CAPITULO XI: (형제의 난) Rivalidad de Hermanos
Seo Yun estaba sumida en un sueño sumamente profundo y pesado, ajena por completo al mundo exterior debido al desgaste de su energía espiritual. Han Gyeol, tras haber conducido de regreso a la residencia grande con el pulso acelerado, la había acomodado con infinito cuidado en la cama de la habitación de huéspedes y la había cobijado suavemente para resguardarla del frío. Se sentó a un lado de ella en el borde del colchón, cuidando minuciosamente cada uno de sus movimientos para no despertarla de su letargo. Le acomodó con delicadeza una hebra de cabello desordenada sobre la frente y la observó durante un largo instante en mitad de la penumbra de la alcoba.
—Gracias por salvar mi vida, señorita Kim —susurró en un hilo de voz inaudible mientras la miraba con una ternura inmensa que ya no tenía la menor intención de ocultar.
El joven empresario estaba tan exhausto debido a la descarga de adrenalina del atentado en la carretera y la posterior huida, que el cansancio terminó por vencerlo; se quedó profundamente dormido apoyando con pesadez la cabeza en el borde de la cama de ella, custodiando su descanso hasta el amanecer.
A la mañana siguiente, Han Gyeol despertó sobresaltado con la claridad del nuevo día que comenzaba a filtrarse a través de las cortinas. Se incorporó a pasos lentos, sintiendo el cuerpo entumecido y acalambrado por haberse quedado dormido en una postura tan incómoda durante toda la madrugada. Observó de inmediato a Seo Yun, percatándose de que aún dormía de manera profunda, calmada y con una respiración rítmica que le devolvió la tranquilidad al alma. Se levantó suavemente para no hacer el menor ruido y comprobó la temperatura de ella posando con delicadeza la palma de su mano sobre la frente; para su alivio, estaba completamente normal. Acomodó la manta sobre sus hombros con total esmero y se retiró de la habitación en absoluto silencio, entornando la puerta con cautela.
Después de darse una ducha, se sentó en el banco de la cocina recordando las imágenes de lo que había ocurrido el día anterior.
—Definitivamente no fue una casualidad lo del camión —reflexionó con gravedad, uniendo los hilos de la emboscada familiar.
Caminó a pasos rápidos hacia la cochera y sustrajo la tarjeta de memoria de la cámara de seguridad ubicada sobre el espejo retrovisor de su automóvil deportivo. De regreso en la barra de mármol, la introdujo en un adaptador para ver la grabación en su computadora portátil y buscó la fecha y hora exactas en las que regresaban el día anterior de la mansión. Observó todo el video digital desde el inicio de la persecución vial.
—Realmente ella es asombrosa —susurró para sí mismo al contemplar en la pantalla la estela de luz azul deteniendo el impacto de la masa de metal.
Miró la grabación varias veces en busca de pistas que lo condujeran de forma directa hacia la identidad de sus atacantes. Después de fijarse en la filmación detenidas veces, pausándola y deteniéndola una y otra vez en alta definición, logró visualizar con nitidez la matrícula del camión de carga. Rápidamente anotó el número de la placa en un bloc de notas digital.
—No puedo ir bajo ninguna circunstancia a la policía con este video. Si las autoridades examinan estas imágenes, pondría en un extremo y absoluto peligro la identidad de la señorita Kim —concluyó de forma analítica, protegiendo su anonimato.
Respiró profundo, sintiendo que un frío helado le recorría la espalda al recordar su parálisis en el asfalto.
—¿Por qué esa escena me hizo recordar con tanta fuerza el accidente de mis padres? —se cuestionó en un susurro cargado de dolor y desamparo.
Han Gyeol se quedó varias horas frente a la computadora tratando de rastrear en los servidores corporativos al dueño del camión, pero no pudo hallar nada claro.
—La señorita Kim lleva demasiado tiempo dormida —reflexionó con preocupación al verificar la hora en su reloj de pulsera.
Preparó con esmero unas gachas de avena calientes para asentar el estómago y fue hacia la habitación de huéspedes de Seo Yun. Apoyó la bandeja en la mesita auxiliar a un lado del colchón y se sentó de nueva cuenta al borde de la cama.
—Señorita Kim —le llamó suavemente, rompiendo el silencio.
Seo Yun no despertaba de su letargo profundo.
—Señorita Kim, por favor despierte —insistió de manera más cercana.
Tras varios intentos, ella finalmente entreabrió los ojos con mucha dificultad, sintiendo el cuerpo pesado debido al drenaje de su poder místico.
—Señorita Kim, le traje algo de comer para que recupere sus fuerzas —le dijo él, extendiéndole el tazón.
Ella lo observó con ojos visiblemente cansados y agotados.
—Solo debo descansar un poco más... mi energía volverá —le dijo con una voz casi inaudible que reflejaba su debilidad.
—¿De verdad estará bien? —cuestionó Han Gyeol sumamente preocupado por la advertencia médica sobre su corazón.
Ella asintió levemente con la cabeza, cerrando los ojos para entregarse de nuevo al sueño. Han Gyeol le acomodó la cobija sobre los hombros con infinito cuidado y se retiró en un absoluto silencio, llevándose la bandeja de regreso a la cocina.
En la noche, Han Gyeol cenó a solas en la barra y se asomó con extremo cuidado a la habitación de Seo Yun, pero ella aún permanecía sumida en un letargo profundo. Más tarde, acostado en su propia cama, no dejaba de darle vueltas al accidente de sus padres y al brutal ataque en la carretera, intentando descifrar el rompecabezas. Finalmente, ya en la madrugada, el cansancio lo venció y se quedó dormido.
A la mañana siguiente, se despertó sobresaltado por la intensa vibración de su teléfono celular sobre la mesita de noche.
—¿Yeoboseyo? —contestó con la voz ronca, aún un poco adormilado.
—Han Gyeol, ¿se encuentra bien Seo Yun? —le preguntó Nam Sun de forma directa desde el otro lado de la línea, con un tono cargado de angustia.