El problema de quedarse encerrado con Olivia no era la oscuridad. Tampoco el pestillo oxidado, ni el olor a madera, ni el hecho de que Fermín fuera perfectamente capaz de dejarnos allí hasta la mañana siguiente por pura diversión.
El problema era Olivia.
Olivia, que llevaba dos días mirándome como si yo fuera un idiota. Olivia, que se había pasado toda la tarde ignorándome después de que yo hiciera exactamente lo mismo con ella. Y Olivia, que ahora estaba a menos de un palmo de mí, con los brazos cruzados y una expresión que me habría hecho retroceder si hubiera tenido un solo centímetro de espacio para hacerlo.
—Apártate un poco —murmuró.
Bajé la mirada hacia el espacio mínimo que nos separaba.
—Estoy intentando abrir la puerta.
—Pues intenta abrirla sin respirar encima de mí.
Me aparté lo que pude. El estante seguía detrás de ella y yo tenía una caja de herramientas clavándose en la espalda.
—¿Mejor?
—Muchísimo —dijo. Su tono decía exactamente lo contrario.
Suspiré y volví a tantear el pestillo. Tiré hacia arriba, empujé hacia abajo y probé a moverlo hacia un lado. Nada.
—Perfecto —mascullé—. Vamos a morir aquí.
—Qué dramático.
—Estamos encerrados en un galpón que huele a serrín y herramientas viejas. No hay comida, no hay agua y mi última conversación con el mundo exterior fue con Valentino.
—Podría haber sido peor. Podrías haber tenido que hablar con Fermín.
La miré. Ella me miró. Y, contra todo pronóstico, se le escapó una sonrisa. Una pequeña. Apenas una curva en los labios. Pero la reconocí. Era la sonrisa que siempre aparecía cuando conseguía hacerme reír incluso después de una discusión. La que me había acompañado durante años.
Pero la sonrisa desapareció enseguida. Olivia bajó la mirada y se acomodó un rizo detrás de la oreja.
—Supongo que alguien acabará viniendo a buscarnos —murmuró.
—Sí. En algún momento.
El silencio cayó entre nosotros. Y ahí estaba otra vez: esa incomodidad absurda que no existía antes de la distancia que puse entre los dos. Me pasé una mano por el pelo. Tenía que dejar de darle vueltas.
—¿Vas a seguir molesta conmigo toda la tarde? —pregunté.
Olivia levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Que si vas a seguir molesta conmigo.
—No estoy molesta.
La miré unos segundos, entrecerrando los ojos.
—Olivia, te conozco desde que comíamos tierra en el jardín.
—Yo no comía tierra.
—Te comiste una lombriz.
—¡Tenía tres años! —protestó, y soltó una risa involuntaria que volvió a ponerse seria enseguida—. No estoy molesta, Manuel.
El uso de mi nombre completo me hizo fruncir el ceño.
—Claro. Y yo soy el rey de España. ¿Vas a decirme qué te pasa o tenemos que seguir fingiendo que no ocurre nada?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Olivia se quedó inmóvil. Después descruzó los brazos.
—¿Yo fingiendo? —Soltó una risa breve, sin humor—. Que tengas el descaro de preguntármelo... Llevas días evitándome. Si entro en una habitación, te vas. Si me siento a tu lado, encuentras algo urgentísimo que hacer. Hoy has preferido pasar horas cuidando a los mellizos antes que jugar a las cartas conmigo.
—No estaba cuidándolos todo el tiempo.
—¡No es ese el punto! —Su voz rebotó contra las paredes del galpón. Respiró hondo—. El punto es que te comportas como si yo fuera una desconocida.
La frase me golpeó con fuerza. Porque era exactamente lo que había estado intentando evitar, y era exactamente lo que había conseguido.
—No eres una desconocida —respondí.
—Pues no lo parece. No entiendo qué hice para que me trates así, Manuel. Si estás molesto conmigo por algo, dímelo. Pero no me mires como si te molestara que esté cerca.
Sus ojos brillaban en la penumbra. Por primera vez desde que había llegado a la finca comprendí que mi distancia no solo la había confundido: la había lastimado.
—No me molesta que estés cerca.
—Entonces, ¿qué te pasa?
Abrí la boca. La cerré. ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Que llevaba diez meses en Madrid pensando en ella? ¿Que cada vez que veía su nombre en el teléfono me quedaba mirando la pantalla esperando que no se hubiera olvidado de mí?
—No me pasa nada —contesté al final.
Olivia me miró como si acabara de confirmar todas sus sospechas.
—Eres un idiota.
—Eso ya lo sabía.
Se dio la vuelta para intentar abrir la puerta, forcejeando con el pestillo.
—Déjame —le dije.
—Puedo hacerlo sola.
—Llevas treinta segundos intentando abrir una puerta que se abre hacia el otro lado.
Se quedó inmóvil. Miró la puerta, empujó y la madera se sacudió, pero el pestillo no cedió.
—Está atascada —murmuró.
—Exacto.
—No necesito que te burles. Estás sonriendo.
—Es una reacción involuntaria.
—Pues contrólala.
La sonrisa se me escapó del todo y ella terminó riéndose también. Durante unos segundos volvimos a ser nosotros. Pero entonces Olivia dejó de reír.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta? —preguntó baja la mirada—. Que yo también estoy intentando comportarme con normalidad. No eres el único al que le resulta difícil. Pensé que este verano sería como los demás, pero ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos.
—Te estoy mirando ahora —dije, aunque sonó más a una súplica.
—Porque estamos encerrados y no tienes a dónde escapar —susurró—. Olvídalo.
—No quiero olvidarlo —solté.
Olivia parpadeó.
—¿Qué?
Estaba cansado de escapar cuando ella aparecía. Cansado de fingir que no me importaba.
—He dicho que no quiero olvidarlo —repetí más bajo—. Lo que pasa entre nosotros.
Olivia bajó la mirada. El silencio que siguió ya no estaba lleno de reproches, sino de todo lo que nos habíamos guardado.
—Pensé que te daba igual —murmuró.
—No me da igual. Tenía miedo.
—¿De qué?
De perderla. De que me mirara de otra manera. De descubrir que la tensión solo la sentía yo.
Editado: 14.10.2026