Verano, besos y otros problemas!

Capítulo 9 : Liberación y sospechas

Ninguno de los dos se movió. El aire en el galpón se había vuelto tan denso, tan caliente, que respirar dolía. Sentía la vibración de su pecho pegada al mío, el olor limpio de su piel con ese toque a sol de la tarde envolviéndome por completo, y el pulso retumbándome en la garganta con una fuerza que me mareaba.

Su mirada estaba fija en mi boca con una intensidad que me encendía la piel. Tenía la respiración cortada, agitada, y la mano que tenía apoyada en el estante temblaba apenas a la altura de mi cabeza, como si a él también se le estuviera rompiendo el control.

Su murmullo todavía flotaba entre los dos, rasposo y bajito, como un secreto peligroso: «Dime que me aleje».

Pero no lo dije. No me salió la voz. Se me congeló la garganta porque cada fibra de mi cuerpo quería exactamente lo contrario.

Estábamos a un milímetro. Un solo movimiento. Manuel acortó lo último que quedaba de espacio inclinando la cara con una lentitud tortuosa, rozando el aire entre nuestras bocas hasta que sentí la tibieza de su aliento. Fue un contacto mínimo, suave, un roce de labios que me mandó un chispazo eléctrico directo a la nuca y me puso la piel de gallina en todo el cuerpo.

Cuando soltó un suspiro ahogado contra mi piel, mis manos reaccionaron solas, perdiendo el juicio: subieron a ciegas por su pecho, sintiendo el latido desbocado debajo de sus costillas, hasta enredar los dedos en la tela arrugada de su camiseta.

Un escalofrío helado y caliente a la vez me atravesó entera cuando su mano libre bajó de la pared y se acomodó con firmeza en mi cintura. Sus dedos se clavaron despacio a través de mi ropa, amoldándose a mi curva, y me tiró hacia él sin miramientos, pegando mi cadera a la suya hasta que no quedó ni un soplo de aire entre los dos. Sentí el calor aplastante de su cuerpo, la urgencia contenida y el peso de diez meses de distancia derritiéndose en un segundo.

Entreabrí los labios de golpe, buscando su boca, sintiendo cómo se me aflojaban las rodillas y el impulso salvaje de pegarme aún más, de enredarme en su cuello y no soltarlo nunca más.

¡CLAC!

Un golpe seco en la madera nos hizo dar un salto violento hacia atrás. El ruido del pestillo metálico rebotó en las paredes como un disparo.

—¡Vaya, vaya! ¡Pero si estaban aquí adentro! —gritó la voz insoportable de Fermín desde el otro lado.

La luz de la tarde entró de golpe al abrirse la puerta. Me encandilé por un segundo, dando un paso al costado para separarme de Manuel como si me hubiera quemado. Él se pasó una mano rápida por la cara, despeinado, intentando recuperar el aliento y la compostura mientras la silueta de mi hermano se recortaba en la entrada con la sonrisa más burlona de su historia.

—Fermín —dije con una calma helada, apretando los puños a los lados—, tienes exactamente tres segundos para correr antes de que te arranque la cabeza.

Mi hermano ni siquiera esperó. Vio nuestras caras, entendió que estaba en peligro mortal y salió disparado por el sendero entre carcajadas.

—¡Mamá! ¡Olivia quiere matarme!

—¡Porque te lo mereces! —le grité, saliendo del galpón a toda prisa detrás de él.

Me detuve a los pocos metros al darme cuenta de que Manuel salía despacio, con la playera arrugada y una expresión indescifrable entre el agotamiento, la frustración y unas ganas absurdas de reírse. Yo tenía polvo en las rodillas, el corazón a punto de salírsele del pecho y la certeza de que habíamos estado a punto de cruzar un límite sin retorno.

—No digas nada —le advertí, girándome hacia él.

Él me miró de arriba abajo, intentando disimular una sonrisa de lado.

—No iba a decir nada.

—Estás pensando algo.

—Siempre pienso algo, Olivia.

—Pues deja de hacerlo —solté, dándome la vuelta para irme hacia la casa.

—Olivia —me llamó. Me detuve sin girarme del todo—. ¿Estás bien?

La pregunta me desarmó por completo. No sonó burlona ni distante; sonó preocupada, real, con el mismo tono que usaba cuando éramos niños y me caía del árbol. Me giré y lo vi a tres pasos, con las manos metidas en los bolsillos. Por un instante quise decirle la verdad: que no estaba bien, que me temblaban las piernas y que me moría de rabia por lo fácil que le resultaba desarmarme.

—Perfectamente —respondí, poniéndome la máscara otra vez—. Una experiencia maravillosa. La próxima vez podemos invitar a más arañas.

Manuel soltó una carcajada corta.

—Lo tendré en cuenta.

Seguí caminando a paso firme. Al llegar a la finca, Greta estaba sentada en los escalones de la galería revisando su teléfono. Levantó la cabeza al vernos llegar juntos y sus ojos se estrecharon con una curiosidad destructiva.

—¿Dónde estaban? —preguntó.

—En el galpón —contesté sin frenar.

—¿Los dos?

—No, Greta. Manuel estaba en Madrid y apareció por holograma —contesté con sarcasmo.

—Qué graciosa. ¿Y qué hacían allá adentro a oscuras?

—Nos escondimos durante el juego —explicó Manuel, alcanzándome en los escalones—. Fermín cerró la traba por afuera y el pestillo se atascó.




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