Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 27: El brasier de Marina

El brasier de 1983 se quedó a secar sobre la barandilla de la azotea, al sol, con la delicadeza con que se tiende una reliquia.

Lo había lavado Aurora en el lavadero del sótano, con jabón de lavanda y dos manos temblorosas, bajo la mirada supervisora de la señora Pilar, que declaró que «las prendas antiguas se tratan como a los recién nacidos: sin frotar y con mucho cariño». Ahora colgaba de una pinza de madera, con los tirantes vencidos hacia un lado y el encaje amarillento brillando con una luz casi dorada, y el viento, que en aquel edificio tenía una personalidad notable, lo mecía con un respeto que a Aurora le pareció sospechoso.

—No se te ocurra volar —le dijo, con el dedo en alto.

—Le habla a un brasier —comentó Camila, desde una silla de playa, con unas gafas de sol enormes y un zumo de naranja.

—Le advierto.

—Es lo mismo.

—No lo es. Las advertencias se hacen a quien puede obedecer.

—Y este no.

—Este tiene historia. Eso lo hace imprevisible.

Mike llegó con dos tazas de café y una bolsa de bollos. Se sentó en el suelo junto a su mujer, con la espalda apoyada en una columna, y miró el brasier con la cabeza ladeada, como quien observa una obra de arte que no acaba de comprender.

—Hay algo que no me cuadra —dijo.

—Todo, en este edificio.

—Esto en particular. Mi padre escribió una cláusula cuatro para el contrato falso que hicimos el primer día. Pero mi madre ya tenía una cláusula cuatro en 1983.

—Casualidad.

—No.

—Rafael la copió.

—O Marina se la dictó a todo el edificio. —Se pasó la mano por el pelo—. Quiero saber qué ocurrió.

—Hay una persona que lo sabe —dijo una voz desde la escalera.

Se volvieron. En lo alto de los peldaños, con el batín de seda azul, la barba impecable y un portafolios de cuero bajo el brazo, estaba el juez Quiroga, con la solemnidad de un hombre que lleva cuarenta años esperando que alguien le haga esa pregunta.

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Se sentaron en círculo bajo el pabellón.

Quiroga pidió té, no café, y se lo trajo don Eusebio en una bandeja de plata prestada. Pidió también silencio, y se lo concedieron, aunque la señora Pilar, que se había colado por la puerta de hierro con el cucharón y una libreta, tuvo que ser conminada con una mirada paternal a sentarse en el último rincón.

—Fue en abril de 1983 —empezó el anciano—. Yo vivía aún en el edificio de enfrente, en el quinto piso, con una persiana que no se subía nunca. Tenía cuarenta años. Estaba casado con mi trabajo.

—Qué desastre —murmuró Camila.

—Una vocación. —Quiroga bebió un sorbo de té—. Y una tarde de viento, mientras corregía una sentencia, algo golpeó mi balcón. Salí a ver. Era una prenda de ropa interior femenina, de encaje rojo, enganchada en la barandilla.

La señora Pilar soltó un gemido ahogado.

—Me quedé petrificado. Era una situación para la que ninguna escuela de derecho me había preparado. Miré la prenda. Miré la calle. Miré el edificio de enfrente, donde alguien, en el tercer piso, abría una ventana y se asomaba con la cara roja como un tomate.

—Marina —dijo Mike.

—Marina Salcedo Aguirre. Tenía veintiséis años y acababa de mudarse. Era la hermana pequeña de un hombre que se llamaba Ramiro y que yo no conocí hasta mucho después. —Sonrió con una melancolía antigua—. Me gritó desde allí: Perdone, señor, creo que se le ha caído algo mío.

—Se le había caído algo suyo —dijo Aurora, riendo.

—Eso mismo le contesté. Y ella, que tenía un sentido del humor demoledor, me respondió: Entonces tendrá que devolvérmelo.

—¿Y subió a pedírselo?

—No. Esperó a que yo bajara. —Quiroga alzó una ceja—. Porque yo, que soy un hombre educado, resolví devolver la prenda con una nota formal. La escribí tres veces. La rompí dos. Y finalmente, con la nota en una mano y el brasier en un sobre, crucé la calle y llamé a su puerta.

—Con dignidad —dijo Mike.

—Con terror. —El juez se rio—. Abrió ella. Y detrás de ella, en el pasillo, apareció un joven barbudo con un casco de obra torcido y un rollo de planos bajo el brazo.

—Mi padre.

—Tu padre. Rafael Barrón. Que vivía en el 4B y que, según me explicó con una sonrisa traviesa, llevaba una hora ofreciéndose a ayudarla a recuperar la prenda, pero ella no se atrevía a salir.

—¿Por qué no?

—Porque le daba vergüenza.

Aurora se tapó la cara con las dos manos. Mike, a su lado, soltó una risa que le vibró en todo el pecho.

—Lo mismo que a mí —dijo ella.

—Exactamente igual —confirmó Quiroga—. Y esa tarde, en el recibidor de un tercer piso, con un brasier rojo en un sobre y dos jóvenes ruborizados mirándome como si fuera un tribunal, hice lo único razonable que se me ocurrió.

—¿Qué?

—Redacté una cláusula.

Se hizo un silencio. Después, de golpe, estallaron las risas.

—No es posible —dijo Camila, sin aire.

—Lo es. En una servilleta de papel. Con un bolígrafo prestado. —El anciano abrió el portafolios y sacó un papel doblado, amarillento, con el borde roído—. Aquí está.

Lo tendió a Mike con dos dedos. Era una servilleta con un anagrama de cafetería, escrita con una letra pulida, de abogado. Mike la desplegó y leyó en voz alta, con la voz entrecortada:

—Cláusula cuarta del Reglamento Informal de Convivencia Vecinal. Toda prenda que, por obra del viento o de cualquier otra causa natural, cambie de balcón, será devuelta de inmediato a su legítima propietaria, sin comentarios, sin sonrisas y sin cajones. Firman en prueba de conformidad: Marina Salcedo, Rafael Barrón, y como testigo, Amadeo Quiroga.

Levantó la vista.

—¿Hay otras tres cláusulas?

—Hubo. Pero las perdimos. —Quiroga sonrió—. Esa fue la única que sobrevivió. Y yo la llevo en el portafolios desde entonces.

—¿Cuarenta y tres años?

—Cuarenta y tres. Y me parece que ha llegado el momento de entregársela a sus herederos.

Mike dobló la servilleta con una delicadeza infinita y se la llevó al pecho. Aurora le apoyó la cabeza en el hombro. Detrás, la señora Pilar sollozaba en silencio, con el pañuelo apretado contra la boca, y Camila, que había dejado de grabar, se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.




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