Las sirenas no se acercaron. Talía se quedó escuchándolas desde su escondite durante un largo rato, con la espalda pegada al tronco caído y las rodillas contra el pecho, y comprendió con una especie de asombro helado que aquel sonido venía de muy lejos, de otra carretera, de otro mundo en el que la gente todavía tenía accidentes normales y problemas que se resolvían con un parte de seguro. El aullido se fue debilitando hasta convertirse en un hilo, y después ya no quedó nada, solo el goteo de las ramas y el rumor del bosque despertándose bajo una luz gris que parecía filtrada a través de una sábana sucia.
Le tomó mucho tiempo ponerse de pie. Las piernas no le respondían, y cuando por fin lo consiguió tuvo que apoyarse en el tronco mientras la sangre le volvía a los pies con un hormigueo doloroso. Estaba empapada hasta los huesos. El barro le cubría los zapatos, los pantalones, las manos, y debajo del barro, en los pliegues de las palmas, en el borde de las uñas, había otra cosa, más oscura, que ya se había secado. Se quedó mirándola. Había visto sangre ajena en sus manos cientos de veces, pero siempre dentro de guantes, siempre con un propósito, siempre con una mesa limpia debajo y un equipo entero respirando a su alrededor. Aquella sangre era distinta. Aquella sangre no había servido para nada.
Se limpió las manos contra la hierba mojada, frotando con una obstinación casi violenta, hasta que la piel le ardió. No consiguió quitarlo del todo. Entonces se obligó a hacer lo único que sabía hacer cuando el mundo se desmoronaba, que era ordenar las cosas en una lista y atacarlas una por una.
Primero, inventario. Llevaba puestos unos pantalones grises, un jersey de lana que le quedaba grande y una chaqueta de tela fina, todo ello de la bolsa de plástico que había dejado la cárcel en sus manos y que ahora debía de estar en el asiento trasero de un sedán de alquiler lleno de huellas, o más probablemente en manos de los hombres que la buscaban. Sobre el jersey, porque la noche anterior había hecho frío y se lo había puesto a la fuerza durante la carrera, llevaba el abrigo de María. Era un abrigo largo de lana color camello, de corte impecable, con una manga manchada de café y un forro de seda interior que olía a un perfume ligero, a lavanda y a algo más, algo cálido que Talía no supo nombrar y que le cerró la garganta. En los bolsillos encontró lo que había visto en la huida y poco más. La cartera de cuero con la tarjeta sanitaria, la licencia médica, la fotografía de la madre sonriente y el pasaporte ruso con su sello de residencia. Un paquete de pañuelos arrugado, el mismo con el que la noche anterior se había secado las lágrimas. Un teléfono con la pantalla agrietada que, al encenderlo, pidió una huella o un código y se negó a decir nada más. Lo apagó de inmediato, con las manos temblando, convencida de que cualquier cosa que tuviera batería podía delatarla.
Después, el sobre. Lo había guardado dentro del jersey, pegado a la piel, y al sacarlo comprobó que seguía intacto. La llave pequeña de metal, la tarjeta de memoria, la nota doblada en cuatro. La leyó de nuevo, a pesar de que ya se la sabía de memoria.
Si estás leyendo esto, ya no soy yo quien debe seguir con vida. Sé tú, Talía, hasta que él te encuentre.
Había algo que no encajaba y lo notó recién entonces, con la mente un poco más despejada. María había escrito esa nota antes de conocerla. Era imposible. Hasta hacía unas horas, Talía había sido para ella una desconocida en una estación de tren. Sin embargo, el sobre que le había puesto en las manos contenía una nota con su nombre. Se quedó muy quieta, con el papel entre los dedos, y sintió que un frío nuevo le subía por la espalda, distinto al de la lluvia.
O María había escrito aquellas palabras durante el viaje, mientras Talía conducía y ella parecía dormitar con la cabeza apoyada en la ventanilla, o las había escrito mucho antes, para otra persona, para cualquier persona, y había cambiado el nombre en el último momento. Ninguna de las dos posibilidades le gustó. Lo primero significaba que María había sabido, desde la primera hora, que algo así podía pasar. Lo segundo, que había estado esperando a alguien a quien entregarle aquel peso, y que Talía, con su bolsa de plástico y su historia de cárcel, había sido solo la primera candidata disponible.
Guardó la nota y apartó el pensamiento. No tenía fuerzas para cuestionar a una muerta.
Tardó casi una hora en encontrar un camino. Siguió el sonido del agua, que la llevó a un arroyo estrecho, y siguió el arroyo hasta un sendero de grava que bordeaba una granja con tejado rojo y un perro atado que ladró dos veces y luego se calló, mirándola con una extraña compasión. Pasó frente a la casa sin detenerse, agachada, con el corazón en la boca. Al otro lado de unos campos de maíz recién segado había una carretera comarcal, y en la carretera, una parada de autobús con un cartel descolorido que anunciaba un único servicio cada dos horas.
Se sentó en el banco de la parada, con las manos apretadas entre las rodillas, y esperó. Pasaron un tractor, una furgoneta de reparto y un hombre en bicicleta que le dio los buenos días con una cordialidad espantosa. Talía le respondió con un hilo de voz. Pensó que debía de tener un aspecto lamentable, el pelo pegado a la cara, la ropa embarrada, los ojos hundidos, y que cualquiera que se fijara bien llegaría a la conclusión correcta, que era la de una mujer que acababa de escapar de algo. Pero la gente, descubrió, no se fija bien. La gente mira lo justo para decidir que no es asunto suyo.
El autobús llegó con veinte minutos de retraso. El conductor, un hombre grueso de bigote gris, la miró de arriba abajo sin decir nada, aceptó su billete en efectivo y le señaló con la barbilla el fondo del vehículo. Talía se acomodó en el último asiento, pegada a la ventanilla, con el abrigo de María cerrado hasta el cuello. Durante casi una hora el autobús se arrastró por pueblos dormidos, recogiendo ancianas con bolsas de la compra y estudiantes con auriculares, y ella contó cada parada como quien cuenta las cuentas de un rosario. Con cada kilómetro, el terror de la noche se fue transformando en otra cosa, más lenta, más espesa, una especie de entumecimiento que la dejó sin pensamientos. Hasta que, a la altura de una estación de tren de provincias, alguien subió con un periódico bajo el brazo y lo dejó abandonado en el asiento delantero.
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Editado: 01.11.2026