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La leve brisa que entraba por la ventana del carruaje olía a sal y le revolvía el cabello plateado a Noah Baker. Llevaba en las manos un sobre amarillento con su nombre y un pomposo sello de lacre rojo que tenía grabadas las letras «AV». Era lo único que parecía tener color en todo el trayecto. Afuera, el mar, el cielo, la playa y las rocas parecían estar pintados con el mismo gris.
Mora, su tutora, había insistido en que aceptara. «Tres años y podrás trabajar a mi lado», le había dicho con una sonrisa coqueta, guiñándole un ojo. «Un buen puesto, un buen lugar», la promesa de comodidades y «todo lo que no tienes ahora» eran lo único que él tenía en mente.
El carruaje se detuvo al pie de un peñasco, sobre el que se alzaba la silueta oscura de un antiguo castillo. El conductor, un viejo de piel grisácea y apariencia cansada, se bajó a abrirle la puerta.
—Baja ya, muchacho. La ceremonia de inicio de año ha de haber empezado.
Noah bajó del carruaje. Delante de él se encontraba una enorme puerta de roble con el mismo sello del sobre tallado en la madera. Por encima del muro que la rodeaba, se erigía el castillo con torres que, a sus ojos, se superponían de manera imposible.
—¿Qué hay de mi equipaje? —inquirió el muchacho. Se imaginó subiendo a cualquiera de esas torres cargando una maleta sin ruedas y le pareció ridículo.
El viejo ladeó la cabeza, como si la pregunta misma no tuviera ningún sentido.
—No te preocupes por nimiedades —respondió—. La maleta estará en tu cuarto de todos modos.
El hombre se subió de nuevo al carruaje, masculló algo sobre los becados y, después de arrear los caballos, avanzó unos metros más hasta perderse entre la bruma.
Noah se quedó mirando la puerta un momento. Bueno, casi un minuto. No sabía si debía tocar o simplemente pasar, y justo cuando por fin levantó el puño, la puerta se abrió sola. El chirrido lo hizo mirar a todos lados. De repente sintió que estaba entrando a hurtadillas.
Al otro lado de la puerta se encontraba una mujer de cabello rojo como el cobre. Llevaba un vestido esmeralda ceñido al cuerpo que llegaba hasta sus tobillos. Después de tanto gris, los colores vivos hicieron que sus ojos le dolieran.
—Imagino que es el señorito Baker, ¿verdad?
—Sí, soy...
—Llega tarde.
Antes de que pudiera protestar, la mujer dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el castillo. Noah se quedó clavado en el umbral. Un impulso que no pudo controlar hizo que su mirada se posara en el vaivén de sus caderas. Sintió un golpe invisible, un viento que lo empujaba hacia atrás. Ella ya se había detenido y lo fulminaba con la mirada por encima del hombro.
—Señorito Baker, por favor, sígame.
Noah pudo ver cómo el cabello ondulado de la mujer se elevaba en el aire, como si tuviera vida propia.
Ella aclaró la garganta. La melena volvió a su sitio y la mujer reanudó su marcha. Noah la siguió por el patio, esforzándose por mantener la vista en cualquier otra parte.
Por el camino trataba de descifrar qué clase de arquitecto podría diseñar torres que se doblaban sobre sí mismas, o qué jardinero lograría delfinios de colores tan opacos.
Salió de sus pensamientos cuando la mujer se detuvo frente a la entrada del castillo. Las puertas eran tres veces más grandes que la anterior y, para suerte de Noah, estas estaban abiertas. En el marco de piedra estaban grabadas las palabras «Academia Vesperhall para Herencia Distinguida».
—Bien —dijo la mujer—, quiero disculparme por la falta de cortesía con usted, pero rara vez tenemos un caso como el suyo.
Noah dirigió su mirada hacia ella. La mujer veía al frente.
—Soy madame Rose —continuó—, y soy la encargada de las admisiones. Usted —dijo, esta vez viendo a Noah de arriba abajo— fue admitido a última hora por nuestro programa de becas, según tengo entendido.
—Así es —respondió él, sintiendo la necesidad de no quedarse hundido entre tantas palabras.
—La ceremonia de apertura ya terminó. A pesar de eso, puedo decir que usted estará asignado a la casa Hollow durante toda su estadía en nuestra academia, que, como imagino habrá leído en la carta que se le envió, durará tres años.
Noah miró el sobre que tenía en su mano. Hizo una leve mueca sabiendo que apenas había ojeado la carta y volvió la mirada a madame Rose.
—Como sea —dijo ella, como si hubiera leído la mente del chico—, el estudio y la colaboración entre especies son nuestro mayor orgullo. Independientemente de su origen, la Academia espera grandes cosas de todos sus estudiantes.
Él no sabía si responder o seguir callado como un tonto.
—Evidentemente —continuó la mujer mientras daba unos pasos—, dada su condición, es probable que haya un poco de recelo en el estudiantado. Recomendaría no darle tanta importancia.
Noah arqueó una ceja ante tal advertencia.
—No tengo nada más para decirle. Puede pasar a la primera puerta a la derecha. En este momento se está llevando a cabo el banquete de bienvenida.
Noah avanzó dejando atrás a madame Rose y se paró frente a la puerta del comedor. Al otro lado, se oía el murmullo de los estudiantes. Él suspiró. Todo lo que había pasado en los últimos meses lo agobiaba y lo notó cuando le tembló la mano antes de abrir la puerta.
Apenas llevaba unos meses siendo vampiro. Mora le había enseñado a dominar la sed y a pasar desapercibido, y poco más. Ahora estaba muy lejos de lo que alguna vez había sido su casa y se sentía demasiado solo.
Sus dedos pálidos empujaron suavemente la puerta.
Todos callaron cuando lo vieron cruzar el umbral.
Noah sintió el peso de todas las miradas. Era, más bien, un peso físico. Podía sentir la sombra de cada uno de los alumnos y de los profesores que se encontraban en el salón. Él las llamaba «auras», pero era algo que le avergonzaba confesar en público.
Levantó la vista y pudo ver el comedor dividido en cuatro zonas, cada una identificada con una letra y un color. Distinguió la letra «H» en un fondo negro y avanzó hasta ahí mientras los ojos de todo el mundo lo seguían en su marcha.