CAPITULO X: (수호자) La Guardiana
En los días siguientes de la semana, ambos se evitaron por completo dentro de la gran residencia, adoptando la estricta dinámica de esperar en silencio a que él se marchara por las mañanas para recién salir a la cocina, y regresar corriendo a la habitación de huéspedes antes de que él volviera de su jornada laboral en la corporación.
El jueves por la noche, Han Gyeol llegó finalmente a la casa; dejó su maletín sobre el sillón de la sala de estar y caminó por el pasillo para tocar con suavidad a la puerta de Seo Yun. Ella abrió con timidez, manteniéndose en el umbral.
—Mañana por la tarde iremos a la mansión de mi abuelo para presentarte formalmente como mi novia —anunció él con una voz fría y distante.
—Sí, señor Seo. Entendido —contestó ella, haciendo una pequeña reverencia protocolar en señal de aceptación.
—Hasta mañana entonces —concluyó él.
Regresó a la sala de estar, tomó su maletín y, encaminándose hacia la barra de la cocina, desplegó varios documentos financieros junto con su computadora portátil para continuar con sus deberes pendientes.
Era ya bastante tarde en la madrugada cuando Seo Yun se levantó con la intención de tomar un vaso de agua en la cocina, dándose cuenta al cruzar el pasillo de que Han Gyeol seguía trabajando arduamente allí. Se le veía profundamente cansado y agotado; sin embargo, la inmensa concentración que tenía en los balances no permitió que se percatara de la presencia de ella en la estancia. Seo Yun, movida por la compasión, colocó agua en la tetera y preparó un té caliente para ambos. Colocó el pocillo de cerámica a un lado de su computadora de forma silenciosa, sin decirle una sola palabra para no interrumpirlo, y se sentó en uno de los bancos altos.
Han Gyeol volteó a verla de golpe, sorprendido por el aroma de la infusión.
—¿Por qué todavía está despierta a estas horas, señorita Kim? —le preguntó, suavizando el semblante.
—Tenía un poco de sed. No sabía que estaría trabajando aquí a esta hora, disculpeme —respondió ella en un susurro.
Él tomó la taza entre sus manos y le dio un sorbo pausado al líquido caliente.
—Sabe muy bien, gracias —dijo, sintiéndose reconfortado por el gesto. Luego, la miró fijamente—. Vaya a dormir de una vez, señorita Kim. Ya casi termino con estos informes de la oficina.
Seo Yun terminó de beber su té en silencio, se levantó de la barra y le hizo una pequeña reverencia de buenas noches antes de retirarse a descansar.
A la mañana siguiente, el viernes del almuerzo crucial, la señora Park ya tenía completamente listo el desayuno sobre la mesada. Han Gyeol salió de su recámara vistiendo un traje impecable de tres piezas y se sentó en la barra.
—¿Y la señorita Kim? —preguntó de inmediato al notar su ausencia.
—Joven Seo... la señorita Kim siempre se encierra y espera pacientemente a que usted se retire de la propiedad para recién salir de su alcoba. Lo hace para cumplir su palabra y no incomodarlo —le reveló en voz baja el ama de llaves, con un matiz de reproche hacia su rigidez.
Han Gyeol guardó silencio, sintiendo una punzada de culpa en el pecho. Se levantó de inmediato del banco, caminó hacia el pasillo de huéspedes y tocó con firmeza a la puerta de Seo Yun. Ella abrió tímidamente, aún descalza.
—Salga de ahí de una vez. ¿Acaso no piensa desayunar el día de hoy? —cuestionó Han Gyeol, intentando camuflar su preocupación con impaciencia.
—No tengo mucho apetito, gracias. Desayune usted con tranquilidad —le dijo ella con una voz trémula y tímida.
Han Gyeol no aceptó la negativa; la tomó con firmeza pero con sumo cuidado de la muñeca y se la llevó consigo de regreso hasta la barra de la cocina, obligándola a ocupar uno de los asientos.
—Necesito ir primero a la oficina corporativa a resolver unos asuntos urgentes de la planta de ensamble. De ahí partiremos directamente en el automóvil hacia la casa de mi abuelo; recuerda que nos esperan puntualmente para la hora del almuerzo —le explicó de forma ejecutiva, sirviéndole una porción de alimento caliente.
—Veo que ustedes dos se están llevando muchísimo mejor —comentó la señora Park, terminando de llevar los últimos acompañamientos a la mesada con una sonrisa de satisfacción.
—¿Pasará por ustedes el secretario Choi para llevarlos? —preguntó de inmediato el ama de llaves, acomodando los utensilios.
—No, nos iremos de aquí directamente en mi automóvil. El secretario Choi llegará directo a la oficina corporativa por su cuenta —aclaró él, manteniendo su tono firme y ejecutivo.
Terminando de desayunar, Han Gyeol miró de reojo a Seo Yun y le indicó de forma seria que fuera a cambiarse y a arreglarse de inmediato; le advirtió que la esperaría pacientemente en la sala de estar para no perder más minutos de la agenda.
Después de casi media hora de tensa espera, Seo Yun salió finalmente de la habitación de huéspedes luciendo un aspecto verdaderamente deslumbrante. Vestía el fino atuendo de tweed beige y negro de la boutique exclusiva, el cual estilizaba su figura de manera perfecta. Caminaba con gracia sobre unos tacones altos y llevaba unos elegantes pendientes de oro que hacían un juego impecable con su gargantilla. Traía el cabello semirecogido, delicadamente peinado, y su rostro lucía un maquillaje sutil y profesional que resaltaba su belleza natural sin apagar la pureza mística de sus facciones.
Han Gyeol, en cuanto la vio cruzar el pasillo del vestíbulo, se puso de pie y se quedó completamente hipnotizado al instante; sus ojos oscuros devoraron su silueta en un absoluto silencio, perdiendo la compostura por completo, hasta que el ama de llaves interrumpió el rumbo de sus pensamientos elogiándola con entusiasmo.
Han Gyeol condujo con destreza a través de las transitadas avenidas hasta el complejo corporativo de la compañía. Se estacionó justo frente a la imponente entrada principal de la torre de cristal y el encargado del servicio de estacionamiento se apresuró a abrirle la puerta tanto a él como a Seo Yun.