Yana

LA MADRE

Yana volvió a leer el mensaje que Ortega le mostraba en su teléfono. YA ENCONTRÓ LA PUERTA. La frase parecía referirse a la habitación que acababan de descubrir, aunque no comprendía por qué alguien consideraba tan importante que ella hubiera llegado hasta allí.

—¿Cómo sabe que estoy acá? —preguntó, mirando hacia la cámara instalada en el pasillo.

—Es lo que vamos a averiguar —respondió Ortega—. Si está transmitiendo, la persona que la instaló podría estar observándonos.

Uno de los agentes se acercó al dispositivo, pero el comisario le indicó que no lo desconectara hasta comprobar si estaba vinculado a alguna red. Ailan, que había permanecido junto a su hermana durante toda la conversación, aprovechó para pedirle que regresaran al hotel.

—No pienso irme todavía —respondió Yana—. Acabamos de encontrar una habitación llena de fotografías mías y alguien está enviando mensajes sobre lo que hacemos; quiero saber quién está detrás de esto.

—Y lo vamos a saber, pero no necesitamos quedarnos acá para averiguarlo.

—Vos no necesitás quedarte, yo sí.

—Yana, no sabemos si Tomás preparó todo esto o si hay alguien más involucrado. ¿No te parece suficiente motivo para salir de este lugar?

Ortega intervino antes de que continuaran discutiendo.

—Su hermano tiene razón. Vamos a terminar de revisar la habitación y trasladaremos las pruebas a la comisaría. Por ahora, no hay nada más que usted pueda hacer.

Yana estuvo a punto de protestar, pero uno de los agentes apareció desde el depósito con una bolsa de evidencia. Dentro había un teléfono que habían encontrado oculto detrás de un revestimiento de madera. Según explicó, parecía estar conectado a la cámara, aunque todavía no habían conseguido determinar su función.

—¿Tomás sabía trabajar con estas cosas? —preguntó Yana.

—No tenemos esa información —respondió Ortega.

—Entonces deberíamos preguntárselo a su familia.

—Vamos a hacerlo.

—Quiero estar presente.

El comisario la observó durante unos segundos antes de responder.

—Primero necesito comunicarme con ellos. Estamos investigando la desaparición de su hijo y no puedo aparecer en su casa sin avisar, acompañado de la persona a la que aparentemente estuvo siguiendo durante años.

—Pero si su madre sabe algo...

—Mañana, Yana. Si acepta recibirnos, podrá acompañarme.

Ailan le apoyó una mano sobre el hombro y ella terminó aceptando, aunque abandonó el hospital con la sensación de que estaban dejando demasiadas preguntas sin responder.

Durante el regreso, Ortega recibió una llamada de los agentes que habían comenzado a revisar los dispositivos. La cámara estaba conectada a una red privada y el teléfono encontrado en el depósito tenía una aplicación abierta con una cuenta regresiva detenida en cero.

—¿Una cuenta regresiva? —repitió Yana cuando el comisario terminó de explicarles—. ¿Para qué?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Y si terminó cuando encontramos la habitación?

—Es una posibilidad, pero necesitamos comprobarlo.

Ailan miró a su hermana.

—No saques conclusiones antes de tiempo.

—No estoy sacando conclusiones, estoy intentando entender por qué alguien preparó todo eso.

—Ya sé, pero también podría tratarse de una aplicación que no tiene nada que ver con nosotros.

Yana decidió no discutir. Sabía que Ailan estaba preocupado, aunque empezaba a molestarle que cuestionara cada una de sus sospechas cuando la policía acababa de encontrar pruebas suficientes para demostrar que alguien había estado siguiéndola.

Al llegar a la comisaría, Ortega les pidió que aguardaran mientras realizaba algunas llamadas. Yana aprovechó para revisar las fotografías recuperadas del teléfono de Tomás y tomó una donde aparecía saliendo de una cafetería de Buenos Aires. Llevaba una bufanda roja y sostenía un vaso de cartón, pero no recordaba cuándo había sido tomada.

—¿Sabés qué es lo peor de todo esto? —preguntó.

Ailan se sentó junto a ella.

—¿Qué?

—Que estuvo cerca de mí durante cuatro años y nunca lo vi. No sé cuántas veces me crucé con él ni qué otras cosas sabe sobre mi vida.

—No tenías motivos para sospechar que alguien te estaba siguiendo.

—Eso no me tranquiliza demasiado.

—No pretendía tranquilizarte, solo digo que no podías saberlo.

Yana dejó la fotografía sobre el escritorio.

—¿Por qué yo? Hay miles de escritores. ¿Qué pudo haber encontrado en mis libros para llegar a hacer algo así?

Ailan no supo qué responder y la conversación terminó cuando Ortega regresó al despacho. Había conseguido comunicarse con Elena Varela, la madre de Tomás, quien aceptó recibirlos a la mañana siguiente.

—Hay algo más —añadió el comisario—. La señora Varela mencionó que su hijo dejó una caja antes de desaparecer.

—¿Una caja con qué? —preguntó Yana.

—No quiso explicármelo por teléfono, pero aseguró que estaba destinada a usted.

A la mañana siguiente llegaron a la casa de Elena Varela poco después de las nueve. La mujer los recibió con evidente cansancio y los invitó a pasar al comedor, donde Yana reconoció a Tomás en varias fotografías familiares.

—Gracias por venir —dijo Elena mientras tomaba asiento—. El comisario me explicó que encontraron algunas cosas relacionadas con usted.

—Fotografías, principalmente —respondió Yana—. Muchas fueron tomadas sin que yo lo supiera.

Elena bajó la mirada.

—No sabía que estaba haciendo eso. Tomás siempre admiró sus novelas y había ido a varias presentaciones, pero nunca imaginé que llegaría a seguirla.

—¿Hablaba mucho de mí?

—Últimamente, sí. Aunque no solamente de sus libros, también hablaba de una historia que estaba escribiendo y de cómo quería involucrarla.

Ortega sacó su libreta.

—¿Qué clase de historia?

—Nunca me la explicó completamente. Mi hijo quería ser escritor y llevaba años intentando publicar algo. Estudió periodismo, pero abandonó la carrera el año pasado porque decía que no estaba aprendiendo lo que necesitaba.




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