Si alguien me preguntaba cuál era el mayor peligro de pasar el verano en la finca, no tenía dudas: Fermín. Mi hermano de trece años era una amenaza pública con demasiada energía, un aburrimiento peligroso y cero sentido común.
Aquella tarde decidió organizar una «búsqueda del tesoro a ciegas». Nadie tenía los ojos vendados, nadie sabía qué buscábamos y él disfrutaba más inventando reglas absurdas en el camino que jugando de verdad.
—¡Atención, participantes! —gritó Fermín desde el centro del jardín, agitando un papel arrugado como si fuera un decreto supremo—. El objetivo es encontrar las cinco pistas escondidas por toda la finca.
—¿Y el tesoro? —preguntó Greta, cruzándose de brazos con desconfianza.
—Confidencial.
—Traducción: no hay ningún tesoro —soltó Vicente desde la grama.
Valentino se largó a reír y Fermín lo señaló de inmediato con el papel.
—Treinta segundos de penalización por insolente.
Me apoyé contra una columna de la galería cruzándome de brazos. Iba a ignorar el juego por completo y volver a mi libro, pero cuando Fermín anunció que el ganador elegía la película de la noche, reaccioné al instante. La última vez puso una de monstruos infumable con explosiones continuas que terminó con los mellizos llorando en el cuarto de mis padres. Ni loca le dejaba el control remoto otra vez.
Me fui directo a buscar antes que los demás. Revisé entre las macetas de la entrada, detrás de los troncos de los árboles viejos y debajo de las mesas de la galería sin suerte. Fue entonces cuando me acordé del galpón de herramientas, al fondo del camino hacia el río. Era el escondite perfecto para una pista y la excusa ideal para demostrar que no necesitaba hacer equipo con nadie.
Especialmente con Manuel, que llevaba dos días insoportable esquivándome por toda la finca como si yo fuera contagiosa.
Llegué a la casilla de madera y piedra entre los olivos, abrí la puerta despacio para no hacer ruido y me colé. Olía a tierra seca, a metal y a madera vieja. Me agaché detrás de un estante alto a revisar unas cajas de cartón olvidadas, pero lo único que encontré fue una cuerda gastada, tres clavos oxidados y una araña gigantesca que me hizo dar un salto hacia atrás.
—Maldita sea —murmuré contra la pared, sofocando un grito de puro milagro—. Si muero hoy, que no sea por un arácnido.
Estaba por salir de ahí corriendo cuando escuché pisadas apresuradas en el sendero de tierra. Me encogí de inmediato en mi rincón. La puerta se abrió de golpe y una figura alta entró de lado, cerrando de un portazo seco antes de apoyarse contra la madera, respirando como si hubiera corrido un maratón.
Camiseta oscura, hombros anchos, pelo revuelto.
Manuel. Por supuesto.
—¡Manu! —gritó Fermín desde afuera, bastante cerca—. ¡Sabemos que estás por ahí!
Manuel cerró los ojos y apretó la mandíbula con frustración.
—Maldita sea —masculló entre dientes.
Esperó en silencio a que los pasos de los chicos se alejaran para darse vuelta hacia el interior del galpón. Y me vio. Se quedó helado en el lugar. Yo me levanté despacio, sacudiéndome la tierra de la ropa y tratando de mantener la compostura.
—No puede ser —se paso la mano por la cara, soltando un resoplido molesto.
—Te aseguro que tampoco estaba en mis planes pasar la tarde contigo —solté, cruzándome de brazos.
—Qué alivio. Por un segundo pensé que me habías seguido hasta acá.
—¿Seguirte a ti? Prefiero tragarme la araña que está ahí abajo antes que perseguirte por toda la finca. ¿No tenías otro lugar donde meterte?
—Es un escondite.
—Es mi escondite.
—No sabía que le habías puesto tu nombre a la puerta.
—Tampoco hace falta ser muy listo para saber cuando sobra alguien.
Manuel hizo una mueca divertida y, por un segundo, volví a ver al chico con el que me crié. El mismo que me hacía reír en el muelle sin ningún esfuerzo. Pero la sonrisa se le borró al instante cuando vio la rigidez en mi cara.
—Bueno —se aclaró la garganta, dando un paso al costado—. Podemos compartir el lugar mientras se van.
—No.
—Olivia...
—No pienso compartir nada contigo.
Nos miramos fijamente en medio de la penumbra y, contra todo pronóstico, se nos escapó una risa corta a los dos. Una de esas risas absurdas que siempre nos daban cuando peleábamos por tonterías y se nos olvidaba por qué estábamos molestos.
—Te extrañaba, Rojita —soltó de pronto, con una naturalidad tan brutal que me congeló la sangre.
—No me llames así —murmuré, sintiendo un vuelco violento en el estómago que amenazó con dejarme sin aire.
—¿Por qué?
—Porque me molesta. Y porque ya no tenemos doce años para andar con esos apodos.
Manuel me sostuvo la mirada unos segundos, descifrando la tensión en mis ojos, y asintió volviendo a ponerse serio de golpe.
Editado: 14.10.2026