El ascensor se detuvo en el cuarto piso y Yana salió detrás de Ailan, quien llevaba una de las valijas mientras buscaba el número de la habitación en la tarjeta que les habían entregado en recepción. El nuevo hotel era más pequeño que el anterior, pero contaba con cámaras en los pasillos y un sistema de acceso que, según les había asegurado Ortega, permitiría controlar quién entraba y salía de cada habitación. Ailan había solicitado dos habitaciones comunicadas para permanecer cerca de su hermana sin tener que compartir el mismo espacio.
—¿Estás segura de que no querés comer algo? —preguntó mientras abría la puerta.
—Después, ahora quiero sacarme los zapatos y olvidarme de todo durante cinco minutos.
—Me conformaría con que fueran cinco horas.
Yana entró y dejó su bolso sobre la cama. Ailan revisó que las ventanas estuvieran cerradas y comprobó la puerta que comunicaba ambas habitaciones. Del otro lado se encontraba su cuarto, al que también podía acceder desde el pasillo.
—La puerta tiene seguro de los dos lados —explicó—. Voy a dejarla cerrada, pero si necesitás algo, me llamás.
—No hace falta que revises cada rincón; Ortega ya se encargó de comprobar el hotel.
—Y en el anterior también había cámaras.
Yana no discutió. Mientras su hermano terminaba de acomodar las valijas, se acercó al baño y abrió la canilla para lavarse la cara. El agua fría consiguió aliviarle momentáneamente el cansancio, aunque al mirarse en el espejo advirtió que tenía los ojos enrojecidos. Apenas había dormido desde que llegó a Córdoba y comenzaba a sentir el agotamiento en cada parte del cuerpo.
Cuando regresó, Ailan estaba sentado junto a la ventana, respondiendo algunos mensajes de trabajo.
—Podés volver a Buenos Aires mañana —comentó ella.
Él levantó la mirada.
—¿Querés que me vaya?
—No dije eso, pero tenés una productora que atender y no sabemos cuánto tiempo más vamos a estar acá.
—La productora puede funcionar unos días sin mí. Lo que no voy a hacer es dejarte sola después de lo que pasó.
Yana se sentó en el borde de la cama.
—No quiero que sientas que tenés que hacerte cargo de todo.
—No me estoy haciendo cargo de todo. Estoy intentando que mi hermana no termine entrando a otro edificio abandonado porque alguien le manda una foto.
—No fui sola al hospital.
—Y aun así conseguimos meternos en suficientes problemas.
Yana sonrió apenas, pero Ailan no parecía dispuesto a abandonar la conversación.
—Escuchame, Yana. Tomás consiguió que fueras hasta el hospital, después a la casa de su mamá y finalmente a una terminal. Cada vez que encontramos algo, aparece otra pista. Si seguimos haciendo exactamente lo que espera, nunca vamos a saber cuándo termina.
—Por ahí eso sea lo que quiere.
—Entonces tenemos que dejar de participar.
—No es tan fácil, alguien me siguió durante años. Entró a mi habitación mientras dormía y conoce lugares de mi vida que nunca hice públicos; no puedo fingir que no pasó nada.
—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que dejes trabajar a Ortega.
Yana guardó silencio. Sabía que Ailan tenía razón, aunque le resultaba difícil aceptar que otra persona pudiera decidir cuánto debía conocer sobre lo que le estaba ocurriendo.
—Voy a bajar a buscar algo para cenar —comentó él después de unos minutos—. ¿Querés que te traiga algo?
—Un café.
—Necesitás comer.
—Entonces un café y algo dulce.
—Eso sigue sin ser una cena.
—Es lo que quiero.
Ailan negó con la cabeza, tomó su campera y se dirigió hacia la puerta.
—Voy a intentar conseguirte algo más decente, no salgas hasta que vuelva.
—No soy una nena.
—Ya lo sé, pero después de todo lo que pasó, prefiero saber dónde estás.
Yana esperó a que saliera antes de quitarse los zapatos y recostarse sobre la cama. Encendió el televisor y dejó un programa cualquiera mientras revisaba algunos mensajes de su editorial. Había varias llamadas perdidas, correos que necesitaban respuesta y compromisos que tendría que cancelar si permanecía en Córdoba. Cerró las notificaciones sin contestar, no tenía energía para explicar lo que estaba ocurriendo y tampoco quería que la historia de Tomás terminara convirtiéndose en una noticia sobre ella.
Estaba por dejar el teléfono cuando escuchó un golpe proveniente de la habitación contigua. Al principio no le prestó atención, pensando que Ailan habría regresado por alguna de sus pertenencias, pero recordó que acababa de verlo salir hacia el ascensor. Apagó el televisor y esperó unos segundos hasta escuchar otro sonido, esta vez más cerca de la puerta que comunicaba ambos cuartos.
—¿Ailan? —preguntó, aunque sabía que su hermano había bajado.
No recibió respuesta. Se levantó y se acercó a la puerta, que permanecía cerrada tal como Ailan la había dejado; del otro lado no se escuchaba ningún movimiento.
Yana tomó el celular y le escribió para preguntarle si había regresado a su habitación. El mensaje quedó sin leer. Estaba por volver a la cama cuando tres golpes consecutivos sonaron sobre la madera.
—¿Hola? —preguntó, procurando mantener la voz firme—. ¿Hay alguien ahí?
Pero nadie respondió. Intentó abrir la puerta, pero el seguro no cedió y recordó que Ailan había comprobado la cerradura antes de irse y decidió llamarlo. El teléfono sonó varias veces sin que su hermano atendiera, aunque lo que llamó su atención fue una melodía amortiguada que parecía provenir de la habitación contigua.
Interrumpió la llamada y el sonido cesó.
Volvió a marcar, pero la misma melodía comenzó a escucharse detrás de la puerta.
—¿Ailan?
Yana golpeó con los nudillos, pero no obtuvo respuesta. Su hermano había salido con el celular en la mano, o al menos eso recordaba. Tal vez lo había dejado sobre la mesa antes de marcharse y ella no se había dado cuenta.
Buscó la tarjeta que le habían entregado en recepción y llamó al número de atención del hotel.