Verano, besos y otros problemas!

Capítulo 2 : Catorce centímetros más alto (POV Manuel)

El viaje desde Madrid se me hizo una tortura interminable. Cientos de kilómetros de autopista y tierra seca que conocía de memoria, pero que esa tarde parecían estirarse a propósito. Llevaba más de ocho horas en la camioneta, apretado contra la ventanilla, soportando a mi hermana Greta cantar y el murmullo bajo de la radio. Tenía el cansancio pegado al cuerpo y un nudo ciego en el estómago.

Llegar a la finca en Córdoba siempre había sido mi momento favorito del año. O al menos lo era hasta hace trescientos sesenta y cuatro días.

Antes del último día del verano pasado. Antes de la fiesta del pueblo, del alcohol robado y de la caminata a oscuras. Antes de que mi autocontrol saltara por los aires cuatro segundos exactos en la madera del muelle.

Cuatro segundos en los que la besé.

Desde esa noche, la cabeza me jugaba sucio. Me había pasado todo el año escolar repasando la misma secuencia ridícula: ¿se acordaría? ¿Lo habría borrado como un tropezón torpe? O peor: ¿me odiaba por haber arruinado la única cosa segura que teníamos?

Un pitido de la bocina anunció nuestra llegada. El patio exploded en un segundo: ruedas sobre piedras, risas, portazos. Mi viejo bajó quejándose del viaje, la tía Joaquina corrió a abrazar a mi mamá, Greta saltó a buscar a los chicos y todos empezaron a hablar al mismo tiempo.

Yo no saludé a nadie. Me quedé un segundo extra atrapado en el asiento, con la mano en la manija y el corazón latiendo a mil. Tranquilo. Es solo la enana. Tu mejor amiga. La de siempre.

Pero no lo era.

Bajé de la camioneta. Me acomodé la gorra hacia atrás e intenté disimular el temblor de las manos. No miré la casa ni busqué a mis tíos. Busqué directamente la galería.

Y ahí estaba.

Apoyada contra la barandilla de madera, tan quieta que parecía contener el aliento. Pelirroja, con rulos rebeldes encendidos por el sol y apretando la madera con tanta fuerza que se le notaban los nudillos blancos.

Cuando sus ojos chocaron con los míos, el ruido del patio desapareció.

Sostuve su mirada intentando mostrar esa firmeza tranquila de siempre, pero por dentro temblaba como un idiota. Vi cómo tragaba saliva y cómo el color le subía a las mejillas. Antes de que me leyera el pánico en la cara, activé mi único escudo: la sonrisa torcida y la máscara del tipo al que nada le afecta.

Subí los tres escalones haciendo crujir la madera.

—Vaya, vaya... Miren a quién tenemos aquí —solté con una sonrisa suave, dejando caer la mochila pesada al suelo—. ¿Esa cara es de alegría por verme o estás concentrada intentando resolver un problema imposible, Rojita?

Olivia entornó esos ojos grises y apretó la boca en una línea fina.

—Manuel —dijo, usando mi nombre completo con una voz tiesa que delataba los nervios que intentaba tragar.

—El mismo de siempre —me acerqué despacio, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón con un gesto despreocupado—. ¿De verdad pensabas que ibas a librarte de mí todo el verano? Alguien tiene que venir a cuidar a estas pecas nuevas que te salieron en la nariz.

Se llevó una mano a la cara instintivamente y un rubor bonito le tiñó las mejillas.

—Eres insoportable, ¿sabías? —solté, separándose de la barandilla.

Al dar dos pasos hacia mí, noté que se había estirado durante el invierno. Pero al detenerme justo frente a ella, la realidad nos golpeó a los dos: yo me había estirado mucho más.

Catorce centímetros de diferencia. Ahora me veía obligado a bajar la mirada, y ella a alzar la barbilla, exponiendo la curva pálida de su cuello. A esta distancia, su perfume a vainilla y sol me dio de lleno en la cara. Un golpe directo al pecho.

—Puede ser —le sonreí, apretando la mandíbula para disimular el nudo en la garganta—. Pero soy tu insoportable favorito. Dime que no me extrañaste ni un poco en todos estos meses.

—Ni medio segundo —mintió sin pestañear, mientras un rubor traidor le subía por el cuello—. Tu ausencia fue lo mejor que le pasó a esta casa.

—Qué mentirosa eres —murmuré.

Un silencio pesado cayó sobre los dos. Ya no era el silencio divertido de cuando éramos niños. Era electricidad pura, llena de todo lo que no nos dijimos por mensaje y del fantasma de aquella noche en el muelle flotando entre nosotros.

Necesitaba romper la tensión antes de cometer una locura.

—Sigues teniendo los rulos más rebeldes que conozco —solté con una risa suave, cargada de cariño.

Levanté la mano y le di un tirón cariñoso a uno de los rizos que le caían sobre el hombro. Pero al bajar el dedo, rozé sin querer la piel desnuda de su cuello.

Un segundo. Un roce imperceptible.

Un chispazo seco nos atravesó. Sentí cómo a Olivia se le erizaba la piel al instante y mi sangre se congeló. Ninguno se movió. Mi mano quedó suspendida a un milímetro de su clavícula, sintiendo su respiración agitada en mi muñeca.

Olivia abrió los ojos de par en par. La máscara de chica enojada se le cayó en un segundo, dejando ver confusión, miedo y un calor puro. El pulso me retumbaba en los oídos. Quería pedirle perdón, tragarme el orgullo y decirle que no había pensado en otra cosa en casi un año.




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