La finca tenía sus propias reglas invisibles. No dejar el calzado en medio del pasillo, no invadir la cocina cuando la tía Joaquina preparaba el almuerzo, apagar la música a medianoche y no dejar solo a Milo, el labrador dorado que vivía pegado a los talones de Francisco, porque se arrojaba a la piscina y empapaba a todos.
Y la regla más difícil de todas: intentar actuar normal cerca de Olivia.
Estaba acostado en el césped a unos metros de la galería, pretendiendo mirar la pantalla del teléfono, pero era mentira. No podía concentrarme en nada. Desde que había bajado del auto y nuestros dedos se rozaron por accidente en la entrada, la cabeza no me daba tregua. El recuerdo de aquel beso en el muelle el verano pasado volvía a mi mente cada tres segundos y me dejaba la garganta seca. Tenía tantas ganas de impresionarla, de que me mirara de una forma distinta, pero sentía que nada de lo que hacía lograba moverle un pelo. Así que no me quedaba más opción que hacer lo de siempre: provocarla.
—¿Vas a estar ahí tirado todo el día o vas a hacer algo útil? —me buscó ella desde la reposera, sin levantar la vista del libro.
—Estoy muy ocupado, Rojita —le dije, cruzando los brazos detrás de la cabeza para parecer totalmente desinteresado—. Alguien tiene que vigilar que no te explote la cabeza de tanto leer.
Soltó un resoplido y pasó la página sin darle importancia.
—Qué gracioso, Manuel. Se nota que maduraste un montón este año.
—Lo que aprendí fue a tenerte paciencia, que es distinto —ataqué, sentándome en el pasto para mirarla de frente.
Se acomodó un mechón cobrizo detrás de la oreja, peleando contra esos rizos rebeldes que el calor del verano le volvía incontrolables. Siempre se ponía furiosa con su cabello y renegaba de las pecas que le llenaban el puente de la nariz en cuanto el sol la tocaba un poco. Ella pensaba que la molestaba cuando me metía con sus pecas o sus rizos. No tenía la menor idea de que, en realidad, no había nada en este mundo que me pareciera más hermoso.
—Qué lástima que a mí se me agotó la paciencia hace un año —contestó, arrugando la nariz.
Ese hace un año me golpeó directo en el pecho. Me dejó mudo medio segundo, con el corazón dándome un vuelco tonto y acelerado.
—Bueno, tendrás que buscar otra forma de desquitarte —improvisé rápido, antes de que se me notara en la cara que me había dejado completamente desarmado—. Porque en la piscina ya sabes cómo te va.
Olivia cerró el libro de golpe y me miró fijo con esos ojos claros que me ponían el mundo del revés.
—Te gané por medio cuerpo, Manuel. Acéptalo.
—Te dejé ganar —le respondí con esa sonrisa torcida que sabía que la sacaba de quicio.
—¡Mentira! —saltó ella, arrugando la nariz—. Eres un pésimo perdedor.
—Si tú lo dices, Rojita...
Volvió a abrir el libro murmurando algo entre dientes y yo me volví a tirar en el césped, mirando al cielo para disimular la sonrisa que me llenaba la cara. Era mentira que era un pésimo perdedor. La verdad era que me había dejado ganar, como casi siempre desde que éramos niños. No había nada en el mundo que me gustara más que ver cómo se le encendían los ojos cuando tocaba la orilla primero, esa risa orgullosa que ponía y lo bonita que se veía victoriosa. Perder contra ella era, por lejos, mi victoria favorita.
El problema era que, detrás de las risas y las discusiones de siempre, a mí me quemaba una tensión insoportable bajo la piel. Bastaba que ella se quedara en silencio un segundo para que se me acelerara el pulso, rogando por acortar la distancia y al mismo tiempo muriéndome de miedo de dar un paso en falso y arruinarlo todo.
Para salir de ahí y despejarme un poco la cabeza, acepté acompañar a mi mamá y a la tía Joaquina al almacén del pueblo a buscar unos encargos. Cualquier cosa era mejor que quedarme en el jardín mirando cómo se acomodaba la tira del vestido. Funcionó bastante bien para distraerme... hasta que regresamos.
Olivia estaba cerca del portón de entrada, riéndose con un chico que no había visto en mi vida.
Me detuve en seco con las bolsas en la mano. Él era alto, tenía toda la pinta de ser del pueblo y le decía algo que la hacía echar la cabeza hacia atrás de la risa. Él la miraba con una confianza que me cayó como una patada en el estómago. Se me apretó un nudo amargo en la garganta. No tenía idea de quién era, pero me dio una rabia enorme ver lo fácil que le salía sacarle una sonrisa tan limpia, mientras yo llevaba todo el día armando una batalla campal solo para lograr que me prestara atención.
—¿Vas a entrar o te vas a quedar a vivir en la puerta? —me apuró mi papá pasando a mi lado.
—Ya voy.
—Llevas media hora diciendo «ya voy».
Apreté los dientes y pasé por al lado de ellos haciéndome el desentendido.
—Manu —me detuvo la voz de Olivia—. ¿No saludas? Nico, él es Manuel.
El tal Nico me sonrió con una tranquilidad impecable y me extendió la mano.
—Hola, Manu. Un gusto.
—Hola —dije seco, estrechándosela apenas antes de soltarlo.
—Qué buena onda —se rio Olivia, mirándome cruzada de brazos.
Editado: 14.10.2026