El eco de las palabras de Morando aún vibraba en el concreto del patio cuando los instructores comenzaron a empujar a los estudiantes de primer año hacia los pabellones subterráneos. La poca luz solar que quedaba desapareció en cuestión de segundos al descender por los peldaños de piedra, sustituida de inmediato por el zumbido parpadeante de tubos fluorescentes que proyectaban sombras alargadas y grotescas sobre los muros desnudos. El olor a humedad acumulada, polvo antiguo y metal oxidado se volvía cada vez más denso en el ambiente, recordándoles en cada paso que aquello no tenía el menor parecido con un campus universitario.
La distribución de los dormitorios fue rápida, rígida y sin el menor espacio para reclamos o preguntas. A Mia le asignaron una celda estrecha en el subsuelo tres, un espacio austero con dos literas de metal rústico, un armamento metálico y paredes de hormigón gris marcadas por finas grietas. Al entrar arrastrando su pesada mochila, descubrió que compartiría espacio con Zara y Elizabeth.
—Al menos no nos tocó en alas separadas —dijo Zara, rompiendo el tenso silencio mientras arrojaba su equipaje en la litera inferior y se quitaba los anteojos para limpiarlos con la esquina de su camiseta—. Soy Zara. Y él es mi hermano Zack, aunque por suerte a los hombres los mandaron al pabellón del fondo.
—Mia... —murmuró la chica de cabello blanco, manteniendo la cabeza agachada mientras acomodaba con sumo cuidado su libreta sobre la pequeña mesa metálica de la esquina—. Un placer conocerlas.
—No dejes que el ambiente te asuste, Mia —intervino Elizabeth, acercándose con paso suave y una sonrisa infinitamente cálida. Colocó una mano delicada sobre el hombro de la joven con una empatía tan pura y sincera que hizo que Mia respirara con cierta tranquilidad por primera vez en todo el día—. Todo esto debe ser una prueba de carácter. Las instituciones de élite suelen presionar al límite los primeros días para ver quién destaca y quién se rinde. Yo soy Elizabeth, y si necesitas cualquier cosa, aquí estoy para apoyarte en lo que sea.
Mia alzó la vista y se topó con los inusuales ojos amarillos de Elizabeth, brillantes y llenos de comprensión humana. La calidez transparente en su voz le dio un alivio real en medio del pánico colectivo que se respiraba en el pasillo.
A las cinco de la mañana en punto, una sirena ensordecedora retumbó por los conductos de ventilación, haciendo vibrar las paredes de los dormitorios. Sin tiempo para procesar el cansancio acumulado o lavarse la cara, los reclutas fueron conducidos a empujones a la explanada principal para su primer entrenamiento táctico bajo el mando de los alumnos de años superiores y los oficiales de la academia.
El circuito de resistencia era un verdadero castigo físico. Arrastrarse por fango bajo estructuras de madera con alambre de púas, escalar muros de tres metros de superficie lisa y correr en terreno irregular con sacos de arena a la espalda formaban parte del protocolo inicial.
En medio de la pista de obstáculos, Nick corría a un ritmo constante al lado de Jade, aprovechando cada tropezón de ella para soltar un comentario mordaz.
—Vamos, estratega —la provocó Nick con una sonrisa de medio lado, limpiándose el sudor de la frente sin perder el paso—. Pensé que alguien de segundo año tendría mejor condición física. ¿Te pesan los libros o es falta de costumbre?
—Cállate la boca, rubio —respondió Jade sin mirarlo, apretando los dientes mientras aceleraba el ritmo para adelantarse un paso firme—. Guarda el aire para cuando Morando te ponga a hacer flexiones con peso extra. No me hagas hacerte quedar mal frente a todos los novatos.
A unos metros de ellos, la tensión entre Zara y Alek era casi palpable. Alek, encargado de supervisar el tramo de escalada junto a otros estudiantes de tercer año, observaba el desempeño de los recién llegados con los brazos cruzados y la espalda erguida. Cuando Zara completó el muro y cayó de pie al otro lado con agilidad notable, sus ojos verdes se cruzaron directamente con la mirada intensa de Alek.
—Técnica deficiente —comentó Alek en voz baja y fría, sin mover un solo músculo de su rostro impecable—. Apoyaste mal el tobillo al descender. Un segundo de retraso en el campo y estás muerta.
Zara se detuvo un instante, acomodándose los lentes con firmeza antes de encararlo a corta distancia, desafiando la marcada diferencia de estaturas.
—Gracias por la observación, pero llegué antes que la mitad de tu equipo de tercer año —respondió ella con la barbilla en alto, sosteniéndole la mirada sin ceder un solo milímetro.
Alek arqueó una ceja, sorprendido por la audacia de la chica de primer año, pero mantuvo su expresión gélida mientras le hacía una seña seca con la cabeza para que continuara la marcha.
Al caer la tarde, durante el breve período de descanso en el patio de maniobras antes del toque de queda, las dinámicas del grupo empezaron a consolidarse.
Zack se acercó al banco de piedra donde Mia intentaba dibujar en su libreta con las manos aún temblando por el esfuerzo físico extremo del día. Se dejó caer a su lado con una soltura relajada, soltando un suspiro exagerado mientras se pasaba la mano por el cabello ondulado.
—¿Sobreviviste al primer día? —preguntó Zack, regalándole una sonrisa cálida que hizo que Mia apretara el lápiz con más fuerza por los nervios—. Vi cómo completaste la carrera. Tienes más agilidad de la que aparentas, eh.
—Yo... no fue gran cosa —murmuró Mia, sintiendo un rubor caliente subiéndole por el cuello—. Casi me caigo en la última curva antes de la meta.
—Pero no te caíste —marcó Zack con un guiño pícaro, inclinándose un poco para ver los trazos de su libreta con genuino interés—. Además, alguien tiene que mantener la moral alta en este lugar de locos. Me llamo Zack, por cierto.
Mia dejó escapar una pequeña risa tímida, la primera en todo el día, sintiendo que por fin encontraba un refugio dulce entre tanto caos.