Jade
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«¿Por qué tiene que ser tan mono?».
No había podido dejar de mirarlo desde que lo vi bajarse de su auto, en el estacionamiento de la librería. Las horas desde el lunes se me habían pasado intercaladas entre dos estados de ánimo. El primero, con una sonrisa tonta, que no tenía ni idea de como quitarme de la cara. El segundo, con un pequeño hueco justo en el medio del pecho, como si fuera un simulacro de lo que podía pasar si confiaba en él.
Me repetí en todas esas horas que no tenía motivos. Habían sido solo dos regalos de los que conocía el mensaje y el destinatario, nada más; pero aun así quedaban en mi cabeza como un prólogo de un libro de misterio: amenazante y pendiente a resolver.
Sentada frente a él, llevando a cabo una investigación que me había inventado el día anterior, la amenaza parecía no existir. Podía ser por la forma en que sus ojos, color miel, parecían traslúcidos y libres de cualquier secreto, o quizás porque me tranquilizaba la forma en que sonreía cada vez que le explicaba alguno de los absurdos criterios de evaluación. O todo él, probando aquel mocca como si fuera lo más importante del mundo en ese momento.
—¿Y bien? ¿Qué nota le das? —pregunté ansiosa cuando bebió el primer sorbo.
El fondo de su taza golpeó despacio el platillo y escaneó en detalle la lista impresa a su derecha, antes de levantar la vista y responder:
—Se veía perfecto, así que le doy un diez en presentación visual. —Relamió sus labios—. Un ocho en textura y un siete en equilibrio de sabores, porque le falta café. ¿Está correcto?
—Es tu evaluación, no tiene que estar correcta. Eso sí, te faltó un criterio.
Las comisuras de sus labios se levantaron apenas, como si hubiera evitado esa parte a propósito.
—No es algo que me cuestione cuando tomo café.
—Pero es uno de los criterios, lo dejamos claro al inicio. —Hice una pausa, bebí otro sorbo del mío y cerré los ojos—. Estufa en Navidad, cuento de buenas noches y soledad.
Cuando abrí los ojos una capa de humedad los envolvía y sonreí un poco para cubrirlo. Aquel exceso de chocolate en el mocca me había transportado por unos segundos a la noche buena en casa, a mi padre con su barba blanca postiza y un gorro que se caía continuamente, pero sobre todo, al vacío en mi frente, luego de años de recibir el beso cálido de mi madre. Era una adulta, esos pensamientos infantiles eran solo recuerdos y aún así, sentía que se habían convertido en memorias demasiado pronto.
Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada y, aunque sentí que él quería preguntar, no podía permitir que aquella cita fuera un drama.
«¿Era una cita, no?».
—Tu turno. Cierra los ojos y dime al menos una emoción.
Dudó por un momento y pensé que no los cerraría, teniendo en cuenta que era un lugar público, el resto de mesas estaban ocupadas y aquello parecía una completa tontería. Sin embargo bebió otra vez y dejó la taza en el platillo antes de cerrar los ojos. El café bajó por su garganta y, mientras no me veía, imaginé mi dedo haciendo el mismo recorrido por su cuello.
Sus ojos se abrieron y un brillo satinado, como el de las cintas de regalo saltó en ellos.
—Verano, familia… —Se detuvo por unos segundos—. Decepción.
—Ves que no es tan difícil —le dije soportando la necesidad de preguntarle la razón detrás de su elección.
No quería asustarle con un interrogatorio, que si empezaba no sabría cuando parar. Tenía tantas preguntas que no dejaban de dar vueltas en mi cabeza, pero había una que moría por hacer: ¿Por qué no funcionó con esas chicas?
Sin embargo…
—¿Por qué “soledad”? —él sí preguntó.
—Es lo que me hizo sentir el mocca.
—Jade…
—Todos sentimos soledad en algún momento.
—Jade…
—Las instructoras no hablamos de asuntos personales.
—Jade…
—Sam…
—Ok, entiendo.
—¿Vamos a la siguiente?
Asintió y nos dirigimos a la barra para pagar la cuenta. Saqué mi móvil y lo notó de inmediato.
—Yo pedí el catálogo, yo pago —dijo y se adelantó a acercar el dispositivo al POS.
No acostumbraba a salir con nadie, siempre me incomodaban esas situaciones, pero esa vez decidí hacer caso.
Salimos de la primera cafetería y recorrimos tres más en la siguiente hora. Nos centramos en evaluar los cafés sin decir mucho más. No entendía muy bien el motivo, pero un aire incómodo flotaba entre nosotros luego de la dichosa conversación sobre emociones. Solo quedaba pendiente la que sabía que sería ganadora, de no ser porque luego de cuatro moccas ya el estómago pedía descanso.
«No sé por qué esto me pareció buena idea».
Me detuve justo en la entrada.
—¿Estás seguro que quieres seguir?
—Tenemos que terminar la investigación. —Sonrió otra vez—. Yo firmé y voy hasta el final.