El toque de queda se anunció a las nueve en punto con tres campanadas profundas, solemnes y metálicas que retumbaron por toda la estructura de concreto de la academia, vibrando contra los cimientos de piedra como un recordatorio constante de encierro. En cuestión de minutos, las luces principales de los pabellones subterráneos se apagaron de golpe, sustituidas por el resplandor intermitente y escarlata de las luces de emergencia, bañando las celdas y los pasillos en una atmósfera tensa y fantasmal.
En el dormitorio del subsuelo tres, el silencio se volvió espeso. Zara dormía plácidamente en la litera inferior, completamente agotada por el esfuerzo físico extremo del día y con los anteojos cuidadosamente doblados sobre la mesa auxiliar. Unos metros más arriba, Elizabeth descansaba con la respiración pausada, su rostro iluminado por el tenue fulgor rojo proyectando una paz angelical e imperturbable. Sin embargo, en la esquina opuesta, Mia no lograba conciliar el sueño. Los muros de hormigón gris parecían cerrarse sobre ella, y el eco del desprecio con el que su hermana Lia la había tratado por la tarde le taladraba la mente, impidiéndole encontrar un respiro.
Buscando una bocanada de aire y un poco de espacio lejos de la claustrofobia de la celda, Mia se deslizó fuera de la cama con sumo sigilo. Tomó su libreta de dibujo y un lápiz, asegurándose de dejar los zapatos a un lado para caminar descalza sobre el frío pavimento. Se escurrió hacia el pasillo desierto y caminó con pasos ligeros hasta encontrar un rincón apartado, sentándose en el nicho de sombra que formaba el hueco de las escaleras de piedra. Allí, acurrucada contra la pared, dejó que la luz roja guiara los trazos suaves de su lápiz sobre el papel rugoso.
No pasó mucho tiempo antes de que unos pasos ligeros y furtivos rompieran la quietud del corredor secundario.
—Vaya, vaya. ¿Con que escapando de las normas de Morando tan temprano, estratega? —una voz masculina, burlona y cargada de una diversión pícara, resonó a pocos pasos.
Mia dio un respingo, ahogando un suspiro y levantando la vista de golpe. Saliendo de la penumbra del pasillo principal aparecieron Nick y Jade. El chico de cabello rubio llevaba la chaqueta desabotonada y una sonrisa traviesa pintada en el rostro, mientras que Jade caminaba a su lado con los brazos cruzados, luciendo una expresión de aburrimiento monumental y rodando los ojos con fuerza ante las ocurrencias de su compañero.
—Cállate la boca, Nick, antes de que nos descubra una patrulla y nos manden al calabozo —masculló Jade con fastidio, tirando levemente de la manga de la sudadera del chico para apurar su paso—. No tengo ninguna gana de limpiar los desagües mañana a las cinco de la mañana por culpa de tus estupideces nocturnas.
—¿Limpiar desagües? ¡Qué falta de romanticismo, Jade! —respondió Nick con una risita contenida, deteniéndose justo frente al rincón donde Mia intentaba ocultarse—. Además, veníamos a inspeccionar el territorio. Aunque veo que no somos los únicos rompiendo la regla número nueve. ¿Qué tenemos aquí? ¿Dibujos prohibidos para calmar el estrés de primer año? —añadió Nick, inclinándose con una confianza descarada y una mirada insinuante hacia la libreta de Mia—. Cuidado, si dibujas al rubio equivocado, podrías encender un fuego que no vas a poder apagar, princesa. ¿O es que extrañas tanto la atención que necesitas buscarla a medianoche en las escaleras?
Las mejillas de Mia se encendieron de inmediato, volviéndose de un rojo intenso mientras abrazaba la libreta contra su pecho con desesperación.
—Yo... yo solo... no podía dormir... —balbuceó Mia, sintiendo que la vergüenza la consumía bajo la intensa mirada de Nick.
—Déjala en paz, idiota —intervino Jade con un suspiro pesado, dándole un codazo certero en las costillas a Nick—. No todos tienen tu talento para andar de payaso por los pasillos a la hora prohibida. Vámonos ya, antes de que me arrepienta de haberte seguido hasta aquí.
—Ya voy, ya voy, celosa —bromeó Nick guiñándole un ojo a Jade, aunque una sonrisa genuina suavizó su expresión. Sin darle tiempo a responder la provocación, Nick le tomó la mano a Jade con naturalidad, entrelazando sus dedos con firmeza, y salió corriendo a toda velocidad por el pasillo oscuro entre risas ahogadas, arrastrando a la chica tras de sí.
Jade rodó los ojos una última vez hacia Mia, resignada, mientras dejaba que Nick la guiara perdiéndose rápidamente entre las sombras del pabellón superior.
El eco de sus pasos se desvaneció, dejando a Mia nuevamente sola en el hueco de las escaleras. Intentó calmar los latidos acelerados de su corazón y retomó el lápiz, pero la tranquilidad duró pocos segundos.
—Dibujas bastante bien para estar rompiendo la regla número nueve —murmuró otra voz masculina, esta vez mucho más cerca, haciéndola dar un salto definitivo.
Al girar el rostro sobresaltada, Mia encontró a Zack agazapado en la penumbra del mismo rincón. El chico llevaba una sonrisa de medio lado, los ojos verdes brillándole con una travesura inconfundible y la chaqueta ligera apoyada flojamente sobre los hombros.
—¡Zack! ¿Qué haces aquí? —susurró Mia aterrada, bajando la voz al límite absoluto y conteniendo el aliento—. Si los guardias te pillan rondando el pabellón de chicas, te van a castigar de verdad.
—Tranquila, pequeña. Nick y yo nos libramos de la patrulla del fondo antes de que empezaran a buscar problemas —respondió Zack con un guiño cómplice, dejándose caer a su lado sobre el frío piso de piedra sin pedir permiso ni apartar la vista de ella—. No podía dormir. Y tenía la corazonada de que tú tampoco estabas rindiendo culto al insomnio por casualidad.
Mia apretó la libreta contra su regazo, sintiendo que el calor en sus mejillas aumentaba a niveles peligrosos.
—Solo... no podía dejar de pensar —confesó en un susurro apenas perceptible, bajando la mirada hacia el suelo polvoriento—. Todo esto se siente mal, Zack. La forma en que nos miran los instructores, el encierro, las reglas tan absurdas... Mi hermana ni siquiera quiso dirigirme la palabra hoy. Siento que estorbo en todas partes, como si no encajara en ningún lado.