Héctor era un crítico de novelas, muy reconocido por ser bastante picante con sus devoluciones y también muy demandado por sus críticas. Generalmente, le mandaban las novelas a su casa o por correo. Él las leía todos los domingos.
Este domingo se encontró con una que le llamó la atención: Jack el destripador.
La leyó, pero le pareció absurda. No le veía desarrollo y el personaje de Jack le parecía ridículo, así que fue a escribir su crítica.
Mientras lo hacía, el libro comenzó a brillar, dejando a Héctor desconcertado. Hasta que, después de unos minutos, la novela por fin dejó de brillar.
Héctor pensó que eso sería lo más raro de su noche.
Pero se equivocó.
Cuando menos lo esperaba, alguien salió de aquel manuscrito: un hombre con una mirada llena de odio que dejó al crítico completamente sorprendido.
Aun así, decidió preguntar:
—¿Quién sos?
Mientras se alejaba poco a poco, el hombre lo miró fijamente y respondió:
—Jack. Jack el destripador. Escuché lo que dijiste... que te parecí ridículo. Y no sabés cuánto me hirvió la sangre. Así que dejame mostrarte de lo que este ridículo es capaz.
Al terminar su frase, comenzó a acercarse a Héctor.
Ante ese acercamiento, Héctor agarró su celular de la mesa y corrió al segundo piso de su casa para esconderse. Entró a la segunda habitación y se escondió en el armario.
Sacó su celular y decidió llamar al 911. Les explicó su situación, pero los policías solo se rieron y comenzaron a hacerle preguntas sobre si había tomado drogas o algo parecido. Finalmente, decidieron dejarlo en espera.
Héctor estaba aterrado. Tenía a un evidente asesino dentro de su casa y no sabía qué hacer.
Pensó:
"¿Qué pasa si me encuentra?"
"¿Qué hago si abre la puerta del armario?"
Pero un ruido hizo que saliera de aquel trance de nervios.
El ruido de una puerta al abrirse.
La puerta de la habitación donde él estaba.
Sintió como si le hubieran tirado un balde de agua fría. Después de que la puerta se abriera, reinó el silencio.
Eso solo estaba volviéndolo loco.
Hasta que escuchó pasos.
Pasos que se acercaban al armario.
Pero nada era más fuerte que los latidos del corazón de Héctor. Sentía como si su corazón fuera a salirse de su pecho.
Y justo entonces, cuando la puerta del armario se abrió...
Héctor se despertó en su sillón de lectura, transpirado y asustado.
Miró sus manos.
Seguía sosteniendo la novela.
Respiró aliviado.
—Solo fue un sueño...
Entonces abrió el libro, volviendo a la página donde estaba escribiendo su crítica.
Pero había algo...
Una frase había aparecido debajo de sus palabras.
«¿Todavía te parezco ridículo?»
Editado: 08.10.2026