Verano, besos y otros problemas!

Capítulo 10 : Regreso al escenario del crimen POV: Manuel

A las dos y diecisiete de la madrugada entendí que tenía un problema.

Y que Olivia era el problema.

La cena había sido un desastre, sí. Todavía podía verla sentada frente a mí, con la espalda rígida, la mirada esquiva y esa forma tan suya de fingir que algo no le importaba cuando, en realidad, le importaba demasiado.

Pero no era eso lo que me tenía despierto.

Era el depósito. El silencio. Su respiración contra mi boca. Y la manera en que me había apretado la camiseta cuando estuvimos a punto de besarnos.

A punto.

Había pasado toda la noche intentando convencerme de que no significaba nada. Que había sido el encierro, la tensión acumulada, el hecho de llevar meses evitando cualquier conversación que pudiera acercarnos demasiado.

Mentiras. Si hubiera sido cualquier otra chica, no estaría a las dos de la madrugada recordando exactamente dónde le había apoyado las manos sobre la cintura.

Me pasé una mano por la cara. Diez meses en Madrid. Diez meses imaginando cómo sería volver a verla. Había ensayado conversaciones enteras en mi cabeza, respuestas ingeniosas, bromas con las que recuperar nuestra antigua complicidad. Y ahora que estaba acá, lo único que conseguía era empeorarlo todo.

Salí del cuarto con cuidado de no hacer ruido. La casa dormía. Desde algún lugar llegaba el canto aislado de un grillo y, al abrir la puerta, el aire fresco de la noche me despejó apenas lo suficiente para recordar que seguía siendo un idiota.

Caminé hacia el muelle sin pensarlo demasiado. Conocía aquel sendero de memoria; podría haberlo recorrido con los ojos cerrados esquivando las piedras que llevaba pisando desde los siete años.

Cuando llegué, me senté en el borde de madera y dejé los pies suspendidos sobre el agua. El río reflejaba la luna en pequeños fragmentos plateados. Debería haberme tranquilizado, pero no lo hizo. Porque, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, extrañaba a Olivia.

Extrañaba sus comentarios fuera de lugar, sus discusiones absurdas, la manera en que se acomodaba un rizo detrás de la oreja cuando estaba nerviosa. Hasta extrañaba que me llevara la contraria por deporte. Llevaba diez meses lejos de ella y, aun así, no había conseguido acostumbrarme a su ausencia.

El agua golpeaba suavemente contra los pilotes de madera cuando un crujido a mis espaldas me sacó de mis pensamientos.

Me giré de golpe.

Olivia estaba al principio del muelle, descalza, con una camiseta de pijama que le quedaba enorme y los rizos revueltos alrededor de la cara. Parecía recién salida de la cama. O quizá llevaba un rato despierta. No lo sabía. Lo que sí sabía era que verla allí, en mitad de la noche, hizo que se me olvidara todo lo demás.

—¿Qué haces despierto? —preguntó, abrazándose a sí misma. No hacía tanto frío, pero tampoco parecía especialmente cómoda.

—Podría preguntarte lo mismo.

—Yo pregunté primero.

Ahí estaba. Una pequeña parte de mí quiso sonreír; otra tuvo ganas de preguntarle si también llevaba horas dando vueltas en la cama pensando en el depósito. Por suerte, todavía me quedaba algo de sentido común.

—No podía dormir —admití.

Olivia bajó la mirada hacia las tablas.

—Yo tampoco.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Podría haberme preguntado por qué había salido. Podría haber mencionado la cena o lo que había sucedido en el depósito. Incluso podría haber dado media vuelta y regresar a la casa. En cambio, seguía allí. Y yo no pensaba desaprovecharlo.

Me corrí un poco hacia un lado y di dos golpecitos sobre la madera.

—Ven. Siéntate un rato.

Olivia miró el espacio libre, después me miró a mí.

—¿Vas a comportarte?

—Depende. ¿Vas a empujarme al río?

—No lo había considerado hasta ahora.

—Entonces tenemos un problema.

Se le escapó una risa. Pequeña, casi involuntaria, pero suficiente para que la tensión en mi pecho se aflojara un poco. Se acercó y se sentó a mi lado, dejando entre nosotros una distancia prudente que habría permitido sentarse cómodamente a una tercera persona. Miré aquel espacio vacío y después la miré a ella. Decidí no comentar nada; por una vez en la vida podía intentar no arruinar las cosas.

Olivia estiró las piernas sobre el agua.

—Está helada.

—Como siempre.

—No entiendo cómo puedes saberlo sin tocarla.

—Tengo una relación muy profunda con este río.

—Ah, claro. Se nota que te entiende perfectamente.

Sonreí.

—¿Te acuerdas de cuando apostaste que podías meterte de noche?

Olivia giró la cabeza hacia mí de golpe.

—No perdí esa apuesta.

—Te pasaste media hora diciendo que el agua estaba demasiado fría.

—¡Porque tú me habías empujado!




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