Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 26: La firma que no era de nadie

Valeria Montalvo llegó a la azotea a las siete y veinte, con el pelo suelto, los zapatos en la mano y la cara de quien ha corrido seis calles sin detenerse a respirar.

—Yo no he firmado nada —dijo, antes de que nadie le preguntara.

—Todavía no te he dicho nada —respondió Lucía.

—Pero me lo vas a decir.

—Sí.

—Entonces ahórrame el trámite. Me llamó el portero de mi edificio hace diez minutos. Dice que ha venido un mensajero con una notificación a mi nombre. —Se apoyó en una columna, jadeando—. No he hecho nada. Lo juro por lo más sagrado.

—¿Qué es lo más sagrado para ti? —preguntó Bruno, con desconfianza.

—Mi hermana.

Lucía parpadeó. Valeria la miró con una seriedad que no le conocían, sin una sola sonrisa torcida.

—Y mi padre —añadió, más bajo—. Aunque eso ahora no me ayuda mucho.

Mike le tendió el papel del recurso. Valeria lo leyó de pie, con los labios apretados, moviendo la cabeza a medida que avanzaba. Cuando llegó a la firma se detuvo, entornó los ojos y lo acercó a la luz de un farolillo.

—Esta no es mi letra —dijo.

—Dice Valeria Montalvo.

—Lo dice. Pero la uve la hago distinta. Ves, aquí, esta uve baja demasiado. La mía sube. Y nunca firmo con tinta azul. Me da alergia.

—¿Alergia a la tinta? —preguntó Camila.

—A la tinta azul. Desde el colegio. Me salen ronchas.

—Qué conveniente.

—Es verdad. Pregúntale a mi hermana.

—Es verdad —confirmó Lucía, con un suspiro—. Una vez tuvo que ir a urgencias por un examen de matemáticas.

Whitlock, que había estado examinando el papel por encima del hombro de Valeria con unas gafas de media luna, carraspeó con suavidad.

—Hay algo más —dijo—. El apellido.

—¿Qué le pasa?

—Gustavo Vidal Ferrer Montalvo. —Alzó la vista—. Ese Montalvo no lo he visto nunca.

—Ni yo —dijo Ferrer, desde el fondo, con el termo de té entre las manos—. Mi apellido es Vidal Ferrer. Sin más. Mi padre se llamaba Anselmo Vidal y mi madre, Carmen Ferrer.

—Entonces quien firmó esto se inventó un apellido —dijo Mike.

—O le añadió el de Valeria para que pareciera una firma conjunta.

—Es una falsificación.

—Una muy torpe —admitió Lucía—. Pero si el juez de guardia no repara en los detalles, bastará para ejecutar el embargo a las ocho.

—¿Y nos dejarán fuera? —preguntó Marta del 1C, con la voz temblorosa.

—Nos dejarán fuera a todos. A los trece. A los niños. A los perros. A los gatos. Y entrarán con una grúa a precintar la puerta.

La señora Pilar, sentada en primera fila con el cucharón sobre las rodillas, se levantó muy despacio. Miró a su alrededor, uno por uno, a los rostros asustados de los vecinos, a los novios, a la anciana del violín, a los cuarenta años de recuerdos que cabían en aquella azotea. Y con una voz serena, sin un temblor, dijo:

—Pues esta noche no dormimos.

---

La Operación Vigilia se organizó en veinte minutos.

Lucía se quedó con la parte jurídica: redactar un escrito de oposición urgente, localizar a un juez de guardia y reunir pruebas de la falsificación antes de las ocho. Para ayudarla reclutó a Oliver Whitlock, que resultó ser abogado de un bufete de Bloomsbury especializado en derecho internacional, y que declaró con una timidez adorable que «llevaba cinco años esperando una causa por la que valiera la pena perder el sueño».

—Eso lo dices ahora —murmuró Lucía.

—Lo diré a las tres de la madrugada, con tres tazas de café y dos folios mal escritos.

—Perfecto. Tendremos química.

—Eso espero.

Mientras tanto, Mike, Aurora y Jonás bajaron al cuarto de los que llegan. El gato Teodoro los esperaba junto al arco de piedra, con la cola enroscada y una expresión que Aurora interpretó, sin demasiado esfuerzo, como la de un guardaespaldas profesional.

—¿Por qué aquí? —preguntó Jonás.

—Porque el edificio recuerda lo que oye —respondió Mike—. Y si Baeza, el abogado del pico de buitre, vino al portal esta tarde a dejar la notificación, el edificio lo escuchó.

—¿Estás seguro de que fue él?

—Estoy seguro de que alguien con el apellido Montalvo en la boca ha estado cerca de este edificio.

Jonás se ajustó las gafas. Sacó de la mochila un pequeño dispositivo de cables y antenas, parecido a una radio vieja, y lo conectó a la esfera de bronce que Whitlock había bajado en brazos desde la azotea hasta la sala redonda.

—Los doce hilos guardan memoria —explicó—. Pero hay que buscar el momento exacto. Es como un casete de veinticuatro horas. Si lo reproduzco entero, tardaré un día.

—No tenemos un día.

—Por eso voy a pedirle al edificio que me ayude.

—¿Pedírselo?

—Es un instrumento. Responde si lo escuchas.

Jonás cerró los ojos. Respiró hondo. Y con una voz tímida, desafinada, empezó a tararear la nana que su madre había compuesto para él. La esfera vibró. Los doce hilos de bronce brillaron con una luz azulada. Y desde algún punto del techo, muy suave, se oyó el murmullo de una conversación lejana.

—...no entiendo por qué hay que hacerlo hoy —decía una voz masculina, nasal, con un deje de impaciencia.

—Porque mañana será tarde —respondía otra, más grave.

—Pero la firma de Ferrer...

—La firma de Ferrer la hago yo. Hace años que imito su letra.

—Es un delito.

—Es un trabajo. —Una risita seca—. Y el apellido de la señorita Montalvo lo pongo para dar peso. A los jueces les encantan los nombres compuestos.

Aurora se tapó la boca con las manos. Mike apretó los puños. Jonás, con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor, sostuvo la melodía como quien sostiene una cuerda al borde de un precipicio.

—¿Y si nos descubren? —preguntó la primera voz.

—No nos descubrirán. Cuando se den cuenta, el edificio estará precintado. Y el señor Montalvo estará esperando con las llaves.

—¿El señor Montalvo?

—El padre de las dos. El que paga.

La conversación se interrumpió con un chasquido. Jonás abrió los ojos de golpe y la esfera se apagó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.