A primera hora de la mañana, la sirena no anunció el entrenamiento físico habitual en la explanada. En su lugar, una orden seca y distorsionada transmitida por los altavoces convocó a todos los estudiantes de primer año a los laboratorios del pabellón médico subterráneo. El ambiente en el pasillo estrecho era sofocante, dominado por un olor penetrante a antiséptico, alcohol y metal frío que se metía por la garganta.
Los reclutas fueron colocados en una fila militar rígida frente a las salas de evaluación. Médicos con batas blancas impecables y rostros cubiertos por mascarillas ajustaban jeringas con un líquido denso y verdoso que los oficiales justificaban sin parpadear como una "inmunización sanitaria obligatoria del complejo".
Mia permanecía en la fila con la respiración cortada, los nudillos blancos y las manos temblando sin control. La vista de las agujas largas y el recuerdo desgarrador del estudiante herido que vio la noche anterior le provocaron una ola de pánico atroz. El aire parecía no llegar a sus pulmones y el pasillo entero comenzó a girar.
—Avanza, número 402 —ordenó uno de los médicos con voz desprovista de humanidad, sujetándole el brazo con brusquedad para alinearla frente a la camilla.
Mia se paralizó por completo, hiperventilando mientras el terror la cegaba. Unos metros más adelante, Lia observaba la escena junto a Rubí. Lejos de intervenir o mostrar la más mínima compasión por su hermana, Lia simplemente desvió la mirada con un gesto de desdén, acomodándose la chaqueta con elegancia como si el sufrimiento de Mia fuera un espectáculo vergonzoso que arruinaba su estatus.
Antes de que el médico pudiera clavar la aguja en la piel de Mia, una figura rompió la formación sin importar las consecuencias. Zack avanzó a pasos firmes, interponiéndose entre el médico y la chica de un solo movimiento.
—Tranquilo, doctor, déjeme ayudarla primero —dijo Zack en tono firme pero controlado, ignorando la mirada amenazante del guardia que ya llevaba la mano al mango de su vara electrificada.
Zack tomó la mano de Mia entre las suyas, envolviendo sus dedos fríos con una firmeza cálida y humana. Se inclinó ligeramente hasta quedar a la altura de sus ojos lila.
—Mírame a mí, Mia —le susurró Zack con dulzura, sosteniéndole la mirada verde con una intensidad absoluta—. Solo a mí. Ignora las agujas, ignora el lugar y concéntrate en mi voz. No voy a dejar que te pase nada. Estoy aquí contigo.
Mia apretó la mano de Zack con todas sus fuerzas, cerrando los ojos mientras sentía el pinchazo frío en su brazo. La calidez del agarre de Zack funcionó como un ancla en medio de la tormenta, permitiéndole soportar el procedimiento sin colapsar.
Apenas minutos después de recibir la inyección, los primeros efectos extraños comenzaron a manifestarse. Mia sintió una repentina oleada de fiebre abrasadora que le hizo hervir las venas, mientras pequeños mareos distorsionaban su visión. A su lado, Zack apretó la mandíbula al sentir una extraña corriente estática recorriendo los nervios de sus brazos, encendiéndole la piel con pequeñas chispas invisibles. Las mutaciones causadas por los químicos acababan de sembrar sus primeras semillas en secreto.
Al caer la tarde, durante el intervalo de descanso asignado para la limpieza de las instalaciones, el grupo decidió actuar. Marcados por la experiencia de las inyecciones y el terror de la noche previa, Zack, Nick, Mia, Zara y Elizabeth se reunieron discretamente en los pasillos de la antigua biblioteca del complejo.
—Esas inyecciones no son vacunas normales —murmuró Zack en tono bajo, frotándose el antebrazo donde aún sentía un cosquilleo eléctrico insistente—. La directiva médica de este lugar oculta algo grave.
—Tenemos que saber qué hay en ese Nivel 4 y por qué llevan a los alumnos allí —añadió Zara, ajustándose los lentes con determinación—. Si la academia nos está ocultando la verdad sobre las reglas y los castigos, necesitamos encontrar un plano de los conductos o de las salidas de emergencia.
—Yo me encargo de revisar los archivos de cartografía en el nivel superior —se ofreció Zara, dirigiéndose hacia el fondo del recinto de estanterías viejas y libros polvorientos.
Mientras caminaba entre los altos estantes de madera crujiente iluminados por la luz cenicienta del atardecer, Zara buscaba con avidez entre los legajos antiguos. Sin embargo, al dar la vuelta en un pasillo estrecho, chocó de frente contra un pecho firme y rígido.
Alek la sujetó del brazo con una fuerza impecable antes de que pudiera retroceder, acorralándola de golpe contra una de las estanterías de roble. Sus ojos rojos brillaron con una severidad peligrosa en la penumbra.
—¿Se te perdió algo en la sección restringida, novata? —preguntó Alek en un susurro helado y rasposo, inclinándose sobre ella para cortarle cualquier vía de escape.
Zara no dio un solo paso atrás. A pesar de sentir el pulso desbocado por la cercanía física y la presencia imponente del estudiante de tercer año, levantó la barbilla para encararlo cara a cara.
—Solo buscaba un libro de historia —respondió Zara con voz firme y desafiante, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Aunque me da la impresión de que en esta academia la historia la esconden bajo tierra.
Alek redujo aún más la distancia entre sus cuerpos, apoyando las manos a cada lado de la cabeza de Zara contra la madera crujiente. El calor que emanaba del cuerpo de Alek contrastaba de forma brutal con la frialdad de su mirada. Su respiración pausada rozaba la piel del cuello de Zara, haciéndole erizar el vello de los brazos y enviando un calambre eléctrico por su espalda.
—Eres demasiado lista para tu propio bien, Zara —murmuró Alek, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un murmullo íntimo y peligroso. Su mirada bajó un segundo hacia los labios de ella antes de volver a clavarse en sus ojos verdes—. Me fascina esa arrogancia tuya, pero si sigues metiendo las narices en los asuntos de la academia, no vas a llegar viva al final del semestre. Esto no es un juego. Aquí las reglas no se discuten.