Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 28: La noche de las trece campanadas

La primera vela se encendió en el segundo piso y la segunda en el tercero.

En menos de dos minutos, el hueco de la escalera de Los Almendros era una columna de luz temblorosa, un collar de llamas pequeñas que subían piso a piso como las cuentas de un rosario. Los vecinos habían salido de sus departamentos en pijama y en bata, con velas, linternas, lámparas de aceite y un quinqué que Marta del 1C guardaba desde 1992 «por si caía una bomba». Nadie dio órdenes. Nadie las necesitó. El edificio, que llevaba cuarenta años aprendiendo a escucharse, sabía exactamente lo que había que hacer.

—¡Agua caliente! —gritaba la señora Pilar, bajando los peldaños con el cucharón en una mano y un cazo enorme en la otra.

—No hay luz, Pilar —decía Remedios, detrás de ella.

—Hay gas.

—El gas se enciende con una cerilla.

—Pues enciéndela.

—¿Y si explota?

—Entonces será una noche muy memorable.

Don Eusebio había corrido al sótano para arrancar el generador. Jonás, que se había quedado dormido sobre un manual de acústica con un cable enrollado al cuello, despertó de golpe, se puso las gafas del revés y salió disparado detrás de él gritando que sabía dónde estaba el interruptor. Whitlock, apoyado en el bastón y envuelto en una bata granate, se instaló en el rellano del segundo piso con un quinqué en alto y la solemne misión de iluminar los peldaños, y Oliver, a su lado, le sostenía el codo con una paciencia nueva, de hijo que ha aprendido tarde a cuidar a su padre.

Mientras tanto, en el 4B, Aurora respiraba despacio, de pie junto a la ventana, con las dos manos apoyadas en el alféizar y los ojos cerrados.

—Una —contó Mike, con el reloj en la mano y la linterna sujeta entre los dientes.

—No hables con eso en la boca.

—Mmm hmm hmm.

—Quítatela.

Se la quitó. Se le cayó. Rodó por el suelo con un estrépito que hizo ladrar a Napoleón, que dormía junto a la cuna con la cabeza apoyada en una zapatilla.

—Perdona. Estoy nervioso.

—Ya lo veo.

—¿Cuánto llevamos?

—Cuarenta segundos.

—¿Y cuánto falta?

—No lo sé. Cuenta.

—Cuarenta y cinco. Cincuenta. Cincuenta y cinco.

—Se me pasó.

—¿Ya?

—Ya.

—Fíjate. Un minuto exacto.

—Mike.

—¿Qué?

—Que no sabes lo que estás cronometrando.

—Claro que lo sé. Estoy cronometrando una contracción.

—Esa fue la anterior.

—Ah.

Aurora abrió los ojos. Soltó una carcajada, a medias con un gemido, y se echó contra el pecho de su marido, que la sostuvo con una torpeza adorable, intentando no tocarle el vientre por si acaso le hacía daño.

—Voy a morirme —dijo él.

—No lo hagas todavía.

—Es que me estoy mareando.

—Mike Barrón. Si te desmayas ahora, te despierto con un cucharón.

—Es una amenaza muy creíble.

—Es una promesa.

Alguien llamó a la puerta con tres golpes secos, de esos que no admiten espera. Mike fue a abrir, con la linterna rescatada del suelo y una expresión de pánico controlado, y encontró en el rellano a una anciana pequeña, de moño plateado, abrigo de lana verde y una bolsa de tela colgada del hombro, que lo miraba con una calma que parecía de otro siglo.

—Buenas noches, hijo —dijo Consuelo.

—Consuelo. Gracias a Dios.

—No me des las gracias todavía. —Entró, dejó la bolsa sobre la mesa y se quitó el abrigo con la parsimonia de quien ha hecho esto ochenta veces—. ¿Dónde está la madre?

—Aquí —dijo Aurora, desde la ventana.

—Muy bien. ¿Cuánto llevan las contracciones?

—Diez minutos.

—¿Y cada cuánto?

—Cada… tres.

—Eso es mucho.

—Pero faltan seis semanas.

—Los bebés no leen el calendario, hija. —Se lavó las manos en el cuenco que Camila, con una rapidez sorprendente, había colocado sobre el aparador—. Vamos a la cama. Despacio. Con calma. Con tu marido a un lado y yo al otro.

Aurora asintió. Dio dos pasos, se detuvo, se agarró al brazo de Mike y soltó un quejido que le hizo ponerse blanco.

—Eso fue fuerte —dijo.

—Es normal.

—No me lo parece.

—Lo es. —Consuelo le acarició la espalda con una mano arrugada y firme—. Tú respira. Que yo estoy aquí. Y el edificio también.

Como respondiendo, desde el sótano llegó otro tañido de campana. El séptimo de la noche. Después un trueno. Y de pronto, todas las velas del hueco de la escalera parpadearon al mismo tiempo, como un ejército de luciérnagas que se ponen en pie.

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La doctora Ibáñez llegó a las once y cuarto, empapada hasta los huesos y cargada con una maleta de cuero.

Había salido del hospital con el coche, pero la calle de los Almendros estaba cortada por una balsa de agua de medio metro de profundidad, y el taxista que la llevaba, un hombre grueso con bigote, se negó en redondo a cruzar. La doctora intentó convencerlo con argumentos médicos, con ruegos y con una amenaza de denuncia que no le sirvió de nada. Finalmente se apeó, se remangó la bata, se quitó los zapatos y cruzó la calle descalza, con el agua hasta las rodillas, murmurando en voz alta cosas sobre su carrera, sus pies y el hombre que le había dicho, hacía veinte años, que ser ginecóloga era una profesión tranquila.

—¡Doctora! —gritó una voz desde el portal.

Era Bruno. Había bajado los cuatro pisos de tres en tres, con el bate en la mano y un calcetín de cada color, y ahora cruzaba la calle chapoteando como un oso en un río.

—Suba a mis hombros —dijo.

—¿Cómo?

—Que la llevo.

—No hace falta.

—Hace mucha falta. Mi sobrino está a punto de nacer.

—Sobrinos. Son dos.

—Mis sobrinos.

—Está bien. —La doctora suspiró—. Pero con cuidado.

La subió a horcajadas, con la maleta en una mano y el bate en la otra, y la depositó en el portal como quien entrega un paquete frágil. La señora Pilar, que esperaba junto al buzón con una manta de lana, se la echó sobre los hombros con una precisión de enfermera de campaña.




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