Yana

FASE 3: AGUDA

Yana continuaba observando el último mensaje cuando Ortega le pidió que le entregara el teléfono. PARA VOS, TODAVÍA NO. El comisario fotografió la pantalla, registró el número y se comunicó con la unidad de delitos informáticos para solicitar un rastreo. Mientras escuchaba las indicaciones del técnico, Yana volvió a mirar el manuscrito que habían encontrado dentro del casillero. Tomás había escrito una historia que reproducía buena parte de sus últimos días, pero también había dejado suficientes diferencias como para que resultara imposible saber cuánto había previsto y cuánto había conseguido provocar. Si alguien estaba siguiendo sus movimientos, tal vez el manuscrito no fuera una predicción, sino una serie de instrucciones que otra persona estaba intentando cumplir.

—No creo que encuentren el teléfono —comentó cuando Ortega terminó la llamada.

—Todavía no sabemos desde dónde enviaron el mensaje —respondió el comisario—. Puede que hayan utilizado una línea temporal o algún servicio que dificulte identificar al remitente, pero eso no significa que no podamos rastrearlo.

—Tomás preparó todo esto durante meses; no creo que haya dejado ese detalle librado al azar.

Ailan, que permanecía junto a la mesa donde habían examinado la mochila, intervino antes de que su hermana continuara.

—También dejó una cantidad considerable de pruebas sobre lo que estuvo haciendo. Si realmente quería desaparecer sin que nadie lo encontrara, no parece haber sido demasiado cuidadoso.

—Porque quería que encontráramos algunas de ellas —respondió Yana—. La caja, la llave y el casillero estaban preparados para llevarnos hasta el manuscrito.

—Eso es posible —admitió Ortega—, pero no sabemos si todas las pruebas que recuperamos estaban destinadas a ser descubiertas. Hay una diferencia entre organizar una serie de pistas y controlar una investigación policial.

Uno de los agentes que todavía revisaba el casillero llamó al comisario. Había encontrado una pequeña tarjeta de memoria detrás de una placa metálica parcialmente desprendida. Ortega ordenó fotografiar el hallazgo y guardarlo por separado, sin intentar acceder a su contenido desde ningún dispositivo personal.

—¿Podría tener el resto del manuscrito? —preguntó Yana.

—Podría contener cualquier cosa. Vamos a revisarla en la comisaría, con los equipos adecuados.

—Quiero saber qué encuentran.

—Si hay información relacionada con usted, se la comunicaremos, pero necesito que comprenda algo, Yana: no podemos tratar cada objeto como una invitación a continuar la historia de Tomás. Estamos investigando una desaparición y posibles delitos, no siguiendo las reglas de su manuscrito.

Yana aceptó sin responder, aunque la advertencia le resultó difícil de ignorar. Desde que había llegado a Córdoba, cada descubrimiento parecía conducirlos hacia otro lugar que Tomás conocía de antemano. Lo más inquietante era que todavía no podían determinar si el joven estaba escondido, si alguien actuaba en su nombre o si había ocurrido algo que ninguno de ellos había conseguido comprender.

Cuando terminaron de registrar el casillero, Ortega ordenó trasladar la mochila, los dispositivos y el manuscrito a la comisaría. También solicitó que revisaran los accesos al depósito y averiguaran quién había utilizado aquel sector durante las últimas semanas. Yana observó cómo los agentes retiraban las pruebas, consciente de que el dinero, el pasaje y la ropa podían indicar que Tomás había planeado marcharse, pero no demostraban que hubiera conseguido hacerlo.

En la comisaría, Ortega les permitió esperar mientras los especialistas realizaban una primera revisión de la tarjeta. Ailan aprovechó para llamar a la productora y reorganizar algunos compromisos que había dejado pendientes desde la llegada de Yana a Córdoba. Cuando terminó, encontró a su hermana examinando nuevamente la copia de la primera página del manuscrito.

—Estuve pensando que deberíamos volver a Buenos Aires —comentó mientras se sentaba frente a ella.

—Todavía no sabemos quién entró a la habitación.

—Precisamente por eso. Podemos cambiar de hotel esta noche y volver mañana. Ortega tiene todos los documentos y puede continuar investigando sin nosotros.

—Tomás me siguió durante cuatro años, Ailan. Si hay alguien más involucrado, irme de Córdoba no significa que vaya a dejar de hacerlo.

—No estoy diciendo que todo termine cuando nos vayamos. Estoy diciendo que alguien consiguió entrar a tu habitación mientras dormías y que no quiero esperar a descubrir qué más está dispuesto a hacer.

Yana dejó la hoja sobre la mesa.

—¿Y si la persona que entró no era Tomás?

—Es algo que la policía está investigando.

—Su mamá habló de alguien que lo ayudaba, lo llamaba el testigo. Además, en algunas fotos del hospital Tomás aparecía frente a la cámara. Alguien pudo haber estado acompañándolo.

—O pudo utilizar un trípode, como dijo la subinspectora. No podemos descartar ninguna posibilidad.

—Tampoco podemos ignorar que había fotografías tomadas después de su desaparición.

Ailan asintió. Había discutido varias veces con Yana durante los últimos días, pero tampoco podía negar que el caso se había vuelto más complicado de lo que ambos imaginaron al llegar a la comisaría.

—Ya lo sé y por eso quiero que dejemos trabajar a Ortega; no tenemos que resolverlo nosotros.

—No quiero resolverlo por mi cuenta —respondió ella—. Quiero saber por qué alguien conoce tantos detalles de mi vida y hasta dónde estuvo dispuesto a llegar para conseguirlos.

Su hermano permaneció callado unos segundos antes de acercarle la hoja que había dejado sobre la mesa.

—Entonces prometeme que no vas a ir sola a ningún lugar si recibís otro mensaje.

—No tengo pensado hacerlo.

—Yana.

—Te lo prometo.

La conversación terminó cuando Ortega ingresó acompañado por la subinspectora Molina, que llevaba una computadora portátil y una carpeta con los primeros resultados del análisis. Habían encontrado más de ochocientos archivos en la tarjeta, principalmente fotografías y videos del hospital de Santa María de Punilla, además de algunas imágenes tomadas en Buenos Aires y Jujuy. Los archivos conservaban información de fecha y dispositivo, aunque Molina aclaró que todavía necesitaban comprobar si los metadatos habían sido modificados.




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