Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 30: Solo tenía que tocar la puerta

El hombre del abrigo oscuro se llamaba Leandro Ibarra y llevaba treinta y un años dedicándose a la burocracia del agua.

Lo explicó en el salón del 4B, sentado en el borde de una silla con el maletín sobre las rodillas y una taza de té que la señora Pilar le había puesto entre las manos sin preguntarle si quería. Tenía el pelo gris y ralo, los ojos pequeños tras unas gafas de montura metálica y la expresión de quien ha recibido muchas puertas en la cara y ha aprendido a no tomárselo como algo personal.

—Les ruego que no se alarmen por mi presencia —dijo—. No vengo a quitarles nada.

—Eso dijo Salcedo —comentó Bruno, desde el fondo, con los brazos cruzados.

—Y Montalvo —añadió Remedios.

—Y el inglés del anillo —recordó la señora Pilar.

—Con todo respeto —dijo Ibarra, con una paciencia admirable—, yo no tengo ningún anillo. Lo único que tengo es un informe.

Abrió el sobre y desplegó sobre la mesa una carpeta de tapas grises, con un sello oficial y una cantidad de folios que a Aurora, sentada en el sofá con Marina dormida sobre el pecho, le recordó al expediente de un juicio. Mike, de pie junto a la ventana con Rafael Amadeo en el hueco del brazo, se acercó un paso.

—Llevo cuatro meses investigando este edificio —continuó el hombre—. Desde que llegó a mi mesa el dossier que presentó la señorita Montalvo.

—¿Valeria? —preguntó Lucía.

—Y su padre. Que declaró sin que nadie se lo pidiera. —Ibarra se ajustó las gafas—. Lo que contaron me pareció tan extraordinario que pedí una inspección. Los técnicos bajaron al sótano hace tres semanas, mientras ustedes estaban en Londres. Don Eusebio les abrió la puerta.

—Pensé que eran fontaneros —dijo el portero, desde el rincón, con la gorra en las manos.

—Eran hidrólogos. Y confirmaron lo que decía el mapa de su padre, señor Barrón. Hay un acuífero. Es limpio, estable y de una calidad que no se encuentra en cuarenta kilómetros a la redonda.

—Lo sabemos —dijo Mike.

—Lo que no saben es que está declarado.

—¿Declarado?

—Como patrimonio hidrológico de interés comunitario. Desde esta mañana. —Deslizó un papel hacia él—. Es una figura nueva. Se creó hace dos años para proteger precisamente casos como este. Un recurso que no pertenece al Estado ni a una empresa, sino a la gente que vive encima.

Hubo un silencio. La señora Pilar abrió la boca y la cerró.

—¿Y la oferta? —preguntó Camila, desde la puerta.

—La oferta es una subvención.

—¿Cómo?

—Una financiación para que la comunidad pueda gestionar el manantial. Una bomba de extracción moderna, una fuente pública en la entrada, un sistema de filtros, un técnico dos días por semana. —Sonrió con timidez—. Todo a cargo de la Fundación. A cambio, ustedes mantienen la titularidad. Y se comprometen a abrir la fuente al barrio.

—¿Abrirla? —repitió Remedios.

—A quien quiera beber.

—Eso es regalar el agua.

—Eso es compartirla.

Se hizo un silencio largo. Aurora miró a su marido. Mike tenía los ojos fijos en el papel, y en la mandíbula, tensa, se le movía un músculo. Durante un momento Aurora pensó que iba a decir que no, que había aprendido a desconfiar de cualquiera que llegara con un sobre. Pero lo vio inspirar hondo y levantar la vista hacia el techo, hacia las vigas que su padre había diseñado, hacia la acústica de un edificio que había construido todo un sistema para que nadie se quedara sin escuchar.

—Esto no lo decido yo —dijo.

—Es usted el heredero.

—Soy uno de trece.

Ibarra frunció el ceño.

—No entiendo.

—Esto se vota —explicó Aurora, con una sonrisa cansada—. En el pabellón. Con las doce voces vivas y una memorial.

—Pero la voz memorial…

—Ya no está —dijo Mike—. Se despidió esta mañana.

—Entonces ¿cómo se vota?

—Con la lana.

El hombre los miró como si estuvieran locos. La señora Pilar le dio una palmadita en el hombro y le sirvió otra taza de té.

—Usted acompáñenos, hijo —dijo—. Y no pregunte tanto. Aquí las cosas se entienden mejor por el sitio.

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La votación se celebró a las seis de la tarde, bajo el techo de vigas, con la luz dorada del otoño atravesando los farolillos.

Había trescientas personas otra vez. Tantas que algunos habían tenido que quedarse en los balcones de los edificios vecinos, y desde la calle, don Eusebio había instalado un altavoz para los que no cabían. En el centro, en un semicírculo de doce sillas de madera, se sentaron los habitantes: Marta, el abuelo Ortega con su nieta en el regazo, la señora Pilar, don Eusebio, Violeta, Inés, Whitlock, Oliver, Jonás, Aurora y Mike. En el suelo, junto a las patas de las sillas, dos animales de ojos atentos. Y en la silla decimotercera, la de mimbre, donde antes se había sentado una voz, descansaba el chal verde que Elena había tejido con la lana de Genoveva, doblado con cuidado, con el conejito astronauta sobre el respaldo.

El juez Quiroga leyó la propuesta con la solemnidad de siempre, aunque a veces se le quebraba la voz, y al terminar pidió a los presentes que votaran por turnos, diciendo su nombre y su respuesta.

—Marta Fuentes —dijo la vecina del 1C—. Sí.

—Abuelo Ortega —dijo el anciano, con la voz de sus ochenta y nueve años—. Sí, y que se enteren.

—Pilar Montes Aguirre. —La señora Pilar se puso de pie, con el cucharón al pecho—. Sí. Con la condición de que la fuente tenga un cartel que diga que el agua la custodian los vecinos del tercero B.

—Del cuarto B —corrigió Mike.

—Del que sea. ¡Pero con letras grandes!

—Eusebio Calvo —dijo el portero, con la gorra remendada—. Sí. Cuarenta años abriendo puertas. Qué mejor que abrir una fuente.

—Violeta Vidal. Sí.

—Inés Barrón. Sí.

—Edmund Whitlock —dijo el anciano, con el bastón entre las rodillas—. Sí. Y pido que conste que lo hago con las manos limpias.

—Oliver Whitlock. Sí.

—Jonás Barrón Medina. —El muchacho se puso rojo hasta las orejas—. Sí. Y quiero que se oiga el agua desde la escalera.




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