Verano, besos y otros problemas!

Capítulo 5 : El vestidor y las excusas

La mañana en la finca era un griterío total. Mi mamá tratando de rescatar el desayuno del humo de la tostadora que volvía a fallar, Fermín buscando las antiparras a los gritos porque según él «el arroyo no esperaba a nadie» y Greta protestando en la puerta del baño porque alguien le había vuelto a esconder el protector solar.

Terminé de acomodarme la remera sobre la malla, agarré una toalla limpia del ropero y salí al pasillo antes de que me hicieran cargar las reposeras pesadas.

Y ahí me lo crucé.

Manuel salía de su habitación justo en ese instante. Traía la malla azul marino, una remera blanca bastante suelta que le caía limpia y la toalla colgada alrededor del cuello. Venía descalzo, despeinado y refregándose un ojo con la cara de dormido más descarada del mundo.

Nos frenamos los dos en el acto.

Ya lo había visto en la piscina la tarde anterior, pero tenerlo así de cerca a primera hora me volvió a agarrar con la guardia baja. En Madrid le habían cambiado la espalda y los brazos; ya no era el chico flaco y anguloso de siempre. Me quedé mirándolo medio segundo de más, completamente congelada en el medio del corredor.

Manuel, por supuesto, lo notó al instante.

Se detuvo ahí nomás, apoyó el hombro contra el marco de la puerta y me miró de arriba abajo con esa lentitud que me revolvió el estómago. Esa cara de sueño se le transformó en una sonrisa ladeada, sobradora y peligrosa.

—¿Te gusta lo que ves o te lo firmo, Rojita? —soltó con la voz rasposa de recién levantado.

Sentí que la cara me quemaba en un segundo.

—Iba a la cocina —dije rápido, acomodándome el pelo para disimular la torpeza.

—La cocina queda para el otro lado —se rio bajo, dando un paso largo hacia mí—. Pero si querías una foto de buenos días, me avisabas y por lo menos me peinaba un poco.

—No te estaba mirando, Manuel. No te creas tan importante.

—Claro que no —se me acercó medio paso más, invadiéndome el espacio hasta que sentí el calor directo que salía de su piel y ese olor a jabón limpio tan suyo—. No me estabas mirando a mí. Estabas mirando la pared. La pared justo a la altura de mi pecho.

Tragué saliva. Tenía la boca tan seca que las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Quise decirle algo inteligente, alguna pesadez rápida de las mías para dejarlo en ridículo frente a todos, pero no me salió ni un hilo de aire. El descaro con el que sostenía la mirada y cómo bajaba los ojos hacia mis labios me dejó absolutamente sin respuestas.

—Pasa que vas muy despacio —improvisé en un hilo de voz, tratando de sostener la compostura—. Pensé que seguías dormido.

—Estoy bien despierto —contestó él, bajando aún más el tono—. Y con bastante más energía que ayer.

—Eso habrá que verlo en la corriente del arroyo.

—¿Sigue en pie la apuesta de las bebidas? —preguntó, dando otro paso diminuto que recortó cualquier distancia que quedaba entre los dos.

—Sigue en pie —afirmé, aunque las rodillas me temblaban—. Pero no te quiero ver poniendo excusas si vuelves a perder.

Manuel se dio cuenta de mi nerviosismo y la sonrisa se le volvió más suave, casi victoriosa. Se inclinó un poco más hacia mi oreja, lo suficiente para que su respiración me rozara la mejilla.

—Sabes perfectamente que ayer te dejé ganar —murmuró, provocándome—. Y se te nota muchísimo cuando te quedas sin palabras, Olivia. Te pones colorada desde el cuello.

—No me dejaste ganar nada, Manuel —contesté en un susurro apresurado—. Y no estoy colorada. Hace calor en este pasillo.

—Sí, seguro. Debe ser el calor —se burló en voz muy baja, entretenido con la forma en que mi pulso se disparaba.

La tensión entre los dos era tan fina que un milímetro más y nos tocábamos. Me quedé mirándolo a los ojos, con el corazón martilleándome en las costillas, completamente atrapada.

—¡Manuel! —retumbó de golpe el grito de mi papá desde el patio de abajo—. ¡Baja a darle una mano con las reposeras antes de que se haga mediodía!

El salto que dimos los dos fue casi cómico. Nos pegamos contra las paredes opuestas del pasillo como si nos hubiera dado una descarga eléctrica.

A Manuel se le borró la sonrisa canchera en un milisegundo y la cara se le puso roja como una manzana. Se pasó la mano por la nuca, totalmente descolocado y buscando el aire que se le había ido de golpe.

—¡Ya voy, tío! —gritó hacia la ventana de la galería, aclarándose la garganta a toda prisa.

Me miró un segundo más, con los ojos bien abiertos y una sonrisa corta que le devolvió la soltura de a poco.

—Bueno... me voy antes de que me venga a buscar —dijo, intentando avanzar hacia la escalera.

Justo en ese segundo, yo también me moví para la izquierda con la intención de dejarlo pasar. Chocamos los hombros.

—Perdón —solté de golpe, dando un paso hacia atrás.

Me corrí hacia la derecha para darle paso, pero él se movió exactamente hacia el mismo lado. Volvimos a quedar de frente, pegados a un suspiro de distancia.




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