Hay otro.

El silencio fue completo. Teodoro, sobre la camilla, levantó la cabeza.

—¿Otro qué? —preguntó Aurora.

—Otro latido. —La doctora giró el monitor hacia ellos—. Miren. Aquí. Y aquí.

En la pantalla, entre las sombras, dos puntos pequeños y brillantes latían a ritmos ligeramente distintos, como dos campanillas gemelas que se respondieran a distancia.

—Son dos —dijo la doctora—. Gemelos. O mellizos, no puedo asegurarlo todavía. Pero hay dos bebés.

Mike abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez. Después, con una lentitud majestuosa, sus ojos se pusieron en blanco, los hombros se aflojaron y se deslizó de la silla al suelo con un golpe sordo.

—¡Mike! —chilló Aurora, incorporándose de golpe.

—Tranquila —dijo la doctora, sin inmutarse—. Es el segundo de hoy. Ya tengo el protocolo.

Se agachó, le tomó el pulso, le dio dos palmaditas en la mejilla y le acercó un frasquito de sales. Mike abrió los ojos, tosió y miró a su alrededor con una expresión de profunda confusión.

—¿Qué ha pasado?

—Que va a ser padre de dos.

—¿Dos qué?

—Dos bebés.

—Ah. —Parpadeó—. Qué bien.

Y volvió a desmayarse.

Desde el pasillo, a través de la puerta cerrada, llegó el clamor de cuarenta personas que habían oído la palabra «dos» y que se habían puesto a gritar al mismo tiempo. Entre el estruendo, nítida y espléndida, la voz de la señora Pilar se elevó sobre las demás:

—¡Dos! ¡Dos! ¡Dos! ¡Hay que tejer el doble!

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Volvieron a Los Almendros a las cuatro de la tarde, en una caravana de taxis, furgonetas y un autobús urbano que la señora Pilar había convencido al conductor de desviar «por motivos de interés comunitario».

Ramiro Salcedo había recibido el alta condicional, con una lista de medicamentos tan larga que Federico tuvo que apuntarla en una libreta. Viajaba en la furgoneta de Whitlock, arropado con la manta de lana de la señora Pilar, con una sonrisa de beatitud absoluta y un termo de caldo que le había preparado Remedios.

—No me hace falta —protestaba—. Estoy perfectamente.

—Estás hecho un trapo —decía Remedios.




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