¿y si siempre fuiste tú?

Capítulo 3

viernes, 9:00 a. m.

Emma llevaba veinte minutos frente al espejo.

Veinte minutos.

Y todavía no sabía qué ponerse.

—¡Valeria! —gritó desde su habitación—. ¡Necesito ayuda!

Su amiga apareció en la puerta con una tostada en la mano.

—¿Qué pasó? ¿Se acabó el mundo?

—Peor.

Valeria miró la ropa que había sobre la cama.

—¿Qué hiciste?

—¡No sé qué ponerme!

Valeria bajó lentamente la tostada.

Después miró a Emma.

Después volvió a mirar la ropa.

Y finalmente sonrió de una manera que a Emma no le gustó en absoluto.

—¿Para quién te estás arreglando?

—Para nadie.

—Emma.

—¿Qué?

—No me mientas. Te conozco desde hace poco, pero ya sé cuándo estás ocultando algo.

Emma suspiró y se sentó en el borde de la cama.

—Voy a salir con Mateo.

Valeria soltó un grito.

—¡LO SABÍA!

—¡Baja la voz!

—¿Desde cuándo?

—Me invitó ayer.

—¿Y aceptaste?

Emma la miró como si acabara de preguntarle si el cielo era azul.

—Pues sí.

Valeria dejó la tostada sobre el escritorio y se sentó a su lado.

—Amiga, necesito que entiendas algo.

Emma tragó saliva.

—¿Qué?

—Si ese chico te rompe el corazón, yo misma voy a buscarlo.

Emma se echó a reír.

—¡Ni siquiera somos novios!

—Todavía.

—Valeria.

—Está bien, está bien. Ahora levántate. Tenemos una cita que preparar.

Emma sonrió, aunque intentó disimularlo.

No estaba enamorada de Mateo. Apenas lo conocía.

Pero había algo en él que le despertaba curiosidad.

Y hacía mucho tiempo que no se emocionaba tanto por conocer a alguien nuevo.

Mientras tanto, en la universidad...

Nicolás estaba sentado en una de las mesas del patio, intentando concentrarse en un trabajo.

Intentando.

Porque llevaba diez minutos mirando la misma página sin entender absolutamente nada.

—Hermano, vas a agujerear el papel si sigues mirándolo así.

Nicolás levantó la cabeza.

Daniel estaba sentado frente a él, comiéndose una manzana.

—¿Qué quieres?

—Buenos días para ti también.

—Buenos días.

Daniel sonrió.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Ah, claro. Y yo soy el rector de la universidad.

Nicolás volvió a mirar su computadora.

Daniel se inclinó sobre la mesa.

—¿Tiene nombre?

—¿Qué cosa?

—Lo que te está molestando.

Nicolás lo miró con fastidio.

—No sé de qué hablas.

—Llevas toda la mañana revisando el teléfono cada treinta segundos.

—Estoy esperando un mensaje.

Daniel abrió mucho los ojos.

—¡¿TÚ?!

—Baja la voz.

—¿Quién eres y qué hiciste con mi amigo?

Nicolás cerró la computadora.

—Eres insoportable.

—Y tú estás enamorado.

El silencio fue inmediato.

Nicolás lo miró fijamente.

—No vuelvas a decir eso.

Daniel dejó de sonreír poco a poco.

—Es Emma, ¿verdad?

Nicolás no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Daniel soltó un suspiro.

—Ay, hermano...

—No empieces.

—No voy a empezar nada. Pero tienes que reconocer que algo te pasa con ella.

—Es mi mejor amiga.

—Y yo soy tu amigo, pero no te quedas mirando el teléfono esperando que te escriba.

Nicolás apartó la mirada.

Daniel tenía razón.

Y eso era precisamente lo que más le molestaba.

Porque Emma no era una chica que acababa de conocer.

Era la persona con la que hablaba todas las noches, la que le enviaba mensajes absurdos durante las clases y la que había conseguido que esperara con ilusión cada mañana.

Pero también era la persona a la que podía perder si cometía un error.

Y Nicolás no estaba dispuesto a arriesgarse.

—No estoy enamorado de ella —murmuró.

Daniel levantó las manos.

—Está bien, Romeo.

—Daniel.

—Ya me callo.

Pero antes de volver a su comida, Daniel añadió:

—Solo espero que no te des cuenta demasiado tarde.

Nicolás no contestó.

Porque, en el fondo, aquella era precisamente su mayor preocupación.

La cita

A las cuatro de la tarde, Emma llegó a la cafetería donde había quedado con Mateo.

Llevaba unos jeans, una blusa blanca y el cabello suelto.

No era nada demasiado elaborado, pero se sentía bonita.

Y eso era suficiente.

Mateo ya la estaba esperando junto a una mesa cerca de la ventana.

Cuando la vio entrar, sonrió.

—Vaya.

Emma se detuvo frente a él.

—¿Qué?

—Nada. Es que te ves muy bonita.

Emma sintió que las mejillas le ardían.

—Gracias.

—Ven, siéntate.

Mateo apartó la silla para ella antes de ocupar su lugar.

Hablaron durante casi una hora.

De sus clases, de sus familias, de la música que les gustaba y de las cosas que querían hacer cuando terminaran la universidad.

Emma descubrió que Mateo era divertido, atento y bastante bueno haciendo preguntas.

Él, por su parte, parecía genuinamente interesado en conocerla.

—¿Y tienes novio? —preguntó de repente.

Emma casi se atragantó con su bebida.

—¿Qué?

Mateo se rio.

—Solo preguntaba.

—No, no tengo novio.

—¿Y alguien que te guste?

Emma pensó unos segundos.

Por alguna razón, la imagen de Nicolás apareció en su mente.

Su sonrisa.

Su manera de llamarla enana.

La facilidad con la que conseguía hacerla reír incluso cuando estaba enfadada.

Sacudió ligeramente la cabeza.

¿Qué estoy pensando?

—No —respondió—. Ahora mismo, no.

Mateo sonrió.

—Entonces quizá tengo una oportunidad.

Emma lo miró sorprendida.

—¿Una oportunidad?

—Sí. Me gustaría conocerte mejor.

Hubo un pequeño silencio.

Emma no sabía qué decir.

No estaba acostumbrada a que un chico fuera tan directo con ella.




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