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Capítulo 29: La llave con forma de corazón

Mike no se movió durante diez minutos.

Se quedó sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y la llave de latón en la palma de la mano, mirándola como se mira algo que podría romperse si se respira demasiado cerca. Era pequeña, tibia, con los dientes redondeados y un ojo en forma de corazón perfectamente simétrico. Ninguno de los objetos de su padre se parecía a ella. Ni el trébol, ni la púa, ni las doce llaves de la esfera. Aquella era distinta. Más íntima. Hecha por una mano que había querido que se pareciera a otra cosa.

En la cama, Aurora dormía con los dos bebés sobre el pecho. La niña tenía el puño apretado junto a la boca. El niño respiraba con una regularidad de reloj. Desde el rincón, el violín de Dolores se había quedado en silencio, y la anciana, con el instrumento sobre las rodillas y la cabeza apoyada en la pared, dormitaba con una sonrisa.

—Mikey —dijo una voz muy baja.

Levantó la cabeza. Su hermana Inés estaba en el umbral, descalza, con el pelo revuelto y una manta sobre los hombros.

—No me llames así —susurró él.

—Es el nombre que usaba mamá.

—Lo sé.

—Y papá.

—También lo sé.

—Y ahora lo usa un fantasma.

—Genoveva no es un fantasma.

—Es una voz con muy buenas fuentes. —Inés se sentó a su lado, en el suelo, y miró la llave—. ¿Qué es eso?

—Una llave.

—Eso ya lo veo.

—Dice que abre a nuestra madre.

Inés se quedó callada. Durante un rato, los dos hermanos permanecieron así, uno junto al otro, con las rodillas dobladas y la mirada fija en un pequeño objeto de latón, escuchando el sonido de los bebés dormidos y de la lluvia que se alejaba. Fue ella quien habló primero.

—Yo nunca la conocí.

—Lo sé.

—Tengo una foto. Una sola. Una mujer joven con un vestido blanco, en una azotea.

—Es la de la boda.

—Sí.

—El vestido que se puso Aurora.

—Lo sé. Me eché a llorar cuando lo vi. Fue como ver a un fantasma con un cinturón rojo. —Sonrió con tristeza—. Mike, ¿tú qué recuerdas de ella?

Mike tardó en responder.

—Poco. Su olor. Canela y jabón. Una canción que cantaba al lavar los platos. La forma en que se reía con la cabeza echada hacia atrás.

—¿Nada más?

—Que una vez me prometió que cuando fuera mayor me llevaría a una azotea con mil farolillos.

—La que tenemos.

—Sí. —Se le quebró la voz—. Aunque ella no llegó a verla así.

Inés le apoyó la cabeza en el hombro. Se quedaron un largo minuto sin decir nada.

—Vamos a buscarla —dijo ella.

—¿Dónde?

—Donde sea.

—No sé dónde está la cerradura.

—Pues empecemos por preguntar.

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Preguntaron a todo el mundo durante la mañana.

Lo hicieron con la discreción de dos hermanos que bajan las escaleras con los ojos hinchados y un recién nacido cada uno en brazos, porque Consuelo había insistido en que los bebés necesitaban aire y a Aurora le correspondía dormir doce horas seguidas. Así que Mike llevaba a la niña, Marina, envuelta en una manta amarilla, y Inés, al niño, Rafael, con el cuidado de quien sostiene una pieza de cristal, y los dos recorrían los pisos de Los Almendros enseñando una llave de latón y haciendo una pregunta sencilla: ¿Alguien sabe qué puede abrir esto?

Don Eusebio la miró con los ojos entornados y dijo que no, que él había manejado todas las llaves del edificio durante cuarenta años y aquella no le sonaba, pero que su gorra, de todos modos, había sido muy generosa en los últimos meses. La señora Pilar la sostuvo a contraluz y la devolvió con un suspiro, anunciando que en el 2A no había ninguna cerradura con forma de corazón, aunque ella tenía una cuchara de boda que podía servirles de consuelo. Marta del 1C la probó en el buzón, en el armario de la basura y en el trastero, sin resultado. Los Ortega la intentaron en la caja de herramientas. Remedios, con el abanico en alto, aseguró que era una llave de amor y que lo más probable era que abriese un cajón, y cuando todos la miraron con horror, rectificó: un cajón con cosas bonitas.

Fue Violeta quien dio con la pista, en el rellano del tercero, entre una caja de bufandas y un montón de cartas viejas que había empezado a ordenar para la escuela de música.

—Esta llave —dijo, tomándola con dos dedos— la he visto antes.

—¿Dónde?

—En una foto. —Cerró los ojos, haciendo memoria—. Marina la llevaba colgada del cuello. Una cadenita fina. Con un corazón pequeño. Lo supe porque ella me lo enseñó un día, antes de morir. Dijo que lo había mandado hacer a un joyero de Valencia.

—¿Y qué abría?

—No me lo dijo.

—Pero ¿dónde la guardaba?

Violeta frunció el ceño. Abrió los ojos de golpe.

—En la costura.

—¿En qué costura?

—En una caja. Una caja de costura de madera, con un candado. La tenía en el 3B.

Inés y Mike se miraron.

—El 3B —dijeron a la vez.

—Eso es de Genoveva —dijo Mike.

—Y antes fue de Marina —añadió Violeta—. Rafael se lo dejó a Genoveva cuando se mudó, con todos los muebles. Genoveva no quiso tirar nada. Dejó una caja de costura sobre el tocador. Nadie volvió a abrirla.

—Camila vive ahí ahora —dijo Inés.

—Y no sabe lo que tiene —añadió Mike, con la cara de quien acaba de descubrir que el tesoro estaba bajo sus propios pies.

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Camila los recibió en pijama de unicornios, con una taza de café en cada mano y una expresión de profunda sospecha.

—Tenéis esa cara de gente que quiere algo —dijo.

—Queremos entrar —respondió Mike.

—A mi casa.

—A la de mi madre.

—Es el mismo piso.

—Eso mismo.

Camila los dejó pasar, con cierta resignación. El 3B había cambiado mucho desde que Aurora lo dejó. Camila había cubierto las paredes de fotos, había llenado la cocina de plantas aromáticas y había instalado, sobre el sofá, una colección de cojines con frases del tipo Hoy no, mañana tampoco. El tocador de Genoveva seguía en el dormitorio, bajo la ventana, con el espejo ovalado, los cajones de madera oscura y, encima, una pequeña caja de costura de nogal, con las esquinas de latón y un candado diminuto.




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