Verano, besos y otros problemas!

Capítulo 1 : Doscientos sesenta y cuatro días

Doscientos sesenta y cuatro días.

Esa era la cifra exacta. Durante nueve meses había visto el nombre de Manuel iluminar la pantalla de mi teléfono y me había inventado las excusas más absurdas del mundo para no responder. «Mándale un mensaje rápido», decía mi mamá. «Dile que lo llamas más tarde». Y yo simplemente miraba la foto de pantalla —los dos embarrados hasta las orejas a los doce años— y me tragaba el nudo en la garganta antes de bloquear el móvil.

Cualquier cosa con tal de no tener que escuchar su voz y fingir que aquel beso en el muelle no me había puesto la vida del revés.

Porque habíamos hecho un pacto, claro. «Esto no pasó, volvemos a ser los de siempre». Pero el problema de las promesas de verano es que en julio se terminan.

El estómago me pesaba desde la mañana. Llevaba horas dando vueltas por la galería, moviendo sillas y acomodando vasos que ya estaban en su sitio solo para mantener los dedos ocupados y no ponerme a temblar.

—¡Llegaron! —gritó Fermín cruzando el salón como una exhalación, casi tirando el jarrón del pasillo.

El corazón me dio un brinco torpe contra el pecho. Me quedé helada en medio del porche, con la jarra de limonada apretada entre los brazos como si fuera un escudo de protección.

—¡Olivia, cuidado con el vidrio! —me avisó mi mamá pasando a mi lado como un torbellino, acomodándose el vestido de flores.

—Tranquila, Joa, que la camioneta no se va a escapar —se burló mi papá desde atrás. Pasó a su lado con la soltura de siempre, la enganchó de la cintura con un brazo y le plantó un beso rápido en la mejilla que la hizo soltar una risita fresca.

—Francisco, por favor, que nos van a ver los chicos —protestó ella entre risas, dándole un golpecito en el pecho mientras le arreglaba el cuello de la camiseta.

—Que miren. Así aprenden cómo se cuida a una mujer.

Rodé los ojos, aunque agradecí la distracción. Si mi papá notaba la cara de pánico que llevaba puesta, me iba a interrogar durante tres horas.

—Te conozco esa cara, Oli —murmuró, girándose hacia mí con esa mirada gris que parece leerte el pensamiento—. Estás en pausa desde que te levantaste.

—Es el calor, pa. De verdad —mentí de golpe, ajustándome el pelo detrás de la oreja.

—Más te vale. Porque tu tío Seba dice que Manuel viene insoportable y no quiero que empiece a molestarte el primer día.

—Qué novedad —solté con sarcasmo rápido, intentando sonar lo más desinteresada posible—. ¿Manuel siendo insoportable? No me lo esperaba para nada.

—Me alegra que te lo tomes con gracia.

—Solo me interesa que no rompa nada en la casa —resoplé, dando medio paso hacia la barandilla.

Un pitido fuerte de bocina sepultó el resto de las palabras.

El patio explotó en un segundo. El chirrido de las ruedas sobre las piedras, risas a los gritos, portazos y el tío Seba bajando de la camioneta reclamando que el viaje desde Madrid había sido una tortura. Mi mamá corrió a abrazar a la tía Cande, Greta saltó desde la parte trasera buscando a los chicos y todos se abrazaban y hablaban al mismo tiempo, celebrando el reencuentro como si llevaran años sin verse.

Yo no me moví. Me quedé quieta, apretando la madera de la barandilla con tanta fuerza que tardé tres segundos en darme cuenta de que tenía las yemas de los dedos entumecidas.

Tranquila. Es solo Manu. Tu mejor amigo. El de siempre.

Y entonces se abrió la puerta del acompañante.

Una zapatilla deportiva tocó la tierra seca. Manuel bajó del auto con una camiseta negra floja, los hombros más anchos que el verano pasado y esos rizos castaños que nunca conseguía mantener en su sitio.

Se acomodó la gorra hacia atrás con ese gesto automático que conocía desde los seis años y levantó la cabeza. No miró la casa. No saludó a los demás.

Buscó directamente la galería.

Cuando sus ojos chocaron con los míos, el alboroto del patio pasó a segundo plano. Sostenía la mirada con esa firmeza tranquila que me desarmaba. Había algo diferente en la inclinación de su cabeza, en aquella media sonrisa que conocía de memoria y que, por alguna razón, ya no me parecía la misma.

El problema no era que se hubiera vuelto más alto o más ancho. El verdadero problema era que ya no podía mirarlo y ver solo al chico que me tiraba de las trenzas.

Tragué saliva, sintiendo que la cara me ardía.

Habíamos prometido que volveríamos a ser los de siempre. Entonces Manuel me miró, y supe que estábamos en problemas.




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