Yana

OBSESIÓN

Ailan atendió antes del segundo tono y Yana supo inmediatamente que algo no estaba bien. No hubo saludo ni alguna de las bromas con las que acostumbraba recibir sus llamadas, solo una respiración contenida antes de preguntarle dónde estaba.

—En la cabaña, ¿qué pasó?

—¿Viste el video?

—Por eso te estoy llamando, me lo mandaron hace unos minutos.

Hubo un breve silencio al otro lado y Yana se incorporó en el sillón. La lluvia seguía golpeando los ventanales y la claridad gris de la mañana apenas conseguía atravesar las cortinas.

—Yana, la persona que grabó ese video está desaparecida.

Ella tardó unos segundos en responder.

—¿Cómo que desaparecida?

—La familia hizo la denuncia. Entró al hospital y no volvió a su casa; la policía encontró su celular adentro.

Yana volvió a pensar en la grabación que acababa de ver, en la puerta metálica abriéndose lentamente y aquel rostro pálido apareciendo durante una fracción de segundo antes de que la imagen se cortara.

—¿Lo están buscando?

—Desde anoche, cerraron parte del hospital y suspendimos el rodaje.

—¿Vos estás bien?

—Sí, estoy con gente de la producción y hay policías por todos lados; quieren hablar con vos.

La tensión en su voz hizo que Yana se levantara del sillón.

—¿La policía?

Ailan guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—El chico se llama Tomás Varela. Tiene veintidós años y es lector tuyo. Cuando revisaron el teléfono, encontraron una carpeta con fotos tuyas.

Yana exhaló con cierto alivio, aunque no comprendía por qué aquello parecía preocuparlo tanto.

—Ailan, tengo lectores que guardan fotos de firmas, convenciones y presentaciones desde hace años.

—Estas no son solamente de eventos. Hay fotos tuyas saliendo de cafeterías, esperando un taxi, entrando a librerías, caminando por Buenos Aires. Fotos que evidentemente no sabías que estaban tomando.

La explicación consiguió borrar cualquier tranquilidad que hubiera sentido.

—¿Cuántas?

—Más de doscientas.

Yana caminó lentamente hasta la ventana sin abrir la cortina.

—¿Desde cuándo?

—La más antigua es de hace casi cuatro años.

Por primera vez dejó de pensar en Tomás como el desconocido que había entrado ilegalmente al hospital para conseguir un video. Cuatro años significaban cientos de oportunidades en las que aquel muchacho podía haber estado cerca sin que ella lo advirtiera, observándola desde una vereda, una mesa cercana o el otro lado de una calle. La idea resultaba invasiva, pero todavía había algo que no comprendía.

—¿Por qué la policía quiere hablar conmigo?

—Porque encontraron fotos que no encajan con las fechas.

—¿Qué significa eso?

Ailan respiró profundamente antes de responder.

—Hay fotografías tuyas tomadas hace tres días.

Yana frunció el ceño.

—¿Y?

—Tomás desapareció hace una semana.

Durante unos segundos solo escuchó la lluvia.

—Eso no puede ser.

—Los investigadores pensaron lo mismo.

—Alguien pudo usar su teléfono.

—Las fotos no estaban en el teléfono. Estaban en una cámara que encontraron dentro del hospital y, por lo que me dijeron, todavía están revisando los archivos.

Yana apartó ligeramente la cortina. El bosque permanecía cubierto por la niebla y, aunque sabía que Novak estaba a pocos metros en la otra cabaña, aquella conversación consiguió devolverle la sensación de aislamiento que había intentado abandonar desde la noche anterior.

—¿Qué aparece en las fotos de hace tres días?

—Vos.

—Ya entendí eso, ¿dónde?

Ailan volvió a quedarse callado y aquella vez Yana no necesitó escucharlo para saber que la respuesta iba a empeorar las cosas.

—En Jujuy.

Yana dejó caer la cortina.

—¿Qué?

—No sé mucho más; la policía tampoco quiso contarme todo por teléfono. Quieren hablar con vos personalmente.

Yana miró hacia la ventana cerrada. La posibilidad de que Tomás la hubiera seguido durante años ya resultaba suficientemente perturbadora, pero él había desaparecido en Córdoba una semana antes. No podía haber tomado fotografías suyas en Jujuy tres días atrás.

—Voy para allá.

Unas horas después, Yana abandonó la cabaña. Novak insistió en acompañarla hasta que consiguió transporte y no hizo demasiadas preguntas cuando ella le explicó que había ocurrido un problema relacionado con Ailan y el rodaje. Durante el viaje al aeropuerto intentó ordenar lo que sabía, pero cada explicación razonable parecía abrir una pregunta diferente. Alguien podía haber manipulado las fechas de las fotografías, otra persona podía haber utilizado la cámara de Tomás o incluso haber accedido a sus archivos después de su desaparición, pero ninguna posibilidad explicaba por qué alguien se tomaría tantas molestias para fotografiarla.

Durante el vuelo apenas consiguió descansar. No podía evitar recordar la reserva y preguntarse si la figura con la máscara había estado relacionada con todo aquello. Hasta esa mañana había intentado convencerse de que el miedo y el cansancio podían haber alterado lo que vio entre los árboles; ahora sabía que alguien llevaba años siguiéndola y que, al menos en teoría, existían fotografías recientes de ella en Jujuy.

Ailan la esperaba en el aeropuerto de Córdoba. Las ojeras y la ropa arrugada indicaban que probablemente no había dormido desde la noche anterior y, cuando Yana se acercó, él tomó su valija sin perder tiempo en saludos innecesarios.

—Tenés una cara horrible.

—Gracias, vos también.

Aquella pequeña respuesta consiguió tranquilizarla más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado durante el día.

—¿Encontraron a Tomás?

Ailan negó.

—Todavía no, vamos a la comisaría.

—¿Podemos comer primero?

—Hay una persona desaparecida, Yana.

—Era un intento de comprobar si todavía eras capaz de reconocer una broma.




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