CAPITULO IX: (역사의 반복) El Pasado Se Repite
Habían transcurrido ya dos meses completos desde la accidentada llegada de Seo Yun a la era contemporánea. La relación de convivencia con Han Gyeol no avanzaba demasiado en el plano personal y parecía mantenerse en un punto de tregua silenciosa; aunque a veces coincidían inevitablemente en los pasillos al caer la noche, él siempre se mostraba sumamente ocupado y absorto en los negocios familiares. Sin embargo, los muros del contrato comenzaban a mostrar sutiles grietas: en las mañanas en que la señora Park no asistía a la residencia grande, el joven empresario se encargaba de dejar el desayuno perfectamente listo y servido en la barra de la cocina exclusivamente para ella antes de marcharse.
Por su parte, Seo Yun llevaba una excelente y muy estrecha amistad con Nam Sun; cada vez que el carismático médico disponía de tiempo libre en el hospital, salían a pasear por los rincones de Seúl, charlaban y se divertían juntos, aliviando de forma orgánica el peso de su exilio.
Una mañana ordinaria, Han Gyeol se encontraba en su oficina presidencial tratando de buscar alternativas viables y medios estratégicos para evitar el despido masivo del personal obrero del área de ensamble, cuya sección se estaba automatizando con maquinaria pesada de última generación. En mitad de su análisis, el teléfono celular vibró sobre el escritorio de roble; al mirar la pantalla táctil divisó el identificador de "Presidenta Seo" y contestó la línea de muy mala gana, anticipando el conflicto.
—Mi padre quiere que vengas de inmediato esta tarde a comer a la mansión familiar. Tienes que estar aquí puntualmente a las dos —le ordenó la voz de su tía al otro lado de la línea, expresándose de forma imperativa y cortante.
—Estaré ahí —se limitó a responder él con frialdad, colgando la llamada de golpe mientras verificaba con preocupación la hora en su reloj de pulsera.
En ese preciso momento, el secretario Choi llegó al despacho con unas carpetas de informes financieros urgentes y las dejó sobre el escritorio. Han Gyeol levantó la mirada y suspiró con pesadez.
—Mi abuelo quiere que vaya a comer a su propiedad privada esta misma tarde.
—¡¿Qué?! —se asombró el secretario Choi, deteniendo sus movimientos y mirando su propio reloj con evidente incredulidad—. ¿Hoy mismo?
—Sí, lo sé —contestó Han Gyeol, asintiendo al ver el rostro desencajado de su mano derecha.
—Antes el presidente solía avisar con varios días de anticipación para no entorpecer la agenda corporativa. Definitivamente se está poniendo cada vez más exigente el presidente Seo —comentó el secretario Choi con un tono de preocupación, presintiendo que una nueva tormenta familiar estaba por desatarse en la junta.
—Lo sé. No tengo idea de qué es lo que vaya a querer ahora, pero tal vez mi tía ya le comentó sobre los futuros despidos de los empleados de la planta de ensamblaje —conjeturó Han Gyeol, frotándose las sienes con frustración.
—¿Ya pudo resolver ese asunto, director Seo? —cuestionó el secretario Choi, bajando la voz con preocupación.
—No. Aún estoy analizando de qué manera viable pueden conservar sus puestos de trabajo en la corporación —admitió él, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
—Hablaré de inmediato con el departamento de recursos humanos para ver si existe la posibilidad de reubicarlos en alguna otra área técnica —propuso el secretario Choi, buscando aminorar la carga de su jefe.
Han Gyeol guardó silencio un instante y luego enderezó la postura detrás de su escritorio.
—¿Qué más tengo programado en la agenda para el resto del día? —preguntó, intentando reorganizar su tiempo.
El secretario Choi consultó minuciosamente la tableta electrónica que traía en las manos antes de responder.
—Por la tarde llegarán unos contratos internacionales para su revisión y posterior firma. Además, tiene fijada una junta con el señor Cha, y la presidenta Seo me informó hace un momento que este año usted se hará cargo de la organización de la cena anual de gala de la compañía.
—¡¿Que yo me hiciera cargo?! —cuestionó Han Gyeol intrigado, deteniendo sus pasos frente a la gran ventana.
—Esas fueron exactamente sus palabras, director Seo. Así que, por el momento, tendrá que organizar el evento de gala de este año —le confirmó el secretario Choi.
—Cada año ha querido hacerlo ella por el simple placer de lucirse ante la junta directiva. A mí no me agradan en lo absoluto esas cenas extravagantes, así que esto no me suena nada bien —dijo Han Gyeol, visiblemente pensativo y frotándose el mentón.
—¿Cree que la presidenta esté tramando algo en su contra, director Seo? —indagó su mano derecha, bajando el tono de voz.
—No lo sé. Por lo pronto, cancele de inmediato la cita programada con el señor Cha. Revise minuciosamente los contratos internacionales para que yo solo tenga que llegar a firmarlos por la tarde, y lo referente al evento de gala lo arreglaré directamente con mi tía hoy en la comida —dictaminó de manera ejecutiva.
—Sí, director Seo —asintió el secretario, ofreciéndole una pequeña reverencia protocolar.
Cuando Han Gyeol comenzó a caminar por el pasillo junto al secretario Choi para retirarse, notó que el escritorio de una de las empleadas de confianza aún permanecía vacío en mitad de los módulos de su oficina. Ambos llegaron frente al elevador y abordaron el cubículo de metal juntos.
—¿La señora Jeon no vino a laborar el día de hoy? —le preguntó Han Gyeol, extrañado por la ausencia.
—Pidió una licencia médica de urgencia, director Seo —reveló el asistente.
—¿Licencia médica? ¿Acaso está enferma?
—No. Su hijo pequeño fue sometido a una cirugía mayor hace unos días, pero lamentablemente ella ya no pudo seguir pagándole a la asistente privada que cuidaba al niño en el hospital y tuvo que asistir en persona. También me enteré de que se le estaba dificultando de gran manera cubrir los gastos hospitalarios del pequeño —le comentó el secretario Choi en voz baja, aprovechando la privacidad del elevador.