Yana permaneció sentada sobre la cama, observando el sobre que había aparecido dentro del armario. Recordaba perfectamente que Ailan había revisado aquel mueble antes de marcharse y que no había encontrado nada entre las perchas, la valija y la manta doblada. Sin embargo, allí estaba, con su nombre escrito sobre el mismo papel color crema que habían encontrado en la casa de Tomás Varela. Tomó el teléfono de la mesa de noche y llamó a su hermano, que atendió después de varios tonos.
—¿Qué pasó? —preguntó Ailan, todavía adormecido.
—Necesito que vengas, encontré algo en el armario.
—¿Otra vez escuchaste ruidos?
—No, es un sobre, Ailan. Es igual al que encontramos en la caja de Tomás.
Su hermano tardó unos segundos en responder y después le pidió que no tocara nada. Cuando llegó, encendió las luces y se acercó al armario para comprobar que efectivamente había un sobre sobre la manta.
—¿Estaba acá cuando me fui?
—No, vos mismo revisaste el armario.
—Lo sé. ¿Cerraste la puerta de la habitación con seguro?
Yana miró hacia la entrada, intentando recordar si había escuchado la cerradura después de que Ailan se marchara.
—No me acuerdo, me quedé dormida mientras estabas sentado junto a la ventana.
—Voy a llamar a Ortega.
—¿No podemos abrirlo primero?
—Alguien pudo haber entrado mientras dormías, prefiero que lo revise la policía.
La posibilidad de que una persona hubiera estado dentro de su habitación sin despertarla consiguió que Yana dejara de insistir. Ortega atendió la llamada y les pidió que esperaran fuera mientras enviaba una patrulla. Ailan aprovechó para avisar a recepción, donde una empleada confirmó que revisarían los registros electrónicos de la cerradura.
Los agentes llegaron aproximadamente veinte minutos después. Fotografiaron el sobre, examinaron la habitación y solicitaron al hotel el historial de accesos. Según el sistema, la puerta había sido abierta a las tres y dieciocho de la madrugada mediante una tarjeta válida, aunque ninguno de los hermanos reconoció haber ingresado a esa hora.
—¿Pueden saber qué tarjeta utilizaron? —preguntó Ailan.
La empleada revisó nuevamente los datos.
—Cuando hicieron el registro se habilitaron dos tarjetas para esta habitación.
—Nos entregaron una sola.
—La segunda debió quedar en recepción. Voy a comprobarlo.
Poco después confirmó que no habían conseguido localizarla. Los agentes solicitaron entonces las grabaciones de seguridad y descubrieron que una persona había salido de la escalera de emergencia poco antes de las tres y veinte. Llevaba una gorra oscura y una chaqueta amplia, y su rostro permanecía fuera del ángulo de la cámara. Se acercó a la habitación de Yana y desapareció brevemente de la imagen antes de regresar por el mismo camino.
—¿Se puede ampliar? —preguntó ella.
Uno de los agentes reprodujo el fragmento varias veces.
—Podemos mejorar algunos detalles, pero no recuperar un rostro que nunca quedó registrado.
Ailan observó la grabación con evidente preocupación.
—¿Y si es Tomás?
—No tenemos elementos suficientes para identificarlo —respondió el agente—. Vamos a conservar una copia y comprobar quién tuvo acceso a las tarjetas.
Yana volvió a mirar la figura que desaparecía por la escalera. Durante las últimas horas había comenzado a desconfiar de sus propias percepciones, especialmente después de lo ocurrido en el hospital, pero aquella grabación demostraba que alguien había entrado realmente en su habitación.
Con el sobre ya registrado, uno de los policías lo abrió utilizando guantes. Dentro encontraron una fotografía de varios casilleros metálicos y una hoja doblada. En la imagen, uno de los compartimentos llevaba el número diecisiete y, en el reverso, alguien había escrito una dirección de Córdoba.
—La llave —murmuró Yana.
Ailan la miró.
—¿Cuál?
—La que encontramos en la caja de Tomás, tenía ese mismo número.
El agente examinó la fotografía y leyó el mensaje escrito en la hoja.
LAS HISTORIAS TAMBIÉN NECESITAN EQUIPAJE.
Ortega llegó al hotel poco después y confirmó que la dirección correspondía a una antigua terminal de transporte que llevaba años cerrada. Una parte del edificio todavía se utilizaba como depósito, aunque no tenían información sobre el estado de los casilleros.
—Vamos a revisar el lugar cuando amanezca —informó.
—¿Y si la persona que dejó el sobre vuelve antes? —preguntó Yana.
—También es posible que esté esperando que vayamos. Por eso no pienso enviar a nadie sin preparar el procedimiento.
—Entonces sabe que encontramos la llave.
—Sabe que quiere que usted llegue hasta ese casillero. Todavía no sabemos si conoce todo lo que encontramos en la casa de Tomás.
Yana comprendió la diferencia, aunque no consiguió tranquilizarse. Alguien había conseguido entrar a su habitación y dejar una indicación que coincidía con una prueba recuperada por la policía. Aquello implicaba que Tomás había organizado el recorrido antes de desaparecer o que otra persona conocía el contenido de la caja.
La terminal estaba situada en las afueras de Córdoba. Ortega había solicitado autorización para ingresar y varios agentes ya se encontraban revisando el edificio cuando Yana y Ailan llegaron. Los hermanos tuvieron que esperar hasta que terminaran de asegurar el antiguo sector de equipajes, donde todavía permanecía una hilera de casilleros metálicos.
—Espero que esta vez no intentes entrar por tu cuenta —comentó Ailan.
—Estoy acompañada por media comisaría. ¿A dónde querés que vaya?
—Con vos nunca se sabe.
Yana lo miró de reojo, aunque terminó sonriendo. La expresión desapareció cuando uno de los agentes les indicó que podían acercarse al sector que habían terminado de inspeccionar.
El casillero diecisiete permanecía cerrado y presentaba las mismas marcas de óxido que los demás. Ortega mostró la llave recuperada de la caja de Tomás y explicó que intentarían comprobar si correspondía a aquella cerradura. Después de fotografiarla y descartar indicios visibles de algún mecanismo peligroso, un agente introdujo la llave y consiguió abrir el compartimento.