Verano, besos y otros problemas!

Capítulo 6 : La ley de la distancia (POV Manuel)

Había decidido que lo mejor era mantenerme alejado de Olivia. Era un plan sencillo, razonable y casi perfecto. No tenía que dejar de hablarle para siempre ni fingir que no la conocía; bastaba con evitar quedarme a solas con ella, dejar de buscarla con la mirada y recordar que había cosas que no podían deshacerse. Como besar a tu mejor amiga o descubrir que, nueve meses después, todavía recordabas exactamente cómo se había sentido.

—¡Manu! ¡Al agua! —Fermín apareció frente a mí con una pelota bajo el brazo y una sonrisa que anunciaba problemas.

—¿Qué?

—Que vengas. Vamos a jugar.

Miré hacia el arroyo. Olivia estaba junto a los sauces, hablando con Greta mientras se recogía los rizos en un moño desordenado. Llevaba un traje de baño azul y tenía los pies metidos en el agua. Aparté la mirada de inmediato.

—Ahora voy.

Fermín siguió la dirección de mis ojos, me miró y luego volvió a mirar hacia los sauces.

—Ah.

—¿Ah, qué?

—Nada.

—Fermín.

—No he dicho nada —se defendió, sonriendo—. Pero siempre pienso algo. No puedo evitarlo, soy muy inteligente.

Le quité la pelota de las manos para cortar la conversación antes de que la llevara más lejos. Por suerte, él tenía la capacidad de entretenerse durante horas con cualquier cosa que implicara agua o la posibilidad de molestar a alguien. Durante la siguiente hora jugué con él, con los mellizos y con Greta. Organicé equipos, discutí reglas que nadie respetaba y terminé con tanta agua en los ojos que apenas podía distinguir quién me estaba ganando.

Todo iba bien hasta que escuché la risa de Olivia. Me giré por instinto. Estaba en la orilla, intentando enseñarle a Valentino a flotar. Cuando el niño consiguió mantenerse a flote, ella levantó los brazos para celebrarlo y él terminó salpicándola de pies a cabeza. Olivia soltó una carcajada limpia, y yo me quedé mirándola otra vez.

—Te toca el saque —me avisó Fermín.

—Ah, sí.

—Llevas un rato haciendo cosas raras, Manu. Estar callado, mirar al infinito... Pareces un señor de cincuenta años preocupado por la hipoteca.

—Tengo diecisiete.

—Por eso resulta tan preocupante.

Le di un empujón cariñoso con el hombro y volví al juego. No iba a pasarme el verano huyendo de Olivia; solo necesitaba recuperar el control de la situación.

A media mañana, mi padre apareció junto al arroyo con dos latas de refresco. Acepté una y me senté a su lado sobre una piedra plana a descansar.

—¿Todo bien con Olivia? —preguntó de pronto, contemplando el agua.

Casi me atraganté con el refresco.

—Sí. ¿Por qué?

—Por nada. Es mi sobrina política, puedo preguntar por ella.

—No empieces, papá.

Sebastián me miró con una sonrisa pausada y se levantó para regresar a la galería, pero se detuvo un segundo antes de alejarse.

—Si tienes algún problema con ella, habla con ella.

Se fue antes de que pudiera responder. Me quedé mirando la lata entre mis manos. Hablar con Olivia, claro. Como si fuera tan sencillo explicarle que no la evitaba porque me molestara estar cerca, sino porque estar cerca se había convertido en lo único que quería hacer. ¿Cómo iba a decirle que llevaba nueve meses preguntándome qué habría pasado si aquella noche no hubiéramos escuchado las voces de su familia? Si lo decía en voz alta, tendría que aceptar que el pacto había sido una mentira desde el principio.

Después de comer, la finca entró en esa calma engañosa de la siesta. Me senté a jugar a las cartas con Fermín, Greta y los mellizos en una mesa cerca del muelle. Era una buena ubicación: había gente alrededor y podía mantenerme ocupado.

—¿Quién reparte? —preguntó Greta.

—Yo —dije, repartiendo las cartas.

Durante unos minutos conseguí concentrarme en la partida. Entonces escuché unos pasos sobre la grava. Levanté la vista y vi a Olivia acercándose con una toalla al hombro y el pelo todavía húmedo. El sol le iluminaba las pecas del rostro.

—Me aburrí de estar allá sola —anunció al llegar a la mesa—. ¿Hay lugar para una más o es exclusivo para los menores?

—¡Claro que hay lugar! —Fermín se corrió para hacerle espacio.

Yo me quedé inmóvil. Olivia sonrió mientras se preparaba para sentarse, y mi cabeza decidió abandonarme por completo. No había nada extraordinario en la escena; era Olivia, nuestra mesa y un juego de cartas. Pero desde el verano pasado, todo escondía una pregunta que no sabía responder.

—Voy a buscar algo de fruta —solté de golpe, dejando las cartas sobre la madera.

—¿Ahora? —preguntó Greta—. Acabamos de comer.

—Hay comida en la cocina, no necesitas ir a buscarla al pueblo —añadió Olivia, mirándome desde el banco.

—Gracias por la información —murmuré.

Me levanté antes de que hicieran más preguntas. Pasé junto a ella sin mirarla directamente, pero noté el olor a protector solar y a champú.




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