¿y si siempre fuiste tú?

Capítulo 4

«A veces, fingimos que no nos importa perder a alguien, hasta que vemos lo fácil que sería para esa persona elegir a alguien más.»Sábado, 7:30 p. m.

La fiesta

—Emma, como no salgas de ese baño en los próximos cinco minutos, voy a entrar y voy a sacarte de los pelos.

—¡Ya voy!

Valeria puso los ojos en blanco mientras esperaba frente al espejo del pasillo.

Habían quedado en encontrarse con unos compañeros de la universidad en una fiesta organizada por uno de los amigos de Daniel. Emma no tenía muchas ganas de salir al principio, pero Mateo le había dicho que también iría.

Y, después de pensarlo durante toda la tarde, había decidido aceptar.

—¿Estoy bien? —preguntó Emma al salir.

Valeria la examinó de arriba abajo.

Llevaba unos jeans oscuros, una blusa negra y el cabello suelto. Se había maquillado ligeramente y llevaba unos pequeños pendientes plateados.

—Amiga, estás preciosa.

Emma sonrió.

—No exageres.

—No exagero. Si Mateo no se enamora de ti esta noche, es porque necesita una revisión de la vista.

Emma soltó una carcajada.

—Estás loca.

—Y tú estás nerviosa.

—No estoy nerviosa.

Valeria levantó una ceja.

Emma suspiró.

—Está bien. Un poquito.

—¿Por Mateo?

Emma asintió.

—Me gusta pasar tiempo con él. Es atento y me hace reír. Pero todavía no sé qué siento.

Valeria le tomó las manos.

—No tienes que decidirlo todo hoy. Conócelo, disfruta y deja que las cosas sucedan.

Emma sonrió.

—Gracias.

—Para eso están las mejores amigas. Y para recordarte que, si alguien te hace llorar, tengo una lista de insultos bastante creativa.

—¡VALERIA!

Ambas estallaron en carcajadas.

Ninguna de las dos imaginaba que aquella noche terminaría con Emma haciéndose una pregunta que nunca antes se había planteado.

¿Y si el chico que le gustaba no era el único capaz de hacerle sentir mariposas?

1. Nicolás no estaba preparado para verla

La casa estaba llena de estudiantes cuando Nicolás llegó con Daniel.

La música se escuchaba desde la calle y había grupos de jóvenes conversando en el jardín.

Nicolás llevaba una camiseta negra y unos jeans. Tenía las manos en los bolsillos y la expresión seria de siempre.

—Por favor, intenta divertirte —le pidió Daniel.

—Estoy aquí, ¿no?

—Sí, pero tienes la misma cara que cuando el profesor anuncia un examen sorpresa.

—Porque probablemente preferiría estar haciendo un examen.

Daniel se echó a reír.

—Eres imposible.

Entraron a la casa y saludaron a algunos conocidos.

Nicolás estaba buscando un lugar tranquilo donde sentarse cuando escuchó una voz detrás de él.

—¿Siempre tienes esa cara o hoy estás especialmente feliz de verme?

Se volvió.

Una chica de cabello castaño y ojos claros lo miraba con una sonrisa divertida.

Camila.

Habían coincidido en varias clases y alguna vez habían trabajado juntos.

—Hola, Camila.

—Vaya, hasta sabes mi nombre.

—Hemos hecho un trabajo juntos.

—Lo sé. Solo quería comprobar si me recordabas.

Nicolás sonrió ligeramente.

Camila lo observó con interés.

—Deberías sonreír más. Te queda bien.

—Eso me han dicho.

—¿Y quién ha tenido ese privilegio?

Por alguna razón, Nicolás pensó inmediatamente en Emma.

Recordó el comentario que ella le había hecho en la biblioteca.

Te ves más guapo cuando sonríes.

La idea le provocó una pequeña sonrisa involuntaria.

Camila la notó.

—Ahora tengo curiosidad. ¿Quién es ella?

Nicolás frunció el ceño.

—¿Quién?

—La chica en la que acabas de pensar.

Él soltó una risa breve.

—Estás imaginando cosas.

—Puede ser. Pero algún día lo descubriré.

Camila le guiñó un ojo y se alejó para saludar a unas amigas.

Daniel apareció junto a Nicolás.

—Interesante.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

Daniel sonrió.

—Definitivamente, tienes que dejar de juntarte conmigo. Ya sé demasiado de ti.

Nicolás negó con la cabeza.

Pero antes de que pudiera responder, Daniel miró hacia la entrada.

—Ah, mira. Ya llegaron.

Nicolás siguió su mirada.

Y entonces la vio.

Emma acababa de entrar con Valeria.

Estaba sonriendo, hablando animadamente y buscando a alguien entre la gente.

Cuando sus ojos se encontraron, su rostro se iluminó.

—¡Nico!

Ella caminó hacia él y lo abrazó.

Nicolás le devolvió el abrazo, apoyando una mano en su espalda.

Por un instante, todo el ruido de la fiesta pareció quedar lejos.

—Pensé que no vendrías —dijo Emma.

—Daniel prácticamente me secuestró.

—¡Mentira! —protestó Daniel—. Vino porque quiso.

Emma se apartó y miró a Nicolás con una sonrisa traviesa.

—¿Así que querías verme?

—No empieces, enana.

Ella se rio.

Nicolás sonrió también.

Y entonces Emma miró por encima de su hombro.

—¿Quién es ella?

Él se volvió.

Camila estaba al otro lado del salón, conversando con una amiga.

—Camila. Estudiamos juntos.

Emma asintió.

—Ah, qué bien.

Intentó que su voz sonara natural.

No sabía por qué le había preguntado.

Ni por qué, al escuchar el nombre de aquella chica, había sentido una pequeña incomodidad.

Era absurdo.

Nicolás podía tener amigas.

Podía conocer chicas.

Podía hablar con quien quisiera.

Ella no tenía ningún motivo para sentirse rara.

Absolutamente ninguno.

—¿Y Mateo? —preguntó Nicolás.

Emma sonrió inmediatamente.

—Está por llegar.

La sonrisa de Nicolás desapareció durante una fracción de segundo.

Emma no lo notó.

Pero Daniel sí.

2. El chico que llegó tarde

Mateo llegó veinte minutos después.

Apenas entró, buscó a Emma con la mirada.




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