La revelación de Yana cambió inmediatamente la expresión de Ailan. Hasta ese momento había permanecido preocupado por la desaparición de Tomás y por las fotografías encontradas en su cámara, pero saber que su hermana había sido perseguida la noche anterior por alguien que utilizaba una máscara de Tokki convirtió aquella preocupación en algo mucho más personal.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque no estaba segura de lo que había visto.
—¿Y ahora sí?
Yana observó nuevamente la fotografía sobre el escritorio antes de responder.
—Ahora sé que no soy la única que vio esa máscara.
El comisario Ortega no pareció dispuesto a sacar conclusiones tan rápido. Le pidió que relatara lo ocurrido en la reserva y Yana lo hizo procurando no exagerar nada: explicó que se había perdido al regresar, que había visto a un hombre entre los árboles y que más tarde este había aparecido detrás de ella utilizando una máscara similar a la de Tokki, también mencionó que Novak la encontró poco después, aunque él no llegó a ver a la persona que la perseguía.
—¿Alguien sabía que estaba en Jujuy? —preguntó Ortega.
—Mi familia, algunas personas cercanas y Novak. No publiqué nada sobre el viaje.
—¿Recibió alguna amenaza antes de esto?
—Amenazas, no. Mensajes extraños, bastantes. Soy escritora de terror, comisario; hay lectores que disfrutan intentando asustarme.
Ortega tomó nota y volvió a mirar la fotografía recuperada de la cámara de Tomás. La coincidencia podía ser importante, pero no había manera de establecer todavía si la figura del hospital y la persona que Yana había visto en Jujuy estaban relacionadas.
Uno de los agentes entró poco después para informar que un equipo ya se dirigía al Santa María de Punilla. La inscripción fotografiada en la puerta no aparecía en ninguna de las imágenes tomadas durante las primeras inspecciones y, aunque el edificio debía permanecer cerrado desde la desaparición de Tomás, una entrada lateral presentaba daños que podían haber permitido el acceso de otra persona.
Yana no necesitó pensarlo demasiado.
—Voy con ustedes.
Ailan giró hacia ella.
—No.
—Conozco parte del hospital.
—Precisamente. Ya fuiste, ya lo conocés y no necesitás volver esta noche.
—Alguien me siguió durante cuatro años, desapareció dentro de ese lugar y después aparecieron fotos mías tomadas cuando él ya estaba desaparecido. No voy a quedarme en un hotel esperando que vuelvas para contarme qué encontraron.
Ortega observó a ambos antes de intervenir. No parecía encantado con la idea, pero terminó permitiéndole acompañarlos con la condición de que permaneciera junto al equipo y obedeciera cualquier indicación de los agentes. Ailan protestó durante unos segundos más hasta comprender que no iba a convencerla.
El viaje duró casi una hora. A medida que dejaban atrás Córdoba, las luces fueron disminuyendo y la oscuridad ocupó los espacios entre las construcciones hasta que el paisaje quedó reducido a la carretera iluminada por los faros. Yana viajaba junto a Ailan en el asiento trasero y procuraba no pensar demasiado en la última vez que había visitado el hospital. En ese entonces había recorrido sus pasillos con curiosidad, imaginando escenas y discutiendo con su hermano qué sectores podían aprovechar para la película; ahora sabía que Tomás llevaba meses entrando allí y que alguien más podía haber continuado haciéndolo después de su desaparición.
Cuando la estructura del Santa María de Punilla apareció entre los árboles, Yana reconoció inmediatamente la fachada deteriorada. Dos patrullas aguardaban cerca de la entrada y sus luces intermitentes iluminaban por momentos las paredes húmedas y los ventanales rotos. La presencia policial debería haber hecho que el edificio resultara menos amenazante, pero solo conseguía recordarle que ya no estaban allí buscando una buena locación.
Uno de los agentes se acercó a Ortega apenas descendieron.
—El perímetro está limpio. No encontramos vehículos ni movimiento, pero la puerta lateral sigue forzada.
Ingresaron por allí. El olor a humedad era más intenso de lo que Yana recordaba y la falta de iluminación transformaba lugares que conocía en espacios difíciles de reconocer. Las linternas recorrían paredes descascaradas, muebles abandonados y restos del antiguo hospital mientras el grupo avanzaba hacia la escalera. Ailan permanecía cerca de ella sin necesidad de recordarle las reglas y Yana agradeció que no insistiera, porque bastante esfuerzo hacía ya por separar lo que tenía delante de las imágenes del sueño.
Al alcanzar el segundo piso, reconoció el corredor del video; también era el mismo sector que había aparecido en varias fotografías de Tomás. Los agentes inspeccionaron las habitaciones antes de permitirles avanzar y encontraron señales evidentes de que otras personas habían entrado al edificio: botellas, envoltorios y restos de pequeñas fogatas, suficientes para demostrar que mantener un lugar de aquellas dimensiones completamente aislado era casi imposible.
La puerta que buscaban apareció al final de uno de los corredores. Frente a ella todavía quedaba parte del vidrio de un ventanal, exactamente como en la fotografía, pero la inscripción había desaparecido. Sobre la madera quedaban manchas negras y marcas recientes de limpieza, mientras pequeñas gotas de pintura seca permanecían junto al marco. Ortega se colocó los guantes y examinó la superficie antes de ordenar que fotografiaran todo.
—Al menos sabemos que estuvo acá —dijo Ailan.
Yana no encontró ningún alivio en esa certeza.
Cuando abrieron la puerta, descubrieron una habitación mucho más preparada que el resto del edificio. Una lámpara portátil conectada a una batería permanecía en el suelo y contra una de las paredes había botellas de agua, alimentos, ropa y una mochila. Sin embargo, fue la pared opuesta la que consiguió que Yana se detuviera; estaba cubierta con material sobre ella. Había fotografías de firmas, capturas de entrevistas, publicaciones impresas y páginas arrancadas de sus novelas. Reconoció la portada de Tokki junto a varios fragmentos marcados con tinta roja y, más allá, fotografías de eventos a los que apenas recordaba haber asistido; no parecía la colección de un lector orgulloso de conocerla. Todo estaba clasificado, relacionado mediante anotaciones y distribuido alrededor de un plano del hospital.