Los primeros cuarenta minutos transcurren en el trámite habitual. Traduzco de forma automática, precisa, sin esfuerzo extra, y eso me tranquiliza, porque crea la ilusión de que este caso no es distinto de todos los demás.
La lectura de cargos es la fórmula de siempre, que ya he oído en decenas de juicios. Los derechos del acusado, la composición del tribunal, el orden del día. Nada complicado.
Oigo su voz por primera vez cuando confirma su identidad.
—Damián Moreno.
Dos palabras. Voz grave, serena. Pronuncia su propio nombre como si fuera un hecho, no una presentación. Como si no viera motivo para añadir nada a lo que ya es evidente.
Traduzco al inglés para el acta de los representantes europeos. Nada difícil. Nada que debería hacer que mis dedos aprieten el bolígrafo.
Y, sin embargo, lo aprietan con fuerza.
El juicio prosigue. El ayudante del fiscal Salve —alto, nervioso, con esa manera de hablar como si cada frase terminara en un signo de exclamación— expone los cargos. Yo traduzco para el representante de Europol. Él escucha, o finge escuchar muy bien.
Luego llega la primera pregunta directa a Moreno. La jueza Marini la formula con voz tranquila:
—Señor Moreno, ¿confirma que comprende los cargos que se le imputan y sus derechos en el marco de este proceso?
Es lo habitual. Todo acusado responde «sí» o «lo confirmo» y seguimos adelante.
Él calla.
Un segundo. Dos. Tres… y noto que la sala empieza a respirar de otra manera. La jueza espera. Mantengo el dedo sobre el botón del micrófono.
Él responde.
Despacio, con claridad. Cada palabra por separado, como si la pesara en una balanza invisible antes de soltarla.
—Comprendo lo que se me imputa. También comprendo quién lo imputa y con qué propósito.
La sala se queda en silencio. Oficialmente ha confirmado que entiende los cargos, y jurídicamente basta. Pero la segunda frase —«quién lo imputa y con qué propósito»— no habla del tribunal ni del procedimiento. En la pausa antes de «propósito», en la leve inclinación de cabeza, en la mirada que dirige no a la jueza sino un poco más a la derecha, donde está el fiscal, hay un segundo nivel. Un trasfondo que la mayoría de la sala no captará.
Pero yo sí.
Tengo tres opciones para traducir al inglés para los representantes internacionales.
La primera: literal. «I understand what is being presented to me. I also understand who is presenting it and why.» Exacta, pero solo transmite el contenido, sin el tono. Sin ese «propósito» pronunciado como un bisturí.
La segunda: completa. Transmite el contenido, el trasfondo, la entonación y la amenaza que no es amenaza pero se siente como tal. Aunque entonces revelaría que oigo más de lo que debería. Que entiendo el segundo nivel. Y dejaría de ser una simple función del tribunal para convertirme en su voz.
La tercera: neutra. Entre la primera y la segunda. Lo bastante precisa para ser honesta. Lo bastante contenida para que nadie pregunte por qué la intérprete añade al texto algo que no estaba en el original.
Los dedos sobre el teclado. La garganta seca.
Opto por la tercera.
—Comprendo los cargos que se me imputan. También comprendo el contexto en que se presentan.
«Contexto.» Ni «quién» ni «por qué», sino contexto: una palabra neutra que puede significar todo y nada. Segura, correcta, profesional. ¿Qué más se puede pedir?
Lo digo con voz firme y no puedo creer que suene normal, porque por dentro nada es normal. El corazón late en las sienes. Las manos están tranquilas, la voz serena. Cuerpo y mente separados, y eso me asusta más que cualquier otra cosa hoy.
Levanto la vista.
Él mira hacia la cabina. Hacia mí.
Y sonríe apenas, con una comisura. No para la sala. Solo para mí. Esa sonrisa suaviza por un instante su aspecto depredador, su dureza, pero si envuelves un cuchillo en terciopelo, sigue siendo un cuchillo.
Ha entendido lo que he hecho. Ha captado que elegí… y que podía haber elegido otra cosa.
Un escalofrío me recorre desde la nuca hasta la base de la espalda. No es frío. Es algo que no tiene nombre en ninguno de los idiomas que conozco. Lo he comprobado. Sin querer.
Acabamos de pactar algo sin decir una sola palabra.
***
La sesión termina a la una. La jueza Marini anuncia un receso hasta el miércoles y la sala empieza a vaciarse, despacio, como el agua de una bañera.
Recojo mis cosas. Metódicamente, como siempre: cuaderno en el bolso, bolígrafos en el estuche, auriculares en su funda. Comprobar que el micrófono está apagado. Comprobarlo dos veces.
Salgo por la entrada de servicio: un pasillo estrecho, luz fluorescente, olor a lejía y linóleo viejo. Nunca hay nadie aquí, salvo la limpiadora, siempre concentrada y que nunca saluda. Como siempre, me detengo a entregar las notas de la traducción y, por fin, salgo por el segundo pasillo hacia el vestíbulo.
Junto al ascensor hay un guardia, pero no el habitual. Otro, más joven, con un traje caro que no pega con un vigilante de juzgados. Me tiende un sobre.
—Para la intérprete —dice. Sin nombre ni explicaciones.
Por un instante mi mano tiembla, pero aun así cojo el sobre de forma automática, sin pensar. Él se marcha. Me quedo mirando el rectángulo blanco entre mis manos.
El ascensor se abre.
Abro la hoja solo cuando las puertas se cierran. No está impresa; está escrita a mano. Letra clara, segura, sin prisas ni tachones. Como si la persona supiera lo que iba a escribir antes incluso de coger el bolígrafo.
«Eres la única que traduce el sentido, no las palabras.»
No hay firma.
Las manos me tiemblan. Me doy cuenta y me enfado conmigo misma. Tiemblan por una sola frase, por una hoja de papel escrita por no sé quién… aunque ¿a quién engaño? Sé perfectamente quién. Reconozco esa letra, aunque la vea por primera vez. Escribe igual que camina: despacio, con intención, sin adornos.