¿y si siempre fuiste tú?

Capítulo 2

«A veces, las personas que terminan siendo más importantes para nosotros comienzan siendo completos desconocidos.»
Lunes, 8:15 a. m.
—¡Emma, espérame!
Emma se volvió al escuchar su nombre y vio a Valeria corriendo hacia ella con dos cafés en las manos.
—¡Te juro que algún día vas a matarme de un susto! —exclamó Emma.
—Y tú algún día vas a llegar temprano a la universidad. Todos tenemos sueños imposibles.
Emma soltó una carcajada y tomó el café que su amiga le ofrecía.

—¿Cómo dormiste?
—Mal. Mi compañera de habitación habla dormida.
—¿Y qué dice?
Valeria se acercó como si fuera a contarle un secreto de Estado.
—Anoche dijo que le debía dinero a un tal Roberto.
Emma casi escupió el café de la risa.
—¡No puede ser!
—Te lo juro. Estoy empezando a sospechar que lleva una doble vida.
Las dos entraron al edificio entre risas.
Emma estaba tan distraída escuchando una historia sobre la compañera de habitación de Valeria que no vio al chico que salía de uno de los salones.
Y chocó directamente contra él.

—¡Ay!
El café se inclinó peligrosamente.
Una mano sujetó el vaso antes de que terminara derramándose sobre el suelo.
Emma levantó la cabeza.
Cabello oscuro. Expresión seria. Ojos que parecían preguntarle por qué el universo insistía en ponerla en situaciones ridículas.
Nicolás.

—¿Otra vez tú? —preguntó él.
Emma abrió la boca, indignada.
—¡Buenos días para ti también!
Él le devolvió el café.
—Deberías mirar por dónde caminas.
—Y tú deberías aprender a saludar a las personas.
—Buenos días, Emma.
Ella sonrió satisfecha.
—¿Ves? No era tan difícil.
Nicolás negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa amenazó con aparecer en sus labios.
Valeria los observó alternativamente.
—Espera. ¿Ustedes se conocen?
—Nos sentamos juntos en clase —explicó Emma—. Es mi compañero de asiento.
—Y mi desgracia personal —añadió Nicolás.
Emma le dio un golpecito en el brazo.
—¡Oye!
Valeria se echó a reír.
—Me cae bien.
—No lo conoces —respondió Emma.
—Precisamente. Todavía puede sorprenderme.
Nicolás miró la hora en su teléfono.
—Tengo clase. Nos vemos, Emma.
—¡Espera!
Él se volvió.
—¿Qué?
Emma señaló su cuaderno.
—¿Te puedo pedir los apuntes de la clase pasada? Creo que no entendí una parte.
—Te los paso después.
—Gracias, Nico.
Él asintió y se marchó.
Valeria esperó hasta que desapareció por el pasillo.
Después miró a Emma con una sonrisa enorme.
—¿Nico?
Emma frunció el ceño.
—¿Qué?
—Lo llamaste Nico.
—¿Y?
—Nada. Qué confianza.
—¡Valeria, lo conozco desde hace tres días!
—Ajá.
Emma comenzó a caminar.
—Estás insoportable.
Valeria la siguió, riéndose.
—Y tú estás muy interesada en tu compañero de asiento.
—¡NO ESTOY INTERESADA EN NICOLÁS!
Varias personas se volvieron a mirarlas.
Emma se quedó inmóvil.
Valeria se tapó la boca para contener la risa.
Y, desde la puerta del salón que acababa de abandonar, Nicolás escuchó el grito.
No sabía por qué, pero sonrió.
Definitivamente, aquella chica estaba loca.
Y, por alguna razón, eso le hacía gracia.
Una invitación a almorzar
A mediodía, Emma salió de clase con un hambre terrible.

Había desayunado un café y medio pan, y ahora su estómago estaba protestando como si llevara tres días sin comer.
—Voy a morir —anunció dramáticamente.
Valeria guardó sus libros.
—No vas a morir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si mueres, me quedo sin compañera para hacer los trabajos.
Emma la miró con indignación.
—Qué bonito. Nuestra amistad significa muchísimo para ti.
—Más de lo que imaginas.
Las dos se dirigieron a la cafetería.
Había estudiantes por todas partes. Algunos almorzaban en grupos, otros estudiaban y varios aprovechaban el descanso para conversar.
Emma estaba buscando una mesa libre cuando vio a Nicolás sentado junto a un chico de cabello castaño.
Daniel.

Todavía no lo conocía, pero había visto a Nicolás hablando con él aquella mañana.
—¡Nicolás! —lo llamó.
Él levantó la mirada.
Emma se acercó con Valeria detrás de ella.
—¿Está ocupado?
Nicolás miró las dos sillas vacías frente a él.
—No.
Emma se sentó inmediatamente.
—Perfecto. Tengo hambre y no pienso caminar buscando otra mesa.
—Qué considerado de tu parte preguntar antes de sentarte —comentó Nicolás.
—De nada, cariño.
Daniel soltó una carcajada.
Nicolás giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Qué?
—Nada, hermano. Nada.
Emma sonrió y extendió una mano hacia Daniel.
—Soy Emma.
—Daniel.
—¿Amigo de Nicolás?
—Por desgracia, sí.
—¡Oye! —protestó Nicolás.
Daniel sonrió.
—Es muy serio, pero es buen tipo. Solo hay que acostumbrarse.
Emma apoyó los codos sobre la mesa.
—Créeme, ya me estoy acostumbrando.
Nicolás la observó durante un instante.
No estaba acostumbrado a que las personas se acercaran tanto a él sin sentirse intimidadas por su silencio.

La mayoría terminaba interpretando su seriedad como desinterés y dejaba de intentarlo.
Emma no.
Ella parecía considerar sus respuestas cortantes como una invitación para seguir molestándolo.
Y lo peor era que él no quería que dejara de hacerlo.
—Por cierto —dijo Daniel—, el viernes habrá una fiesta de bienvenida. ¿Van a ir?
Valeria abrió los ojos.
—¡Claro que sí!
Emma la miró.
—¿Desde cuándo decides por mí?
—Desde que somos amigas.
—Nos conocemos desde hace una semana.
—Y ha sido una semana maravillosa.
Daniel se rio.
—¿Y tú, Nicolás?
—No me gustan las fiestas.
—Eso significa que irá —intervino Emma.
Él la miró.
—¿Perdón?
—Que irás conmigo.
—No he dicho eso.
—Pero lo pensarás.
—No.
—Nicolás…
—Emma.
Se miraron en silencio durante unos segundos.
Daniel y Valeria intercambiaron una mirada divertida.
Finalmente, Nicolás suspiró.
—Ya veremos.
Emma levantó los brazos victoriosamente.
—¡Sabía que dirías que sí!
—He dicho que ya veremos.
—Es prácticamente lo mismo.
Nicolás negó con la cabeza y volvió a su comida.
Pero, aunque no lo admitiría ni bajo amenaza, ya estaba pensando en qué camisa podría ponerse el viernes.




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