Vecino Devuélveme Mi Ropa

Epílogo: Diez octubres después

El ascensor de Los Almendros funcionaba desde hacía seis años.

Nadie sabía bien por qué. El electricista de don Eusebio, el mismo que llevaba una década prometiendo arreglarlo, había aparecido una mañana con una caja de herramientas, una tos seca y la cara de quien ha perdido una apuesta. Tardó cuarenta minutos. Salió del cubículo, se limpió las manos con un trapo, dijo que no había hecho nada, que simplemente el aparato había decidido que ya era hora, y se marchó sin cobrar. Desde entonces subía y bajaba sus cuatro pisos con un zumbido tranquilo, sin una sola avería, como si se hubiera cansado de hacerse el difícil.

Esa mañana de octubre lo ocupaban dos niños de diez años.

—Dame la mochila —dijo Marina.

—Es mía.

—Es mía. Tiene un conejo.

—Todas las mochilas tienen un conejo. Es una ley del edificio.

—Esa no es una ley. Es una costumbre.

—Es una costumbre con fuerza de ley —replicó Rafael Amadeo, con una seriedad que habría hecho llorar de orgullo a un juez retirado.

Marina Barrón Richel puso los ojos en blanco. Tenía el pelo negro recogido en dos trenzas desiguales, una nariz pequeña que había heredado de la abuela Marina, a la que solo conocía por una fotografía, y una voz poderosa que usaba sin economía. Su hermano, un palmo más bajo, con el pelo castaño revuelto y unos ojos oscuros de inspector de Hacienda, la miraba por encima de unas gafas que le quedaban grandes.

—Mamá dijo que no tardáramos —dijo ella.

—Mamá dijo que subiéramos a la azotea antes de las nueve.

—Son las ocho y cincuenta.

—Pues vamos justos.

—Pues pulsa el botón.

—Ya lo he pulsado.

—Pulsa otra vez.

—Marina, no sirve de nada pulsar más veces.

—Sirve para sentirse útil.

El ascensor se detuvo con un suspiro. Las puertas se abrieron y la escalera de la azotea apareció ante ellos, con sus peldaños de madera gastada, la barandilla de hierro y las luces de colores que alguien había colgado de lado a lado. Desde arriba llegaba el rumor de una música, una guitarra, un violín, un acordeón, y el olor inconfundible del pastel de tres leches recién sacado del horno.

—Tía Pilar ha madrugado —dijo Rafael.

—Tía Pilar no ha dormido —corrigió Marina—. Lleva una semana sin dormir. Dice que el cumpleaños de los mellizos es la fecha más importante del calendario después de la Navidad y de la Semana Santa.

—Y de su santo.

—Y de su santo, claro.

Subieron los últimos peldaños corriendo. Al cruzar la puerta de hierro, el sol les dio de lleno en la cara y los dos se quedaron un segundo quietos, como siempre, ante el espectáculo de siempre.

El pabellón brillaba bajo la luz de la mañana. Las doce columnas, ya sin el barniz nuevo de otros tiempos, tenían el color suave de la madera que ha envejecido con gusto. Alrededor, el jardín colgante que cuidaban entre todos los vecinos florecía con sus tomateras, sus rosales, sus macetas con hierbas aromáticas y un naranjo enano que había plantado el abuelo Ortega el año en que murió. De las vigas colgaban doscientos farolillos, y entre ellos, atadas con cintas rojas, pequeñas tarjetas con los nombres de todas las personas que alguna vez habían vivido en el edificio. Eran más de seiscientas. Cada primero de octubre, alguien añadía las nuevas.

—Mira —susurró Rafael.

—¿Qué?

—La de Ramiro.

Marina se acercó a la columna del extremo. Allí, entre dos farolillos, ondeaba con el viento una tarjeta de cartulina crema, escrita con una letra temblorosa y cuidadosa: Ramiro Salcedo Aguirre. Vecino honorario. Tío, abuelo, testigo y trasto.

La había escrito su hijo Federico. Ramiro había muerto hacía cuatro años, en abril, en su butaca de la azotea, con una manta sobre las rodillas, una taza de té a medio beber y la mano de Dolores entre las suyas. Se había quedado dormido después de comer, mientras sonaba el violín. Cuando Dolores dejó de tocar, advirtió que él seguía sonriendo. La campana del sótano sonó entonces una sola vez, grave y larga, y el edificio guardó silencio durante un día entero.

—Le echo de menos —dijo Marina.

—Yo también.

—Hacía un chocolate muy espeso.

—Y contaba el cuento del conejo en la luna con una voz graciosa.

—Y me dejaba ganar al dominó.

—A mí no. A mí me ganaba siempre.

—Porque tú juegas fatal.

—Porque yo juego sin trampas.

—Eso es lo que digo.

Se rieron los dos. Un gato negro, grande, de pelaje espeso, orejas rotas y andar de mayordomo, se les acercó entre las macetas, se frotó contra las piernas de Marina y se tumbó al sol con un suspiro de buen anciano. Tenía casi cuarenta y siete años, calculaban entre todos, aunque nadie conocía su fecha exacta de nacimiento. Cada vez que algún veterinario lo examinaba, salía de la consulta con la cara descompuesta y una pregunta sin respuesta.

—Hola, Teodoro —dijo Rafael, agachándose para rascarle detrás de la oreja.

El gato entornó los ojos. Soltó un ronroneo largo y profundo que hizo vibrar las tablas del suelo.

—Dice que te portes bien —tradujo Marina.

—Yo siempre me porto bien.

—Eso lo dices tú.

—Eso lo dice la ley.

—La ley dice que debes un bollo a tía Pilar desde el sábado.

Rafael abrió la boca para protestar. Y en ese momento, desde el fondo de la azotea, resonó un grito que los hizo volverse a la vez:

—¡Los mellizos! ¡Ya están aquí los mellizos!

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Los vecinos de Los Almendros se habían congregado, como cada primero de octubre, alrededor de una mesa interminable cubierta de bandejas.

Había tanta gente que costaba reconocer a todos. Estaban Whitlock y Violeta, casados desde la primavera de hacía nueve años, sentados en un banco con las manos entrelazadas y un periódico abierto entre los dos que ninguno leía. Oliver y Camila, con tres hijos de seis, cuatro y dos años, que correteaban entre las sillas con un perro de pelo rizado de diez años que ya no mordía zapatos pero seguía ladrando con una autoridad inexplicable. Jonás, ahora ingeniero de sonido de la cooperativa, con una chaqueta de lana y el pelo largo, dirigiendo un pequeño coro de niños que cantaban desafinados una canción sobre un conejo en la luna. Dolores, a su lado, con el violín sobre el hombro, acompañándolos con una dulzura inmensa.




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