CAPITULO VIII: (가시) La Espina de Dolor
Han Gyeol condujo por las calles de Seúl a toda velocidad, sorteando el pesado tránsito de la tarde pero cuidando de respetar de manera estricta las leyes de tránsito para no complicar la emergencia. Con el pulso acelerado, estiró la mano para tocar la pantalla táctil del tablero de su automóvil deportivo y volvió a marcar el número de su residencia.
—Señora Park, ¿por un milagro no habrá regresado ya la señorita Kim a la casa? —preguntó de inmediato, conteniendo la respiración.
—No, joven Seo, todavía no hay ningún rastro de ella. ¡Todo esto es mi absoluta culpa por haberle permitido ir sola a la tienda de conveniencia! —se lamentó el ama de llaves al otro lado de la línea, con la voz quebrada por el remordimiento.
—No se culpe por esto, señora Park. Mantenga la calma, ya casi llego a la propiedad —le aseguró él, intentando infundirle tranquilidad antes de colgar de golpe.
El joven director general se aparcó con premura a un costado de la acera principal. La señora Park ya lo estaba esperando de pie en la entrada exterior de la gran casa, frotándose las manos con evidente angustia. Han Gyeol bajó apresurado del vehículo y caminó a pasos rápidos hacia ella, mostrando una determinación que reflejaba lo mucho que le importaba la suerte de su invitada mística.
—Por favor, no se angustie más, señora Park. Yo mismo iré a buscarla por los alrededores del distrito. Quédese aquí en la entrada, atenta por si ella regresa por su cuenta —le ordenó de forma protectora, fijando las pautas para iniciar el rastreo en las calles de la capital.
Han Gyeol miró su reloj de pulsera.
—Cuando sea la hora de ir por su nieto, vaya con total tranquilidad. Estoy seguro de que la encontraré pronto. ¡La mantendré al tanto de todo! —le aseguró antes de partir.
—Sí, joven Seo, esperaré su llamada con ansias —respondió el ama de llaves, un poco más aliviada.
Han Gyeol se volvió a subir a su automóvil deportivo con prisa, encendió el motor y condujo despacio calle abajo hasta tomar la avenida principal, barriendo las aceras con la mirada hacia todos lados. Se detuvo justo frente a la tienda de conveniencia y bajó del vehículo para preguntarle de inmediato al empleado del establecimiento si la había visto. El hombre que atendía la recordaba a la perfección porque la joven parecía no saber mucho de dinero en efectivo; además, le comentó que se había marchado del lugar junto a una anciana que cargaba una bolsa muy pesada.
Después de que el cajero le indicó la dirección exacta por donde se habían ido ambas mujeres, el empresario subió nuevamente al automóvil y comenzó a rastrearla por las calles aledañas. Condujo por más de veinte minutos bajo la presión del tiempo y, cuando iba pasando cerca de una concurrida parada de autobús, divisó a Seo Yun sentada en la banca de metal, abrazando contra su pecho la pequeña botella de aceite de sésamo como si fuera su tesoro más preciado.
Han Gyeol exhaló un largo suspiro de alivio al encontrarla sana y salva. Puso las luces intermitentes en el tablero y se aparcó de golpe frente a la parada, bloqueando momentáneamente el paso. Se bajó a pasos rápidos y caminó de frente hasta donde estaba ella.
—¿Qué demonios hace hasta acá? —le reclamó, apretando los puños y tratando de controlarse al máximo para no gritarle en mitad de la vía pública.
Seo Yun levantó la mirada con timidez y sintió que un inmenso alivio le inundaba el pecho al ver su rostro.
—Me perdí durante el camino de regreso, luego de ayudar a la anciana —explicó apenada y en voz muy baja, sosteniendo la botella de vidrio.
Han Gyeol contuvo su frustración, caminó hacia el lado del copiloto y abrió la puerta del acompañante con un movimiento seco para que ella se subiera sin dilaciones. Sin articular una sola palabra más, rodeó el frente del deportivo y se subió del lado del conductor, poniendo la marcha de inmediato.
Han Gyeol condujo enfadado y en un absoluto silencio a través del tráfico. Seo Yun, por su parte, se limitaba a mirar hacia abajo sin atreverse a pronunciar una sola palabra, abrumada por la tensión reinante en el habitáculo. Durante el trayecto, él marcó por teléfono a la señora Park para notificarle que ya había encontrado a la joven sana y salva, y que podía marcharse a recoger a su nieto sin pendientes. Al escuchar la buena noticia, el ama de llaves respiró con un profundo alivio.
Llegaron a la residencia y Han Gyeol bajó del automóvil manteniendo un semblante mudo y rígido. Esperó pacientemente en el porche a que ella descendiera del asiento del copiloto para aproximarse al panel digital, teclear el código de la puerta y abrir la cerradura. Sin embargo, en cuanto cruzaron el umbral del vestíbulo, él se volteó de golpe y, gritándole con una frustración que ya no podía contener, le espetó:
—¡Ha hecho preocupar a todo el mundo de una manera imperdonable! ¿Acaso no es consciente del peligro en el que estuvo?
—Lo siento mucho, señor Seo. Le aseguro que no fue mi intención perder de vista el camino de regreso —contestó de forma sumisa, sosteniendo con dedos temblorosos la botella de aceite.
—Dígame, ¡¿tanto es su deseo de estar allá afuera?! ¡Entonces váyase definitivamente de mi casa si no piensa respetar las reglas! —le gritó furioso en mitad del pasillo, perdiendo el control por completo antes de intentar avanzar hacia el interior de la propiedad.
Seo Yun tenía unas ganas inmensas de llorar; se sentía profundamente asustada tras haber pasado horas perdida en la inmensidad de una ciudad desconocida y hostil, y la severidad con la que Han Gyeol la atacaba terminaba por quebrar sus defensas. A pesar del nudo en la garganta, apretó los dientes y contuvo las lágrimas con orgullo. De pronto, un espasmo violento y un dolor sumamente intenso en el centro del corazón hizo que todo su cuerpo se estremeciera de golpe. Perdió la estabilidad, se llevó la mano al pecho con angustia y su respiración se cortó, siendo incapaz de controlar el sufrimiento físico.