¿y si siempre fuiste tú?

Capítulo 1

El primer día de universidad, Emma llegó veinte minutos tarde.

‎No era algo nuevo. Si había una persona capaz de perder las llaves mientras las tenía en la mano, tropezarse con sus propios pies y salir de casa sin recordar si había desayunado, esa era Emma.

‎—¡Perdón, perdón! —murmuró mientras entraba al salón, intentando pasar desapercibida.

‎Por supuesto, no lo consiguió.

‎El profesor levantó la mirada de sus documentos.

‎—Señorita, qué bueno que decidió acompañarnos.

‎Algunos estudiantes soltaron una risita.

‎Emma sintió que las mejillas le ardían.

‎—Perdón, profesor. Hubo mucho tráfico.

‎No era del todo mentira. El tráfico había sido terrible. Lo que no pensaba contarle era que había salido tarde porque no encontraba uno de sus zapatos.

‎—Tome asiento. Y procure que no vuelva a suceder.

‎—Sí, profesor.

‎Emma recorrió el salón con la mirada, buscando desesperadamente un lugar libre.

‎Encontró uno al fondo, junto a un chico de cabello oscuro que estaba mirando su computadora.

‎Perfecto.

‎Caminó hasta allí, dejó caer su mochila sobre la silla y se sentó.

‎—Hola —susurró, intentando ser amable.

‎El chico levantó los ojos.

‎Tenía una mirada seria, de esas que parecían analizarlo todo. Su expresión era tranquila, pero había algo en él que hacía pensar que no tenía demasiada paciencia para las personas.

‎—Hola —respondió antes de volver a mirar la pantalla.

‎Emma parpadeó.

‎Bueno. Qué simpático.

‎Abrió su cuaderno, buscó un bolígrafo y comenzó a escribir.

‎O, al menos, lo intentó.

‎Porque a los pocos minutos se dio cuenta de que no tenía ninguno.

‎Revisó su mochila. Después el estuche. Luego volvió a revisar la mochila, como si el bolígrafo pudiera aparecer por arte de magia.

‎Suspiró.

‎El chico de al lado extendió una mano y dejó un bolígrafo sobre su cuaderno.

‎Emma lo miró sorprendida.

‎—¿Cómo sabías que necesitaba uno?

‎—Llevas cinco minutos buscando algo dentro de esa mochila.

‎Ella sonrió.

‎—Gracias.

‎—De nada.

‎—Por cierto, soy Emma.

‎—Nicolás.

‎—Mucho gusto, Nicolás.

‎Él asintió.

‎Y eso fue todo.

‎Al menos, eso creyó Emma.

‎Todavía no sabía que aquel chico, que apenas le había dedicado tres palabras, terminaría convirtiéndose en la persona más importante de su vida.

‎Tampoco sabía que algún día reconocería sus pasos entre cientos de personas, que aprendería a distinguir cada una de sus sonrisas y que llegaría un momento en el que una sola mirada de Nicolás sería capaz de romperle el corazón.

‎Pero eso sucedería mucho después.

‎Por ahora, él solo era el chico serio que se sentaba a su lado.

‎Y ella era la chica que no sabía cuándo quedarse callada.

‎La clase terminó dos horas después.

‎Emma guardó sus cosas rápidamente y salió al pasillo, donde se encontró con una chica de cabello castaño que parecía estar buscando a alguien.

‎—¡Por fin! —exclamó la desconocida al verla—. ¿También estás en el grupo de Introducción a la Psicología?

‎Emma negó con la cabeza.

‎—No, estoy en Administración. ¿Por qué?

‎—Porque llevo media hora intentando encontrar a mi amiga y acabo de darme cuenta de que me equivoqué de edificio.

‎Emma soltó una carcajada.

‎—Creo que nos vamos a llevar bien.

‎—Eso espero. Soy Valeria.

‎—Emma.

‎Se dieron la mano y, en menos de cinco minutos, ya estaban hablando como si se conocieran desde hacía años.

‎Valeria era exactamente el tipo de persona que Emma necesitaba: extrovertida, divertida y con una capacidad impresionante para hablar de cualquier cosa.

‎—Por cierto —dijo Valeria mientras caminaban hacia la cafetería—, ¿viste al chico alto que estaba entrando al salón de al lado?

‎—¿Cuál?

‎—El de la camisa negra. Dios mío, qué guapo.

‎Emma se rio.

‎—¿Y tú cómo sabes que es guapo si apenas lo viste?

‎—Querida, tengo ojos.

‎—Estás loca.

‎—Y tú necesitas un novio.

‎—¡Acabo de llegar a la universidad!

‎—Precisamente. Es el momento perfecto.

‎Emma negó con la cabeza, todavía riéndose.

‎Lo que no vio fue al chico de la camisa negra que acababa de pasar detrás de ellas.

‎Ni la mirada que le dedicó a Emma.

‎Se llamaba Mateo.

‎Y, aunque ella todavía no lo sabía, él sería una de las primeras personas capaces de complicarle la vida a Nicolás.

‎A la hora del almuerzo, Emma regresó al salón para recoger una libreta que había olvidado.

‎Encontró a Nicolás sentado en su lugar, con los auriculares puestos.

‎—¡Oye, señor simpatía!

‎Él levantó la mirada.

‎—¿Qué?

‎—Vengo a despedirme de mi bolígrafo.

‎Nicolás miró el bolígrafo que ella sostenía entre los dedos.

‎—Es tuyo.

‎—Ya lo sé. Pero quería agradecerte por salvarme la vida esta mañana.

‎—Era un bolígrafo, Emma. No un trasplante de corazón.

‎Ella abrió la boca, fingiendo indignación.

‎—¿Acabas de hacer un chiste?

‎—No.

‎—Sí lo hiciste.

‎—Estás imaginando cosas.

‎Emma se echó a reír.

‎Y entonces sucedió algo inesperado.

‎Nicolás sonrió.

‎No fue una sonrisa enorme. Apenas una pequeña curva en sus labios, tan breve que cualquier otra persona podría haberla pasado por alto.

‎Pero Emma la vio.

‎Y, por alguna razón que no supo explicar, sintió que acababa de descubrir un secreto.

‎—¡Sabía que podías sonreír! —exclamó.

‎La sonrisa desapareció inmediatamente.

‎—Vete, Emma.

‎—¡No puedes decirme que me vaya después de regalarme semejante acontecimiento histórico!

‎—Emma.

‎—Está bien, está bien. Ya me voy.

‎Se colgó la mochila al hombro y caminó hacia la puerta.

‎Antes de salir, se volvió una última vez.

‎—Nos vemos mañana, Nicolás.




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